martes, 1 de marzo de 2011


—¡A ver si hay suerte y un camión pilla a tu madre por el camino!
Fatal, ¿eh? Pero fatal. Lo que pasa es que Carlota estaba tan nerviosa como yo y le dio por reír, y a mí también, y no podíamos parar. Eran los nervios. Y nos reíamos todavía cuando mis ojos tropezaron con los ojos de Carlota, y en­tonces se acabaron las risas, nos pusimos muy serios y me pareció que los ojos de ella me estaban suplicando «¡Va­mos, Flanagan, no seas idiota!», y suspiré, degustando el placer por anticipado, antes de avanzar hacia ella y hacer lo que tenía tantas ganas de hacer. Un beso. Un abrazo. La boca abierta para comernos los labios y acariciarnos len­gua con lengua.
«Jo, que va en serio, que va en serio», pensaba. En un lugar remoto del cerebro, iluminada por un foco escaso de vatios, Nines era una figura pequeñita que me señalaba con un dedo acusador, pero pronto el foco se fundió y aquella presencia culpabilizadora desapareció. La inquie­tud por el posible regreso imprevisto de la madre también se fundió; incluso el fantasma del fracaso se desvaneció como hacen los fantasmas a la luz del día; diría que todo se fundió, yo incluido, cuando entré en contacto con la piel y los labios de Carlota. Aquel vértigo. Aquella fever. You give me fever zvhen you kiss me. Fever when you hold me tight. Fever in the morning. Fever all through the night. Aquella euforia de pensar que aquello no era más que el principio, que vete tú a saber hasta dónde podíamos llegar.
Me da un poco de vergüenza hablar de estas cosas y no creo que haya que entrar en detalles. Digamos simple­mente que puse mi mano sobre su pecho preguntándome si a ella le gustaría, y ella me agarró la mano y me la puso debajo del jersey, de manera que deduje que sí que le gus­taba y mucho. Suspiraba (supongo que yo también), tenía la mirada brillante y su piel abrasaba. Así pues, me entre­gué a una especie de prospección anatómica por debajo del sujetador, acariciándole el pecho, entreteniéndome en juguetear con el pezón y descolocándole la ropa por com­pleto. De entre toda la mezcla de emociones que me do­minaba, y después del deseo, destacaba una especie de cálido agradecimiento hacia ella, porque se me estaba ofreciendo, me estaba entregando su intimidad, y yo que­ría devolverle todo el placer que me daba.
No hablábamos, claro. Que diga lo que quiera el doctor Bardet. Teníamos las bocas ocupadas. O, en todo caso, hay muchas maneras de hablar. Sólo nos mirábamos, como cuando ella me agarró de los cabellos de la nuca y me echó la cabeza hacia atrás para buscarme los ojos, y yo la vi transfigurada. Más guapa. Más sexy. Muy sexy.
Ya hacía rato que se había esfumado la timidez. Condu­je la mano de Carlota hacia mi pantalón. Mi erección se acentuó al sentir el contacto a través de la ropa. Ella inten­tó desabrocharme los pantalones, pero no lo consiguió y lo hice yo con una naturalidad que no había existido con Ni­nes, aquella vez. Nunca nadie había tenido acceso a mi pene como Carlota. Yo le puse la mano bajo la falda y la metí dentro de las braguitas. La acaricié tratando de recor­dar libros en los que había visto mapas anatómicos donde el clítoris y los labios estaban indicados como en el mapa de un tesoro.
—Más suave —dijo.
yo:
—Y tú más fuerte.
En aquel momento me pasó por la cabeza que aquello era hablar, y la idea, fugaz como un relámpago, de que si aquella vez con Nines nos hubiéramos dicho lo que nece­sitábamos, quizá todo habría ido mucho mejor.
No sé cuánto rato después, le dije a Carlota:
—Me podría quedar aquí para siempre jamás...
ella me contestó:
—Será mejor que no, por si mi madre ha conseguido es­quivar todos los camiones.



















1 de marzo

Hacía días que no escribía en el diario. Voy como loco entre el instituto y el curro en el bar, porque mi padre aún está convaleciente y con frecuencia tengo que sustituirlo detrás del mostrador (¿¿podría denunciar a mis padres por explo­tación de menores??).Tampoco puedo quedar con Carlota y la verdad es que, después de lo que ocurrió en casa de su madre estoy que me subo por las paredes de ganas de re­petirlo. Bueno, va, en serio, sí me había olvidado del diario. Hoy, en el instituto, la profesora de Ciencias, que también es mi tutora, Gloria Ramís, se ha encargado de recordármelo por sorpresa y a traición.
Me pide que me quede un momento después de clase y, cuando me acerco a su mesa, me endiña: —Anguera, ¿tú estás escribiendo un diario sobre sexo? Jodo, mi primera reacción es negarlo, siguiendo la regla de oro de Bart Simpson «Yo no he sido, nadie me ha visto, no pueden probar nada contra mí», pero Gloria no parece que quiera reñirme, más bien al contrario.
Me lo comentó Rosendo, o sea, el doctor Bardet. —Ah, ¿sois amigos?
Nos conocemos. El sábado coincidimos en una cena. Me parece muy bien, Anguera. Es muy importante que, a tu edad, te preocupes de buscar información y tener los con­ceptos claros.
Bueno... —digo, pero ella aún no ha terminado. Tiene algo preparado para mí.
Me gustaría que organizásemos un par de tutorías sobre sexualidad. Una sobre la sexualidad tal como vosotros la veis y otra sobre el embarazo y las enfermedades de trans­misión sexual. Podrías hacer un informe con los datos que tienes, y animar un debate con tus compañeros. —¿Hacer un informe? ¿Yo solo?
Busca a un par o tres de voluntarios que te ayuden, si quieres. Es para tener un punto de partida que surja de vo­sotros mismos y no de alguien que es adulto y profesor a la vez. Será más eficaz. —Y añade—: Os lo contaré como tra­bajo del trimestre.
Es evidente que no tengo escapatoria.
Voluntarios para ayudarme en el trabajo: Charcheneguer: Se ofrece a hacer el trabajo y sugiere que lo hagamos «viendo y comentando su colección de películas porno». También quiere saber «si habrá titis en el equipo y si haremos prácticas». Aunque recuerdo que el doctor Bardet nos recomienda hacer un poco de pedagogía con esta ame­naza viviente, lo dejo para otro día. Le agradezco su buena dis­posición y le digo que el equipo ya está completo. Magda Giménez: Se apunta en seguida, pero más tarde se borra al enterarse de que Anna Moncho también está. Pepe Brotons: Aceptado.
Anna Moncho: Voluntaria y sin necesidad de insistirle. Dice que tiene muchas ganas de aprenderlo todo sobre el se­xo, que deberían enseñarlo como una asignatura más. Lo dice mirándome tan fijamente que casi me da un vahído. Me habría gustado contar con algunos más, entre ellos Ma­ría Gual, Guillermo Mira y Toni Salvans, pero me han dicho que no tienen tiempo.
Horror.
Acabo de descubrir que el doctor Bardet se ha ido a un con­greso a Sevilla. Ahora que lo necesitaba más que nunca. De todas formas, como le escribo a una dirección de correo electrónico tipo web y puede acceder a ella desde cualquier parte, le enviaré un SOS. Espero que tenga portátil y se co­necte estando de viaje. Después de todo, ha sido él quien me ha metido en el lío.
Cuelgo el informe que hemos elaborado después de tres reuniones, mucho trabajo y tras incorporar las correcciones del doctor Bardet, que se ha tomado la molestia de aseso­rarnos desde Sevilla. ¡Uff!
PRIMER INFORME SOBRE SEXUALIDAD
Autores: Anna Moncho, José M.a Brotons, Juan An­guera .
Basado en nuestras opiniones, en información bibliográfica, Internet y contrastado por mail con el doctor Rosendo Bardet.
Definiciones
SEXUALIDAD
La sexualidad es una función vital que influye sobre la conducta de los individuos y sobre las relaciones humanas en general. Afecta a todos los procesos fisiológicos y psicológicos del ser humano. Se trata de un impulso instintivo que atraviesa diferentes etapas a lo largo de la vida de los individuos y que está condicionado en gran medida por el entorno sociocultural en el que viven. Pero, ante todo, la relación se­xual responde a una necesidad de comunicación física y psicológica que va más allá de la mera unión sexual de los cuerpos.
La sexualidad humana comprende tres aspectos fundamentales:
La reproducción
El deseo de placer sexual
La comunicación del afecto (De Internet.)
OTRA DEFINICIÓN
La sexualidad es el conjunto de fenómenos, se­xuales o ligados al sexo, acompañados o no de reproducción. / Conjunto de los comportamientos relacionados con el sexo y su satisfacción. (De los diccionarios.)
(En un diccionario hemos encontrado que también significa «Clase de sexo, "determinar la sexua­lidad de los pollos"», pero aunque nos ha hecho gracia, no lo tendremos en cuenta.)
La sexualidad es un concepto que abarca mucho más que las
relaciones sexuales entre las personas.
Expresa eso, pero también cómo se siente una persona respecto al sexo, qué piensa del sexo, cómo lo practica, cómo se relaciona con otras personas en torno al sexo, qué sentimientos y emociones relaciona con sus experiencias o deseos o fantasías sexuales.
La sexualidad forma parte de la personalidad, y es uno de sus rasgos más determinantes. Se pue­de encontrar como motivación en muchas cosas que hacemos o pensamos, aunque a primera vista no estén relacionadas directamente con el sexo.
EJEMPLOS
Hay sexualidad en la vida matrimonial, pero tam­bién en las relaciones con los amigos. Hay sexualidad en la manera como muchos hombres conducen sus coches.
La manera como preparamos una comida puede te­ner relación con la sexualidad.
No me gustan las películas de amor, pero
Serendipity me gustó porque fui a verla con la chica adecuada. Eso forma parte de la sexualidad.
La sexualidad se manifiesta de diferentes maneras en las diferentes etapas de la vida
INFANCIA
Desde que somos bebés sentimos la necesidad de un contacto físico, principalmente con los padres. Necesitamos que nos abracen, que nos acaricien, para sentirnos queridos y seguros. Y ese contac­to físico, de contenido erótico, es fundamental para el desarrollo del niño. A medida que crece, el niño también puede experimentar la sexuali­dad, por ejemplo, en forma de curiosidad en lo referente a los órganos sexuales, tanto propios como ajenos, tanto masculinos como femeninos.
JÓVENES
Con la pubertad llega una etapa de descubri­mientos, de toma de conciencia de la propia se­xualidad y del despertar del deseo sexual. La sexualidad se sitúa en primer término y condi­ciona muchos de nuestros actos y pensamientos. El hecho de que ya estemos físicamente prepara­dos para tener relaciones sexuales no significa que debamos experimentarlas forzosamente; se necesita también un proceso de maduración y de reflexión, de toma de conciencia de las propias necesidades, de las necesidades del otro. La se­xualidad, por otra parte, forma parte del pro­ceso del enamoramiento.
VIEJOS
Las personas mayores también tienen sexualidad: Muchos jóvenes tenemos tendencia a pensar que el sexo tiene fecha de caducidad, y que en determi­nadas edades (como «la tercera edad») ya no se practica. Eso es rotundamente falso. Las personas mayores posiblemente disfrutan del sexo de una manera más sosegada y experta que los jóvenes.
EJEMPLOS
Tengo un sobrino de seis meses que se toca el pene con frecuencia y a veces lo tiene en erec­ción.
Por el bar viene una pareja de ancianos (75 y 77 años), viudos los dos, que se acaban de conocer y dicen que hacen el amor cada noche y se les ve muy contentos.
«Tener relaciones sexuales» no significa sólo hacer el amor o practicar el coito
Abrazarse, tocarse, besarse y morrearse —por ejemplo— también son relaciones sexuales. Se pueden establecer relaciones sexuales —y es sólo un ejemplo— sólo con un intercambio de miradas. NO hay ejemplos .
(Bueno, sí los hay pero nadie quiere poner­los. )
(Mal: eso nos bajará nota.)
Cada uno tiene una manera propia de vivir su sexualidad, y todas las maneras son acepta­bles
No hay maneras mejores o peores de vivirla, sino maneras personales, que nunca serán completa­mente idénticas.
Las únicas formas de sexualidad condenables son aquellas quo hacen daño a alguien.
«No hay sexo inmoral. Hay, en todo caso, sexo criminal: la violación, la trata de blancas, la explotación infantil, por ejemplo. Pero en es­tos casos, la maldad estriba en la violencia, no en el carácter sexual.» (José Antonio Marina,
El rompecabezas de la sexualidad, Editorial Ana­grama . )
La sexualidad no es algo «sucio»
Durante mucho tiempo, la sexualidad se ha con­siderado un tema tabú. Creencias filosóficas, religiosas y hasta médicas de siglos pasados im­ponían una visión de la sexualidad centrada en la reproducción, una especie de trámite necesa­rio pero un tanto vergonzoso para conseguir te­ner descendencia y perpetuar la especie. Perso­nas que se apartasen de esta norma y de esta manera de pensar eran objeto de escarnio o, aún peor, severamente castigadas.
Para impedir que un joven se masturbara, por ejemplo, se han llegado a aplicar «remedios» de estas escalofriantes dimensiones: atarlo a la cama, quemarle las manos, cauterizarle el espina­zo para que los genitales perdieran su sensibili­dad, atarle campanitas en el pene e incluso lle­var a cabo castraciones o extirpaciones de clítoris.
Aún hoy, determinadas religiones consideran que una mujer adúltera debe ser lapidada (apedrea­da) hasta morir.
Ya en pleno siglo XXI, en algunos países de África se practica todavía la ablación, esto es: la amputación del clítoris de las chicas, lo que las priva en gran medida de la posibilidad de experimentar placer en sus relaciones sexuales.
Pero si en lugar de mirar lugares lejanos en el mapa, miramos hacia Europa, pero atrás en el tiempo, también encontraremos ejemplos. A muchas de las mujeres que fueron quemadas en la hogue­ra, entre los siglos XV y XVIII, las acusaron de brujas sólo porque llevaban una actividad sexual no acorde con lo que «dictaban las normas». Más adelante, a las mujeres que eran consideradas adúlteras se las humillaba públicamente, y se les obligaba a llevar una «letra escarlata» co­sida a la ropa, para que todo el mundo supiera cuál había sido su culpa en cuanto las viera. (En cambio, a los hombres adúlteros nunca nadie les ha dicho nada.)
En el tiempo en que nuestros padres tenían nues­tra edad, el adulterio estaba tipificado como un delito, igual que la homosexualidad. Personajes muy conocidos, como el dramaturgo Oscar Wilde, fueron condenados a penas de cár­cel sólo por ser homosexuales.
Y hay estados de Estados Unidos donde se consi­deran delito determinadas formas de practicar el sexo.
Pese a todo lo cual, mucha gente, en privado, experimentaba las posibilidades del sexo no como sistema de reproducción sino también como fuente de placer. Pero al margen de algunas ex­cepciones, estas mismas personas se guardaban mucho de comentarlo en público... En todo caso, el sexo se practicaba, pero no se hablaba de él. Era algo privado y se lo consideraba sucio y vergonzoso.
Por suerte, los tiempos han ido cambiando, aun­que aún queda mucho camino que recorrer. Por eso creemos que hay que hablar mucho de sexo, tanto con los adultos, que nos pueden orientar y con­tar sus experiencias, como con los amigos y ami­gas .
Transcripción de una discusión interesante que hemos teni­do en clase a propósito del informe Moncho-Anguera-Brotons.
— Esto cambió porque inventaron la píldora —dijo María Gual.
Le dice Gloria, la profa: —¿Qué quieres decir, María?
María Gual: Me lo contaron mis padres. Cuando ellos te­nían nuestra edad, apareció la píldora anticonceptiva, y en­tonces las mujeres pudieron mantener relaciones sexuales sin miedo a quedarse embarazadas.
Jorge Castells: ¿Y eso qué tiene que ver?
MarIa Gual: Pues que antes, si una chica soltera quedaba en estado, eso era su ruina. Quedaba marcada y señalada para siempre. Yo creo que en aquellas condiciones, es normal que muchas se reprimieran de practicar el sexo fuera del matrimonio.
Gloria, la profa: Es verdad. La píldora significó toda una re­volución sexual, hacia los años sesenta... Y la revolución se­xual trajo consigo un cambio en la manera de ser y relacio­narse de la gente. Se pusieron de moda conceptos como «amor libre», es decir, el sexo como fuente de placer.
Jorge Castells: ¿Todo el mundo practicaba eso del amor li­bre, en los años sesenta?
Magda Giménez: De ninguna manera. Eso sólo era cosa de los hippies.
Gloria: Claro que no lo hacía todo el mundo, pero al menos hubo temas que dejaron de ser tabúes.
Magda Giménez: Pues dice mi padre que, como mucha gente se pasó mucho, apareció el sida, que es como un castigo.
Protestas generales. «¡Anda ya!»
—Sentaos, sentaos —dijo Gloria—. Callaos. Todos tenemos derecho a expresar nuestra opinión. —Luego miró a Magda como fulminándola — : Mi opinión es que si las enfermeda­des fueran una especie de castigo, entonces no sabríamos qué pensar de quien castiga de esta forma, cuando el enfer­mo es, por ejemplo, un niño inocente. —Todos callados. Todos sabemos que Gloria perdió a su hijo cuando éste tenía cuatro meses, y ella, que debe de haberlo dicho sin pensar, al darse cuenta de que lo relacionamos, se ruboriza y suelta su indignación—. Ningún castigo. Al contrario. Con la llega­da del amor libre, se empezó a hablar abierta y francamente del sexo, la gente perdió la vergüenza a hablar del tema, y consultó a médicos, y se creó la figura del sexólogo, y gra­cias a todo ello ahora estamos hablando de sexo en la es­cuela, para que vuestra vida sea más rica y plena. Cuando no se hablaba de sexo, porque lo relacionaban con el infierno, conseguían que para mucha gente el sexo fuera realmente el infierno. Ahora estamos acabando con todo eso. Pero deje­mos la historia. Lo que me interesa es que discutamos del presente, sobre el informe de Anna, Pepe y Juan. ¿Alguien tiene algo más que decir? Jenny Gómez levantó la mano. —Gloria...
No, no me lo digas a mí. Dirígete a los autores del infor­me.
Ahora, Jenny me mira a mí.
Flanagan, estoy de acuerdo con que la sexualidad es algo mega-guay, pero os habéis olvidado de contar que también provoca muy malos rollos.
En mi condición de director del trabajo me siento obligado a contestar rápidamente.
—¿Quieres decir violaciones, agresividad, malos tratos...?
Eso seguro —dice Jenny—, Pero no hay que ir tan lejos. ¿Qué pasa cuando a ti te gusta mucho una persona y tienes
muchas ganas de estar con ella y, en cambio, tú a ella no la atraes?
—Que lo pasas muy mal —contesta en seguida Pepe Brotons, en su calidad de especialista en este tema. —O sea, que la sexualidad tiene componentes negativos... —dice Jenny.
Gloria parece decidida a dejar que nos espabilemos solos y a ejercer sólo como moderadora, o sea que me toca contes­tar otra vez.
Hombre, como todo. Hay muchas cosas en la vida que querrás tener y a las cuales tendrás que renunciar. ¿Qué le vamos a hacer? No se puede tener todo.
Los chicos sois especialistas en eso —interviene Coral Comellar, una compañera muy tímida con vocecita de pájaro y como resentida — . Os hacéis los enamorados, pero sólo queréis lo que queréis.
Más de un compañero mira para otro lado, como temiendo que entre todos empecemos a buscar ejemplos prácticos de esa actitud.
Gloria: Hablas como si sólo las chicas fueran las que sufren porque las abandonan. ¿Tú crees que con los chicos no pasa lo mismo?
Coral Comellar: Pero los chicos no sufren. Gloria: ¿Tú crees que no sufren?
Es que los hombres somos diferentes —Charcheneguer, levantando la vista del semanario de fitness que estaba mi­rando, disimulado sobre sus rodillas—. El hombre es un ca­zador, un conquistador.
¿Y no podríais cazar sin necesidad de decir mentiras, sin decir que estáis enamorados cuando no lo estáis, sin hacer promesas que no pensáis cumplir?
¡Pero es que entonces no dejaríais ni que os tocára­mos!
Hay una carcajada general. Gloria tiene que poner orden. Guillermo Mira: No hables en plural, Charche, que no todos
los chicos son iguales, que no todos van de caza para pre­sumir de cuántas tías se han tirado.
Charche: ¿Ah, no? (...) ¡Claro, tú no necesitas engañarlas! ¡Cómo estás tan bueno, se dejan hacer lo que sea! Aquí, el follón está servido. María Gual dice que a Charche le gusta el Mirage porque ha dicho que está tan bueno, Charche salta por encima de las mesas dispuesto a abrirla en canal allí mismo, Gloria grita y golpea sobre la mesa y el timbre de final de clase suena, muy oportuno para impedir un suceso luctuoso en el insti.
Decididamente, tengo que hacer pedagogía con Charche.


Capítulo 5

¡DAME PLASSEER!
—¡Ostras, Flanagan! ¿Adónde vas, que te has puesto tan guapo?
Un barrio como el mío es una trampa. El metro que va y viene desde allí al centro de la ciudad es la gatera, la par­te estrecha del embudo, por donde tienes que pasar forzo­samente para alejarte de él o para regresar, y allí es fácil que coincidas con toda clase de vecinos. Como me ha­bía pasado unas semanas antes con el Mirage. Como me ocurría ahora con Charche y Vanesa.
En seguida me alarmó que se alegraran tanto de verme.
—¿Has quedado con Nines? —quiso saber Vanesa.
—No, no...
—Coño, ¿le pones los cuernos con aquella otra que me dijiste? —se admiró profundamente Charche.
Como suele suceder con Charche, me vinieron ganas de desaparecer en medio de una nube de azufre. No me gus­tó la ojeada que me dirigió Vanesa.
—Sólo es una amiga —dije.
—¿Y qué haréis?
Buena pregunta. Yo también me estaba preguntando lo mismo.
—Todavía no lo tenemos decidido.
—¡Cojonudo, os venís con nosotros! Nos lo pasaremos chachi los cuatro, y así, de paso, conoceremos a tu amiga y veremos si está potable, ja, ja.
Vanesa asentía con enérgicas sacudidas de cabeza y me horroricé al constatar que tenían la intención de pegarse a mí como con superglú y no soltarme durante las próxi­mas cinco horas. Vanesa y Charche ya llevaban un tiempo saliendo y ya habían hecho solos todo lo que podían ha­cer solos: habían hecho el amor, habían discutido y se ha­bían peleado (varias veces), se habían separado y reconci­liado (también varias veces), se habían puesto los cuernos y se habían convertido en llagas insufribles para todos sus respectivos amigos en las épocas de separación, y ahora necesitaban más gente a su alrededor para divertir­se. Vanesa con su lengua larga y afilada, y Charche, un ta­rugo de reglamento, con cerebro escaso y exceso de mús­culos.
—Tal vez sea mejor que los cuatro quedemos otro día. Es que Carlota y yo acabamos de conocernos y...
—¡Se lo pasará teta con nosotros! ¡Te la meterás en el bolsillo cuando vea que tienes unos amigos tan guays!
Yo miraba la ventana de la salida de emergencia del metro y consideraba la posibilidad de tirarme en marcha a las vías. La verdad es que, a pesar de que a Charcheneguer le reconozco una cierta dosis de buena fe primitiva, me daba vergüenza que Carlota me viera con ellos. Por enci­ma de esta consideración, aún había otra más importante: Quería estar solo con Carlota. Hay un momento, cuando conoces a una chica y te gusta, en que el resto del mundo es un decorado borroso, y está bien como decorado, siem­pre que no interfiera. Carlota y yo habíamos quedado a la salida del metro, sin determinar qué haríamos a continua­ción, pero yo estaba lleno de expectativas, todas ellas ba­sadas en lo que había sucedido en nuestro último encuen­tro en su casa. Tenía ganas de repetir y mejorar aquella experiencia. En realidad, debo confesar que estaba obsesionado por repetir y mejorar aquella experiencia.
—¡Jodó, Flanagan! ¡Qué suerte, habernos encontrado!
Entonces, ¿por qué no puso Flanagan en juego todos sus recursos y su ingenio, tantas veces probado, para dar esquinazo a los inoportunos? Seguro que algo se me ha­bría ocurrido (apearme por sorpresa en otra estación, an­tes de llegar a aquélla en la que me esperaba Carlota, por ejemplo) de no ser porque caí en la trampa de la pedago­gía. Sí, tenía el coco tan comido con el diario rojo que, a pe­sar de los pesares, se me ocurrió que era una buena oca­sión para hacer entrar en razón a Charche y me enzarcé en una conversación sin pies ni cabeza que tuvo entretenida mi mente hasta que ya fue demasiado tarde.
Yo decía:
—Creo que deberías vivir tu sexualidad de una forma más relajada...
—¡No! —replicaba él—. ¡Yo la vivo empinado como un garañón! Es después de la sexualidad cuando me quedo relajaaaaaaaaaado...
Y yo trataba de entrarle por otro flanco:
—Quiero decir que tendrías que ser más abierto...
—No, Flanagan... La abierta es Vanesa, que se abre de piernas, y yo voy y...
—A ver si me escuchas. Que el sexo es una manera de comunicarse... De dar y de recibir...
—¡Ah, no! Pero ¿qué dices? ¡Yo dar, lo que quieras! ¡Pero recibir, no! ¿Por quién me has tomado?
antes de que me pudiera dar cuenta, Vanesa y Char­che ya estaban bajando en la misma estación que yo y po­niéndoseme uno a cada lado, como policías que me lleva­ran detenido, sin que yo lo pudiera evitar.
en lo alto de la escalera estaba Carlota.
Como no podía ser de otra manera, su cara de decep­ción al ver que me presentaba acompañado fue muy evi­dente. En seguida le busqué la mirada, con la esperanza de que mis ojos fueran como un telepromter de esos que utili­zan los presentadores de televisión, con un texto bien visi­ble: «No ha sido culpa mía, no me los puedo quitar de en­cima». Me pareció que me entendía.
—¡Uauuuu, Flanagan, felicidades! ¡Está potente, tu no­via! — aulló Charche.
se interpuso en nuestra mirada, para abrazarla, ma­grearla un poco como quien no quiere la cosa y darle dos besos.
Vanesa puso esa cara de empleada de matadero espe­cialista en vaciar vísceras que se le pone siempre que Charche muestra interés por otra chica.
—Va, va, que no tenemos toda la tarde para besuquear­nos —dijo tirando de la oreja de Charche sin contemplacio­nes—. Venga, que más tarde las galerías se llenan de gente. —Había unas galerías casi enfrente de la salida del metro.
—¿Vais a comprar? —preguntó Carlota.
—No —dijo Vanesa—. Sólo a mirar. Nos gusta mirar tiendas.
Yo no podía dejar pasar aquella oportunidad:
—Pues será mejor que vayamos cada cual por su lado, porque nosotros habíamos pensado en ir al cine...
Como ya me temía que el intento estaba condenado al fracaso, no me sorprendió la rápida respuesta de Charche.
—Cojonudo. En las galerías hay multisalas. Ponen el Terminator íntegro, con escenas que fueron suprimidas por exceso de violencia.
Ahora, a la expresión de desencanto de Carlota se sumó otra de horror. Me pareció que exageraba un poco; no es que Terminator sea mi ideal de película, pero tiene buenas escenas de acción y, por lo que a mí respecta, soy perfecta­mente capaz de pasármelo bien viendo todo eso en una pantalla sin transformarme en un psicópata o un entusias­ta de la violencia en mi vida personal. En aquel momento, se me ocurrió que había visto pelis de ese estilo con Nines, y que habíamos relativizado lo que veíamos en la pantalla, nos lo habíamos tomado en broma, como un juego, y nos habíamos reído y habíamos disfrutado. Se impuso la pre­sencia física de Carlota y la situación en que nos encontrá­bamos.
Tuve que tirar de su mano para que me siguiera al inte­rior de las galerías. ¿Cómo contarle que, aunque necesita­ra un poco de pedagogía general, Charche era amigo mío, y no quería hacerle un feo, huir corriendo y dejarlo con un palmo de narices? Si no sabía explicármelo a mí mismo, ¿cómo convencer a Carlota?
Pude hablar con ella un instante, furtivamente, cuando ya estábamos en el interior de las galerías.
—Jo, lo siento. Se me han pegado.
—Más lo siento yo —dijo Carlota, mirándome a los ojos—. Mi madre se ha ido esta mañana. No vuelve hasta el lunes.
Me parece que hice un ruido raro con la boca. Volvía a sentirme enfermo. Ahora ya sabía exactamente en qué consistía la enfermedad.
—¿Y... tienes las llaves de casa?
—Claro.
-Jo.
—¿Y si les dices que preferimos estar solos? —dijo Car­lota.
—No lo entenderán. El cerebro de Charche es incapaz de registrar esta información.
Vanesa y Charche se detenían excitados delante de los escaparates de todas las tiendas. «Jodó, mira qué televisor de plasma; cuando nos casemos, nos compraremos uno, seguro que habrán bajado de precio.» «Ostras, mira ese vestido, qué guay, vas a una boda con eso y das el golpe», «Qué chula esa cámara digital, es un poco más pequeña que la que tenemos, habrá que ahorrar para cambiarla». Parecía como si su futuro y su felicidad dependieran de la cantidad de artículos que pudieran comprarse. Nosotros, detrás de ellos, éramos los invitados de piedra en aquel tour de voyeurs consumistas.
Y, en un momento dado, mientras ellos dos se encon­traban extasiados contemplando las últimas novedades en terminales de telefonía móvil («Mira, ése lleva una carcasa con pintura fosforescente, ¡qué fuerte!»), agarré a Carlota de la mano, decidido a demostrarle que era un hombre de recursos y, sobre todo, decidido a hacer lo que fuera para quedarme a solas con ella.
—¡Vamos!
-¿Qué?
—¡Es ahora o nunca!
Si conseguíamos despistarlos, pensaba, después siem­pre podría decirles que los habíamos perdido entre el gen­tío, y que habíamos pasado horas de angustia buscándolos hasta desistir y resignarnos al vacío de tener que pasar el resto de la tarde sin ellos. Echamos a correr sin que se die­ran cuenta, embobados como estaban con sus móviles, y nos metimos en el primer callejón que nos ofrecía la geo­grafía de las galerías.
Fue un error. Justo en el momento en que empezába­mos a oír los gritos de Charche, que al fin había advertido nuestra desaparición, yo me di cuenta de que aquel calle­jón de tiendas no tenía salida. Frenamos los dos deslizándonos sobre el pavimento de mármol, ante la pared que nos cerraba el paso y nos condenaba a ser capturados de nuevo.
—¡Eh, Flanagan! ¡Carlota, ¿dónde estáis?! —gritaban a coro Charche y Vanesa, a punto de doblar la esquina hacia el callejón donde estábamos.
No había salida.
O sí.
Teníamos tiendas a derecha e izquierda.
Carlota tiró de mi mano y me introdujo en el interior de la más cercana, una especializada en Moda Joven. Agarré de un zarpazo el primer vestido que se me puso al alcance y arrastré a Carlota hasta la vendedora. Dije:
—Una prenda.
Ella le entregó a Carlota una ficha roja con el número 1 en relieve y dijo:
—El último probador está libre.
El último probador se convirtió en nuestro refugio. Nos metimos en él como narcos perseguidos por la policía y, desde allí, pudimos oír las voces de Charche y Vanesa: la chica no entendía cómo podía ser que nos hubieran perdi­do. Charche opinaba que debíamos de haber ido en otra dirección y se angustiaba pensando que nosotros también los estaríamos buscando a ellos desesperadamente.
Pero, si queréis que os diga la verdad, a mí ya todo me daba igual. Ni la frustración de Charche, ni la posibilidad de que la dependienta les hablara de nuestra presencia, ni la posibilidad de que la dependienta viniera a compro­bar qué hacíamos encerrados en el probador. Todo aque­llo me traía sin cuidado. Yo estaba obsesionado, arrebata­do, ansioso por soltarme. Tengo que reconocer que, en aquel momento, no pensaba en la simpatía de Carlota, ni en su conversación agradable, ni en su inteligencia agu­da, ni en la dulzura de su expresión, ni en el diario que estábamos escribiendo juntos. Sólo pensaba en la posibi­lidad de establecer un contacto físico e inmediato con su cuerpo.
Y, además, el probador era pequeño, minúsculo, el es­pacio justo para que una persona pudiera vestirse y des­nudarse. Allí dentro, dos personas estaban condenadas a tocarse, tanto si querían como si no. Nos quedamos en­frentados, los dos con la respiración alterada por la carre­ra y los ojos brillantes por la sensación de fechoría y de aventura.
No nos dijimos nada. Sólo nos miramos. Y en los ojos de ella leí la misma ansiedad. «¿Qué estamos esperan­do?» Y, de pronto, ya nos habíamos abrazado. Y en segui­da, el pecho estampado contra los pechos, los labios estampados contra los labios, las lenguas trenzadas, fue un beso fantástico, un achuchón genial, mejorado por la sen­sación de complicidad y los nervios de la huida y las ga­nas de reír que los dos conteníamos al pensar en Charche y Vanesa.
No sé cuánto duró aquello, pero puede que batiéramos el récord mundial de apnea. Y después nos separamos un instante para tomar aire, y batimos el récord establecido unos segundos antes. Y otra vez.
Al oír los pasos y una tos discreta de la dependienta, que debía de estar preguntándose qué había sido de noso­tros, nos resignamos a peinarnos un poco con los dedos y a salir.
Carlota devolvió el vestido a la dependienta, «Gracias pero no me sienta bien», y buscamos una salida a la calle, extremando las precauciones. Cada vez que teníamos que doblar una esquina de las galerías, oteábamos el horizon­te como el general Custer previniendo un ataque de indios hostiles. No vimos ningún enemigo: a saber por dónde nos estarían buscando nuestros amigos.
Una vez en el exterior, echamos a correr sin necesidad de ponernos de acuerdo sobre nuestro lugar de destino. Los dos lo teníamos muy claro.
En cuanto llegamos a su casa, volvimos a morrearnos con babas y dientes y con los labios irritados. Yo empujan­do su cuerpo contra la puerta que acabábamos de cerrar, y unos segundos o unos minutos después —en determina­das situaciones el tiempo se convierte en algo muy relati­vo— ya estábamos en su habitación, escuchando aquel disco de Satínese, el de los cantos gregorianos fúnebres que te hacían evocar la muerte y, luego, los gemidos que te re­cordaban que estabas vivo y bien vivo.
De pronto, Carlota me miró muy seria:
—¿Quieres hacerlo? —me dijo.
¡Skuunk! La pregunta más importante que me habían hecho en toda mi vida.
Claro que quería, me moría de ganas de hacerlo, pero no pude contestar en seguida. Otra vez el fantasma de Ni­nes.
Carlota, al ver que yo no respondía, se ruborizó un poco.
—Yo no lo he hecho nunca —dijo tímidamente.
—Yo... casi tampoco —resumí.
Torció la cabeza, supongo que esperando alguna expli­cación. Yo le sonreí e hice un gesto valiente, resignado y esforzado, que quería decir: «Pues adelante, ¿no? ¿Qué es­peramos?».
No había ni rastro del entusiasmo de antes.
Carlota bajó el colchón de la litera y lo puso en el suelo. Nos sentamos en él, uno al lado del otro. Ella aún tenía que hacerme otra pregunta:
—Bueno... ¿Tienes...?
Pensé: «Ahora me preguntará si tengo miedo...». ¿Y yo qué le diría? «¡Sí! ¡Estoy cagado de miedo!» Oh, no, Dios mío. Qué ridículo. «¿Miedo? Pero ¿qué dices? ¡Tú sí que deberías estar cagada de miedo...!» No, no, no.
—¿Que si tengo...?
Más colorada no podía estar. Parecía que le hubieran dado una capa de pintura plástica en la cara.
—Quiero decir que si... Ejem. Preservativos.
Jo, preservativos. Yo también debía de estar como un pimiento morrón. Tenía la sensación de que mis ojos eran dos huevos duros a punto de caer al suelo y rebotar como pelotas de ping-pong.
—Ah... preservativos —La verdad es que no se me ha­bía ocurrido, burro de mí—. Pues no.
—Entonces no sé si...
Yo decía que no con la cabeza, dándole la razón.
Quizá fuera mejor así. ¡No, no, de ninguna manera! ¿Ahora, echarnos atrás? ¡Imposible! ¡Flanagan, no insistas! Si no se puede, no se puede. No, no me puedo resignar.
El problema era que yo tenía la mano sobre su espalda y que ella tenía la mano sobre mi muslo, y nuestros dedos debían de emitir mensajes que no controlábamos. El hom­bre es fuego, la mujer estopa y viene el diablo y sopla. La mente humana es maravillosa: empieza a funcionar cuan­do naces y ya no se detiene hasta que te enamoras. Y, si es­tas cosas no las piensas y las prevés antes, tienes muchas posibilidades de acabar cagándola. Porque si estás encima de un colchón en casa de una chica atractiva y que te gus­ta, encendido, caliente, tostado, llamadle como queráis, y ella también tiene ganas de hacerlo, y el deseo te empuja hacia ella, la estadística y la probabilidad dicen que acaba­rás haciéndolo sin condón. Y eso es como comprar una pa­peleta de la Tómbola de los Sustos.
El sexo es así, es instintivo (hay que decir que todo esto lo reflexioné después), la química entre dos personas y la oportunidad te llevan casi de forma inevitable a la física de los cuerpos. Incluso el aire de la habitación parecía ha­ber adquirido una densidad especial. Imposible no abra­zar a Carlota.
Nos abrazamos. A aquellas alturas, a lo mejor aún creíamos que no llegaríamos hasta el final, que podríamos detener los acontecimientos donde los habíamos detenido el otro día. La besé en los labios, en el cuello, y dediqué atención especial a sus pechos mientras ella también me tocaba, y me lamía e incluso me mordía, unos mordisquitos deliciosos. En determinado momento, la miré, le acari­cié la mejilla y le dije que nunca había visto una chica tan guapa como ella, y lo decía de verdad, mareado por aque­lla mirada que se le había quedado, húmeda y profunda, y la relajación del rostro.
Nos desnudamos sobre la marcha, ni siquiera recuerdo cómo lo hicimos, y de pronto estábamos en ropa interior y yo tuve problemas para desabrocharle el sujetador, que te­nían un cierre diseñado especialmente por alguien que me odiaba y quería hacerme quedar mal.
Cuando me quité los calzoncillos, noté que ella me mi­raba y me sorprendió no experimentar ninguna vergüen­za. Aquella mirada era cómplice y tranquilizadora. No ha­bía miedo, ni asco, ni sorpresa en ella. Tampoco había maldad. Todo lo contrario en mi experiencia con Nines. A lo mejor es que con Carlota habíamos hablado, hablado, hablado, como aconsejaba el doctor Bardet, no lo sé. A lo mejor es que yo llevaba mucho rato, media tarde, esperan­do aquel momento, horas y horas cargando baterías y aho­ra me encontraba con un problema de exceso de tensión eléctrica, como un proceso de fusión nuclear que alcanza la masa crítica y se desencadena irremisiblemente.
Desnuda, a ella también se la veía tímida. No estamos preparados para contemplarnos desnudos. Nacemos des­nudos, pero luego nos olvidamos de ello.
Nos besábamos y nos acariciábamos. Yo estaba impaciente. De pronto, se me acababa de aparecer otro fantas­ma. Ya no era el del gatillazo con Nines. Ahora era el de la eyaculación precoz. Eso me provocó un principio de an­gustia. Se convirtió en cuestión de honor no eyacular antes de estar en su interior y haber galopado juntos aunque sólo fuera cuatro o cinco pasos.
Quería ir al grano de una vez. Me estorbaban mis bra­zos y los brazos de ella. No encontrábamos la postura. Me sentí muy torpe, como si estuviera abordando una tarea muy difícil y complicada. («¡Por el amor de Dios, Flana­gan, si lo hace todo el mundo! ¡No vas a ser tú más torpe que el resto de la humanidad!») Le busqué el sexo con la mano, lo tenía húmedo, mojado, bien a punto. Pensé que había llegado el momento, me puse sobre ella y la embes­tí. Ella soltó un gemido de protesta. Pensé que se resistía a hacerlo sin condón.
—Un momento... Despacito... —dijo.
Pero ¿qué quería? ¿Más besos todavía? Un rincón de mi mente se cabreó, envidiosa de la chica, que sólo tenía que tumbarse boca arriba y poner los ojos en blanco, «¡Dame plasseer! ¡Dame plasseer! ¡Dame plasseer!». Jo, no es tan fácil, eso supone mucho trabajo. Bueno, accedí a compla­cerla. Me puse a su lado y la cubrí de babas.
Carlota me tomó la mano y la condujo al punto donde quería que la acariciara. Me pareció que había un cierto enojo en su gesto. Le hice caso, agradecido de que me in­dicara lo que necesitaba y pensando que, bueno, si me corría antes de tiempo, qué le íbamos a hacer. Me gustaba acariciarla, me entusiasmaba ver cómo ella respondía y se removía, sus gemidos, la vibración de su cuerpo, la hume­dad.
Pero, pasado un rato, pensé que ya bastaba, que ya no podía aguantar más.
Me puse sobre su cuerpo. Me moría de ganas de estar en su interior.
—Espera, ¿eh? —dijo ella.
Mi hipotálamo, o lo que fuera, pegó un berrido que sólo yo pude oír: «¿¿Que espere máaaaaaaas??».
—¡Ah! Perdona —dije, desconcertado. ¡Jo, que ya no me podía aguantar más!
—Despacito.
—De acuerdo, despacito. Tú ve diciendo. ¿Quieres...? ¿Quieres que me ponga debajo? —«¡Lo que quieras, pero vamos de una vez!»
—Da igual.
Resultó más difícil de lo que pensaba. Ella todavía se quejó otra vez y, al final, tuvo que ayudarme con las ma­nos conduciendo el pene hasta el punto exacto. Pero, a partir de aquel momento, todo fue sobre ruedas. La sensa­ción de estar dentro de ella, de estar unido a ella, de tener­la, de poseerla, se añadió a las sensaciones puramente físi­cas, y entre una cosa y otra me daba la sensación de que el mundo se detenía a nuestro alrededor, la música, la luz, el rumor de la calle, y pronto toda aquella urgencia se li­beró en un estallido de placer, una reacción en cadena que se expandía a la velocidad de los fuegos artificiales por to­das las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.
Uf.
Me dejé caer a su lado y le di un beso.
—Fantástico. Eres fantástica. —Ésas fueron mis prime­ras palabras después de la Gran Primera Experiencia.
Ella se levantó para ir al baño y yo me quedé tumbado en el colchón, relajado y feliz. La única preocupación, leja­na y remota, que tenía era que lo habíamos hecho sin con­dón. Pero me dije que no pasaría nada. No podíamos tener tan mala suerte.
Al llegar a casa, llamé a Carlota. Comunicaba todo el rato. Pensé que, posiblemente, se habría conectado a Inter­net. Me imaginé: «Consultorio sexológico: Acabamos de hacer el amor sin condón, ¿qué nos puede pasar?».
Qué pregunta tan idiota. Como si no lo supiéramos.
Yo también me conecté a Internet.
telefoneé otra vez, y otra vez, hasta que la pillé. Y no sabía si decirle «Carlota, cuánto lo siento, qué desgracia» o «Carlota, ¡ha sido fantástico!».
Se puso su padre que, en lugar de ladrarme «¿Qué le has hecho a mi hija, cabrón?», dijo: «Un momento, que ahora se pone», y fue a llamarla. «Hay un tal Flanagan que pregunta por ti», oí que decía.
—¿Flanagan? —contestó Carlota—. ¿Pasa algo?
Yo me quedé de piedra. ¿Cómo que si pasa algo? ¿Le parecía poco lo que había pasado? ¿Tenía que pasar al­go para llamarla?
—Nada —respondí—. Que te quería decir... que ha sido fantástico.
ella dijo:
—Ah. Bueno. Sí.
¿Qué le pasaba? Vale, lo que le pasaba era evidente. Que tendría que haberle dicho «Carlota, cuánto lo siento, qué desgracia» en lugar de «Carlota, ¡ha sido fantástico!». Me había equivocado.
—¿Carlota? —Me preguntaba cómo podía corregir el error.
—Perdona, no sé si tengo a Marcos en el supletorio —dijo ella, fría como el iceberg que hundió el Titanio—. Ya nos llamaremos.
Y cortó la comunicación. Dos A. Tocado y hundido. Glu, glu, glu.













8 de marzo

Querido diario:
Empiezo así, en plan de guasa, porque quizá sea la primera vez que recurro a estas páginas como se supone que hacen los que usan los diarios como confidentes. Hoy tengo mu­chas confidencias que hacer. Querido diario:
Estoy hecho un lío, asustado, conmocionado, excitado, atur­dido, enloquecido y encogido. Noto un temblor bajo los pies y no sé si la sensación es agradable como un masaje o desagradable como un terremoto. Ayer me dormí delante del ordenador, navegando por Internet para ver qué proba­bilidades hay de que Carlota se haya quedado embarazada y, de pronto, estaba navegando por un mar tempestuoso, con oleaje colosal, rayos y truenos y todo lo demás. No ha­bría sido desagradable del todo (una sacudida emocionante de atracción de parque temático) de no ser por los tiburones que me rodeaban, tiburones de dientes afilados. Y yo, en el sueño, pensaba: «Si estos tiburones estuvieran envueltos en plástico, no serían tan peligrosos». Y me los imaginaba metidos dentro de grandes preservativos, y yo podía sacar­les la lengua y dedicarles cortes de manga. Pero los tiburo­nes no llevaban condón.
Me he levantado esta mañana con la sensación de ser otro hombre. Como si se me hubiera ensanchado el campo vi­sual, como si ahora pudiera ver por los rincones detalles que antes, pobre ingenuo, no podía ver. Ahora, me veo con ánimos de darle un codazo a mi padre (¿qué digo, a mi padre? ¡A Brad Pitt! ¡A Leonardo di Capriol ¡A Orlando Bloom!) y hacerles un guiño, con media sonrisa, «Eh, que ya soy de los vuestros».
Mezcla de orgullo, de satisfacción, de entusiasmo... ...Y de miedo.
Miedo, canguelo, cagalera, pánico, espanto, pavor, temor,
terror, horror, acojone, cuando pienso que !o hicimos sin preservativo.
Ayer navegaba por Internet, y por el mar tempestuoso de la pesadilla, sin ver la pantalla, concentrado sólo en las imá­genes que producía mi imaginación. No necesito estadísti­cas ni informes médicos para formarme una idea de la catástrofe que representaría que Carlota estuviera embara­zada. ¿Qué haríamos? ¿Tener el crío?
Dejando aparte la promesa de mi padre referente a caparme si se daba este caso, ¿quién se haría cargo del niño? Mis pa­dres no, desde luego, obsesionados como están con su bar. ¿La madre de Carlota? Pero ¿por qué tendría que cuidarlo ella si sería nuestro hijo y nuestra responsabilidad? ¿Y cómo podríamos nosotros criar a un bebé si no tenemos trabajo, ni ganamos dinero, ni tenemos casa, ni siquiera queremos vivir juntos?
Un niño siempre tiene que ser deseado, y hay que preparar­le la casa, el nido, la cuna, la salud mental de los padres, todo, para garantizarle un futuro feliz. Un hijo no deseado, inoportuno, daría la vuelta a nuestras vidas como si fueran calcetines. Tarde o temprano, lo puedes llegar a ver como a un intruso que te ha complicado la vida, y mirarás a tu pa­reja como parte responsable, culpable, de ese estropicio. No es un futuro muy prometedor.
¡Y mira que es fácil ponerse un condón! ¡Mira que es sen­cillo!
Nos lo enseñó el doctor Bardet. Si incluso es una caricia más en el juego erótico. ¡Habría sido divertido ponerse el condón! Y ahora aquí me tienes, mordiéndome las uñas, desespera­do, navegando por la Red para que alguien me diga qué probabilidades hay de que Carlota se haya quedado emba­razada...
¿Qué probabilidades?
¡Cualquier probabilidad! ¡Porque puede haber quedado en estado! ¡Y ya está! Es posible, y con eso me basta. Si ella es muy fértil y yo soy muy fértil y atinamos en el día D y la hora H, cuando el óvulo estaba de lo más receptivo, ¡la cagamos, papá!
Y no la llamo. No la llamo, no la llamo, no la llamo. Porque aquella llamada de después, con tanta ilusión como yo tenía, fue un corte. Lo entendí perfectamente: aquella frialdad de Carlota significaba: «¡Yo no me hablo con cha­puceros que no utilizan condón!». Estaba tan asustada como yo, pobrecilla, y yo no puedo ayudarla porque soy el culpable de todo.
O el culpable de un cincuenta por ciento, que ya es culpabi­lidad suficiente.
Jo, ahora le veo una nueva dimensión a eso de hacerse ma­yor y practicar el sexo y todo el belén. La responsabilidad.
Se acabó eso de ir por la vida como un bobo, como si todo
fuera un juego inofensivo.
Res-pon-sa-bi-li-dad.
Yo seré responsable de lo que pase. Vaya, de un cincuenta por ciento, pero responsable.
Eso por no pensar en posibles enfermedades de transmi­sión sexual. Es evidente que Carlota no tenía ninguna de esas enfermedades, pero... ¿Es evidente?
¿Y si tenía alguna y me ha engañado? ¿Y si tenía alguna sin saberlo? ¿Y si tengo alguna yo, sin saberlo?
Continúo navegando por Internet, que es el oráculo de Delfos de los desesperados modernos.
Querido Internet, tengo un problema. ¡Auxilio!
Claro que también podría hacer como aconsejan esos com­pañeros del insti que, en una situación así, pasarían de todo y dirían «Si se ha quedado preñada, es su problema»...
... No, no podría. Aunque quisiera, no podría. ... Y prefiero ser como soy. Serenémonos.
Navegar por la Red siempre significa encontrar lo que no buscas y quedarte colgado de respuestas a preguntas que no has formulado.
Pero corto y pego algunas de las cosas que me salen al paso, porque tienen relación con mi Gran Primera Experien­cia.
Este recorte parece que me lo hayan dedicado personal­mente.
A partir de la pubertad tanto los chicos como las chicas están preparados físicamente para practicar el coito. Pero también hay que estar preparados psicológica­mente, tienen que haber madurado lo bastante como para saber que, al hacerlo, asumen riesgos y algunas responsabilidades respecto a sí mismos y su pareja.
¡Responsabilidades! La palabra del día. Y riesgos.
(...) Tener relaciones sexuales no implica necesariamen­te el coito. El coito, que puede ser vaginal o anal, implica el acto de la penetración. Pero darse besos, acariciarse, tocarse, masturbarse mutuamente, etc. también son re­laciones sexuales. En ocasiones, forman parte de un pro­ceso que culmina en el coito, pero no necesariamente.
¿La mujer y el hombre tienen las mismas necesidades, a la hora de hacer el amor?
No. Y ésta es una de las razones por las que no se pue­de afirmar (como piensan algunos) que ya «nacemos enseñados», que en lo referente a las relaciones sexua­les, basta con dejarse llevar por el instinto. Cuando un chico y una chica están juntos tienen nece­sidades muy diferentes. Hablando en general, los chi­cos sienten más la urgencia de penetrar y buscar la eyaculación. En cambio, la mayoría de las chicas dis­fruta mucho más de la estimulación previa, de las cari­cias, de las palabras tiernas y deferencias que eviden­cien los sentimientos de afecto y de atracción que hay en aquella unión. Aunque no está claro si las razones de estas diferencias son biológicas, históricas o cultu­rales, el caso es que en la mayoría de los casos es así. Si el chico se deja llevar por sus instintos y va a la suya, es muy probable que deje a la chica insatisfecha, o con menor satisfacción de la que ella esperaba. Incluso si ella no está lo bastante excitada y no se ha producido una lubrificación de la vagina, puede llegar a hacerle daño en los intentos de penetración.
Al mismo tiempo que leo esto hago examen de conciencia: ¿Lo hice bien? ¿Lo hice así...? ¿Cómo lo enfocaría la próxima vez?
Y también es muy posible que la chica sienta vergüen­za de pedir específicamente lo que necesita y no diga nada. Y a la inversa, claro está.
No, no, Carlota no tenía vergüenza. Y eso, sin duda, era una ventaja.
Se puede decir que, cuando hablamos de la primera vez, la vergüenza mutua suele ser el gran impedimen­to que puede provocar fracasos. Nunca hay que tener miedo a hablar.
Aunque a veces parezca que uno puede incomodar a su pareja, ya sea pidiendo o prohibiendo, hay muchas probabilidades de que eso sea fuente de entendimien­to y compenetración.
Otro tema que leo con interés, para ver si acerté o si todavía tengo mucho por aprender, o si a lo mejor descubrí detalles que nadie en el mundo había descubierto hasta este mo­mento:
Las principales zonas erógenas del hombre son los ge­nitales y alrededores, sobre todo el glande. Las principales zonas erógenas de la mujer son los pe­chos, los pezones, las nalgas, la vagina y, sobre todo, el clítoris. Muchas chicas, para llegar al orgasmo, necesi­tan que se les estimule el clítoris, antes y durante la pe­netración. Pero no debemos limitarnos a estas partes tan evidentes. Pensemos en áreas muy sensibles y muy conocidas, como son la palma de la mano, o la planta de los pies, o las axilas, donde tenemos cosquillas. Y no olvidemos la espalda: rascarse la espalda produce un placer muy especial. Y los masajes en el cuero cabellu­do han sido descubiertos desde hace tiempo por todas las peluquerías como un estupendo método de relaja­ción. En realidad hay que decir que todo el cuerpo es una gran zona erógena, si se sabe estimular, desde la punta del dedo gordo del pie hasta la coronilla.
Paso mis ojos por la pantalla, reteniendo algunos conceptos que me parecen interesantes. Con frecuencia, me quedo sólo con la pregunta porque me parece que cada cual tiene que encontrar su respuesta. Por ejemplo, cuando se plantea cuál es la mejor postura para hacer el amor. Es obvio que hay que elegir aquélla en que uno se encuentre cómodo y la respuesta que sigue podría haberla escrito yo mismo sin leer ningún libro:
(...) Hay tantas (posturas) como pueda dictar la imagi­nación. Y es conveniente que una pareja estable las vaya experimentando todas, para buscar la que más les convenga pero también porque la variación enri­quece las relaciones.
Queda claro que, en el juego sexual, todo está permitido siempre que los dos miembros de la pareja estén de acuer­do. Si bien no hay que tener inconveniente en pedir lo que te apetece, sea lo que sea (por ejemplo, sexo oral o anal), hay que respetar la voluntad de la otra persona. Si no es desde el respeto mutuo, las relaciones sexuales, como las personales que van asociadas a ellas, están destinadas al fracaso. Al coito también se le llama «hacer el amor» y ha­cer el amor, como ya me ha quedado claro antes, significa que hay sentimientos en juego, que nos entregamos en toda nuestra intimidad, que queremos, necesitamos, ser aceptados y, por lo tanto, debemos aceptar al otro tal como es y no tal como querríamos que fuera. Queda claro también que, en el juego sexual, nadie debe ha­cer nunca nada que no quiera hacer, ni porque se deje con­vencer debido a la insistencia, presión o coacción de la pa­reja, ni (que también es un caso a tener en cuenta) en un intento de superarse y deslumbrar al otro haciendo filigra­nas aprendidas en una peli porno.
Puntualizo aquí, puesto que lo he citado, que sexo oral no es el sexo prometido, de boquilla, sino aquél en que se utiliza la boca para estimular los genitales proporcionando placer a la pareja, ya sea el hombre a la mujer (cunnilingus) como la mujer al hombre (felación).
Hay prácticas que implican peligro físico (penetración con determinados objetos, juegos de asfixia, etc.) y, como es na­tural, son absolutamente desaconsejables. No hay que ha­cer caso de lo que se ve en películas porque en ellas todo es truco. Si estas actividades ya son peligrosas cuando las practican expertos con todas las medidas de seguridad a su alcance (eso es el cine), realizadas por aficionados pueden resultar fatales. Más cosas.
Es divertido que los dos miembros de la pareja lleguen al orgasmo al mismo tiempo, pero no es frecuente ni es acon­sejable estar pendiente de ello. Es preferible atender a las necesidades de la pareja, estimularla y crear una atmósfera de afecto y, después, preocuparse de que los dos alcancen el orgasmo, cada cual a su ritmo. Entiendo que no se trata de hacer carreras.
Cuando leo (por enésima vez, porque ya lo sabía) que una mujer puede tener (y suele tener) más de un orgasmo en un coito, me detengo a pensar y me parece que Carlota sólo tuvo uno. Me estremezco: ¿o no tuvo ninguno y por eso es­taba tan fría cuando la llamé?
También me queda claro que yo podría haber tenido otro si nos hubiéramos puesto de nuevo al asunto. Pero, no sé cómo fue, en cuanto liquidamos el primero, nos entraron las prisas y me fui a mi casa.
Llego a un punto que me parece interesante:
Jo, ahora me veo allí tumbado, después de hacerlo, tan ri­camente, tan alejado de ella... Bueno, no es que me alejara... Es exactamente como lo dice aquí:
(...) Es el alivio de la urgencia de eyacular y una relaja­ción que se aproxima mucho al sueño. Eso puede dar­le a la mujer la sensación de que el hombre ha perdido todo interés por ella después del coito. No es así. Tras un corto período de reposo, puede estar en disposición de empezar de nuevo.
No obstante, la prevención de las mujeres no se me hace extraña, conociendo a algunos de mis compañeros del ins­tituto, como Salva Bruguerolas, por ejemplo. Ellos dicen que lo único que les interesa de las mujeres es follar. Pre­sumen de ello. En todo caso, como lo proclaman a voz en grito, no se puede decir que engañen a nadie. Pero hay mu­chos que sí engañan, que hablan de amor, de pasión, de fu­turo y... cuando han obtenido lo que querían, pasan de todo. (¿Quién dijo eso, en clase, no hace mucho? Creo que fue Coral Comellar.) Tendremos que hablar más adelante de esta clase de tipos.
De pronto, desemboco en un tema que retiene especial­mente mi atención.
LA VIRGINIDAD
Me pregunto: ¿Carlota era virgen?
Ni siquiera hablamos de ello. Yo supongo que sí, pero no fui consciente de si la desvirgaba o no. Pero ahora adquieren sentido aquellos gemidos quejosos. Tal vez le estaba ha­ciendo daño. Quizá le hice daño y eso explica la frialdad de aquella llamada que me quita el sueño. Dice el consejero cibernético:
El himen es una membrana ligera y elástica que prote­ge el aparato reproductor de la niña que aún se está de­sarrollando.
Al llegar a la pubertad, el himen pierde su función primordial, dado que la vagina empieza a producir una flora de microorganismos que asumen la misma fun­ción protectora.
Tiempo atrás se creía que, en el primer coito, la pene­tración rompía el himen y su ruptura o ausencia distin­guía a la chica virgen (la que no había tenido relaciones sexuales) de la que no lo era.
Esto se ha demostrado que no es verdad. Irónicamen­te, una chica virgen puede tener el himen roto (por di­ferentes razones, como por ejemplo, la práctica de de­porte), mientras que una chica que ya haya practicado el coito puede tenerlo intacto debido a la elasticidad de la membrana.
También existía la creencia de que su rotura, en la pri­mera experiencia sexual, resultaba muy dolorosa y sangraba en abundancia. En realidad, el testimonio de muchas mujeres demuestra que no hace tanto daño ni sangra tanto. Hay ocasiones en que no sangra en ab­soluto. (Es una experiencia similar a la rotura del freni­llo en los hombres.) Un chico inexperto o desconside­rado puede hacer más daño a su pareja al intentar penetrarla cuando la vagina aún no está suficiente­mente lubricada ni dilatada por falta de excitación.
Y continúa el artículo:
Para determinados grupos étnicos o para los seguido­res de determinadas creencias religiosas, sí es impor­tante que una chica llegue virgen al matrimonio. Ello está relacionado con la valoración de la mujer sólo por su capacidad reproductora (o sea: porque puede tener hijos que, después, llevarán el apellido del padre). Pero ahora hay una gran mayoría de ciudadanos que ha relativizado el tema y que no considera la virginidad un factor a tener en cuenta en el momento de establecer relaciones de pareja. Hay matrimonios que se se­paran y se vuelven a casar con otras personas, y hay chicos y chicas que tienen relaciones prematrimoniales sin compromiso de boda. Eso forma parte de la libertad sexual que, en principio, se considera más positiva que una educación sexual estrictamente represiva. Por otro lado, hay que remarcar que tanto en el pasado como en el presente, quienes dan importancia a la vir­ginidad dan mucha más a la de la mujer que a la del hombre.
Por fin, encuentro lo que buscaba. ¡Alto¡ Tropiezo con la pre­gunta y el corazón empieza a latirme desbocado.
Quien responde empieza escandalizándose y escandalizan­do. Advierte de que las únicas que deben practicar el coito sin precauciones son las parejas que quieren tener hijos y están preparadas para tenerlos.
A continuación, hace un panegírico del preservativo como elemento imprescindible para la vida sexual de los jóvenes. Por último, dice que los estudios médicos demuestran que la probabilidad de que una pareja fértil tenga hijos, en el pe­ríodo de un año de relaciones sexuales, es del 90%. Me quedo de piedra. ¡Un 90%! ¿Cuántas veces debe de ha­cer el amor una pareja fértil en un año? ¿Cuántas de ellas en el período de ovulación de la mujer? No sé cuántas sumas, restas, multiplicaciones o divisiones debo hacer antes de llegar a una conclusión. Hay dos posibilidades:
Carlota está embarazada
o no lo está.
¿Eso significa un 50%?
¿Y si le añadimos la ley de Murphy?
9 de marzo
Hoy, en el insti, me he sorprendido a mí mismo haciendo una encuesta entre mis compañeros: «¿Has tenido relacio­nes sexuales? ¿Cómo fue la primera vez?». Mientras la hacía, me he dado cuenta de que era un acto de exhibición disimulado, una manera de decir «Yo ya me he estrenado, ¿y tú?», como si hiciese a los otros la encuesta que me gustaría que me hicieran a mí. ¡Preguntádmelo, peguntádmelo!
Pero nadie me lo ha preguntado y los resultados obtenidos han sido muy poco representativos porque sólo cinco de los entrevistados han querido contestar.
Un chico y una chica (cuyos nombres me han pedido que mantenga ocultos) me han dicho que sus respectivas pri­meras experiencias en este terreno resultaron fatales. Él estaba en casa de su pareja, en la habitación, fingiendo que estudiaban, los padres de la chica en el comedor. El chi­co estaba tan nervioso que experimentó una disfunción eréctil. (O sea, que no se le empinó.)
La segunda encuestada atribuye su fracaso a la inexperien­cia de los dos y a la precipitación de su compañero, que in­cluso le hizo un poco de daño y, encima, se había puesto mal el preservativo, y al final exclamó: «He estado bien, ¿eh?». La chica considera que fue una situación ridícula. Otro chico confiesa que no ha tenido relaciones sexuales más allá de los besos y las manitas. Una vez se le presen­tó la oportunidad con una chica pero no la aprovechó por miedo.
El otro asegura que su padre lo llevó a un prostíbulo el día en que cumplió quince años, y allí una señorita profesional le dio un cursillo acelerado. Dice que es una tradición de fa­milia: con su padre el abuelo había hecho lo mismo en su momento. (Este encuestado, al contrario que los otros, in­siste en que conste su nombre. Así que lo hago constar. ¡¡Es nuestro inefable y nunca lo bastante bien ponderado Ramón Trallero, alias
el CharcheW)
Una chica, por fin, declara que su primera vez fue fantástica, genial. El chico con quien lo hizo ya tenía experiencia y sa­bía lo que tenía que hacer. Fue considerado, obsequioso y hábil. Ella declara que «estuve una semana flipando en co­lores y en relieve». (Pero, conociéndola, me parece que pue­de estar exagerando y que su testimonio es discutible.) Dos de las compañeras, al escuchar la pregunta de mi en­cuesta, se negaron a responder y tuvieron comportamien­tos que me parecen dignos de mención. Magda Giménez me envió a la porra con malos modos y me preguntó por quién la había tomado (¿?).Y Coral Comellar de repente se puso a llorar y salió corriendo. Me pregunto por qué.


Capítulo 6

«OSTRAS, ESTO SÍ QUE ES BUENO, AHORA SÍ»
El lunes, a la hora del recreo, se montó un pifostio en el instituto. Jenny Gómez lloraba y lloraba en un rincón, y alejaba con gestos y con sollozos a las amigas que se le acercaban para intentar consolarla.
—¿Qué ha pasado?
Me lo contaron. Jorge Castells y Jenny habían roto. Jenny había salido el sábado anterior con Salvador Bruguerolas; habían hecho el amor y a Salvador le había falta­do tiempo para andarlo contando por todo el instituto, como si fuese una hazaña, y adornando la historia con toda clase de detalles morbosos. De esta manera, la noticia no había tardado en llegar hasta Jorge Castells. Después de enterarse, Jorge había enviado públicamente a la mier­da a Jenny y se había ido a casa diciendo que se encontra­ba mal.
Me contrarió ver llorar a Jenny. Después de haber he­cho el amor con Carlota, yo estaba en el séptimo cielo y aquella sensación de felicidad casi me hacía sentir culpa­ble al ver que alguien tenía semejante disgusto en aquellos
momentos. También me sentía fatal si pensaba que al­guien pudiera decir cosas como aquéllas de Carlota, que, al fin y al cabo, había hecho conmigo lo mismo que Jenny había hecho con Salvador.
En otro rincón del patio diametralmente opuesto, Sal­vador exponía su versión de la historia a un grupo de ami­gos que lo rodeaban.
—Pero si no soy el primero que se la tira —contaba, convencido de que eso suponía una justificación—. Si a los catorce años ya se la habían repasado.
—Sí, sí, que entonces salía con uno de COU... —apun­taba uno, con alma de cronista.
—Jenny es una guarra.
—Mirad —continuaba Salvador, animado por el apoyo de sus amigos —. Esta tía, para follártela, vale, pero para salir con ella, ni loco. Ni os cuento las cosas que me hizo...
Di un paso adelante.
—¿Por qué no cuentas lo que hiciste tú?
Mi comentario estaba pensado para llamar la atención y logró su objetivo.
—¿Flanagan? ¿Qué quieres decir?
—¿Por qué no les cuentas que llevas semanas yendo tras ella como un perro lameculos, que seguramente le im­ploraste que te dejara hacer el amor con ella y que ella de­bió de compadecerse de ti, debiste de darle lástima y te lo permitió generosamente? —Yo no sabía cómo habían ido exactamente las cosas, pero con los datos que tenía, no po­día estarme equivocando mucho—. ¿Por qué no discuti­mos un poco qué clase de persona hay que ser para, des­pués de todo eso, ir contándolo por todas partes y tratarla de puta?
Hubo un silencio. Todos los que estaban en el grupo se apartaron un poco, de manera instintiva, y fue así como me vi solo en medio de un círculo, enfrentado a Salvador, que se había puesto colorado, aunque no de vergüenza, sino de rabia.
—Pero ¿qué dices, imbécil? —fue su argumento.
No le contesté. Casi se podía oír la música de Ennio Morricone, primer plano de los ojos, primer plano de las manos cerca de las culatas de los revólveres, el sudor que cae por la frente, otro primer plano de los ojos, etc.
—Ahora mismo lo retiras —me dijo, feroz—, o te las ve­rás conmigo, cabrón.
—Perfecto. Tengo hambre y me estaba preguntando qué iba a comer. —Me salió así, supongo que producto de un exceso de lectura de novelas policíacas.
Encendido de ira, Salvador tomó impulso para abalan­zarse sobre mí. Yo estaba preparando un movimiento, su­pongo que una finta para utilizar la fuerza de su acometi­da contra él, pero entonces de algún lugar salió una mano que lo agarró por el pescuezo y lo retuvo.
—Basta.
Guillermo Mira, el Mirage, con su metro noventa, sus manos enormes y aquellos ojos tristes.
—Basta, Salvador —repitió, en un tono neutro y mesu­rado que resultaba más amenazador que una traca de gri­tos—. Ábrete y piérdete, o primero te las verás conmigo y no va a quedar nada para Flanagan. No te lo voy a de­cir dos veces. —Y dirigiéndose al público—: Y vosotros, largo.
Una cosa era enfrentarse conmigo, y otra muy distinta al Mirage. Salvador se alejó en seguida, balbuciendo incoherencias que sugerían amenazas terribles, pero que él mismo procuraba que salieran ininteligibles, por si acaso. Los otros, al ver que el espectáculo gratuito y previsiblemente aliñado con satisfactorias dosis de sangre se había interrumpido, también se dispersaron por el patio.
Me quedé solo con el Mirage.
—Los tienes bien puestos, Flanagan —me dijo. Y aña­dió—: por favor, ve y trata de consolar a Jenny. Está hecha polvo.
—¿Y por qué no vas tú?
—Sería peor.
No hubo lugar para más preguntas, porque el Mirage ya se alejaba.
Cuando fui a consolar a Jenny, tenía la certeza de que la chica me enviaría a la mierda.
Pero no lo hizo. Quizá se le hacía más fácil contarle lo que había sucedido a un chico antes que a sus amigas, no lo sé. Llorando, me dijo que el sábado habían discutido con Jorge por una tontería, y que después se encontró con Salvador y se dejó invitar a unas cervezas y él se la llevó a una cabaña que tenía su abuelo en la zona de los huertos, y que ella no quería, pero había bebido y él insistía, insis­tía... Más o menos, lo que yo pensaba. Y el comportamien­to posterior de Salvador al divulgarlo todo, tampoco era nuevo. Casi diría que era previsible. Los chicos bromea­mos mucho con eso de que las chicas van al lavabo de dos en dos, y con las suposiciones sobre qué se dirán encerra­das allí dentro, pero si ellas supieran qué tono utilizan al­gunos chicos cuando están solos y hablan de ellas, se les pondrían los pelos de punta.
Se me ocurrió que el sexo debería ser fuente de placer y de comunicación, pero que con demasiada frecuencia lo usamos como arma agresiva. Por ejemplo, para tratar de puta a una chica que lo practica, o de carca y estrecha a otra que ha decidido no tener relaciones hasta el matrimo­nio, como si hacer el amor sólo por placer, en lugar de una opción, fuera una obligación. Se me ocurrió que si todos respetáramos un poco la libertad de los otros nos ahorra­ríamos muchos malos rollos.
—Tranquila, Jenny... —No sabía qué decir para calmar­la—. Hoy mismo hablaré con Jorge y...
—¡Si no es por eso! —me sorprendió.
—¿Cómo?
—¡No! Jorge... Lo siento por él, yo no quería hacerle esto, pero si salía con él era porque... porque.... porque sé que él nunca me hará caso...
—¿Él? ¿Quién? —me salió automáticamente.
—Guillermo.
—¿El Mirage?
—¡Sí, el Mirage! Nos conocemos desde pequeños, pero ¡él siempre me ha visto como amiga, y no quiere nada más de mí! ¿Cómo quieres que me haga caso a mí, si tiene a to­das las que quiere? ¡Nunca me hará caso! Y ahora sólo falta que todos vayan diciendo por ahí que soy una puta, y que...
No hubo manera de calmarla. Al acabar las clases, la acompañé a su casa y me despedí de ella con la cabeza lle­na de preguntas.
Cuando llegué a casa, estaba seguro de que me dirían que me había llamado Carlota. Error. Había recibido una llamada, sí, pero no de Carlota, sino de Nines.
—Dice que no ti1 volverá a llamar —me informó Pili con un ápice de satisfacción perversa—. Que si quieres algo de ella, que espabiles. Me parece que estaba bastante enfadada.
Si estaba enfadada, razón de más para no llamarla. No tenía ganas de discutir con ella, y me olía que una llamada equivaldría automáticamente a una discusión. Al menos, a un «lo tomas o lo dejas», o sea, «tú y yo ¿salimos o no sali­mos?», y en aquel momento no me sentía preparado en ab­soluto para contestar aquella pregunta.
Por un lado, aún flotaba en la nube provocada por la re­lación con Carlota. Era la primera vez que había hecho el amor de verdad y satisfactoriamente con una chica, y si en esta vida hay cosas que unen, seguro que ésta es la más fuerte de todas. Tenía ganas de volver a verla, tenía ganas de repetir la experiencia y, como descubrí a la hora de co­mer, no tenía mucho apetito. ¿Significaba eso que estaba enamorado?
—Juan —me dijo Pili en la mesa—. ¿Te has dado cuen­ta de que llevas todo el rato una sonrisa de memo profun­do en la cara?
-¿Qué?
—Uy, que Juan se nos ha enamorado...
—Anda y que te den. —Mal síntoma, que se me ocurrieran tópicos y no respuestas agudas.
A lo mejor sí que estaba enamorado. Estaba casi seguro de ello. Sólo un dato lo ponía en duda: el asunto del pre­servativo. Porque se supone que si estás enamorado de una persona, tu máxima aspiración será la de compartir el resto de tu vida con ella. Cuando me planteaba la posibili­dad de que Carlota se hubiera quedado en estado, descu­bría que me asustaba mucho. Porque aquello significaría un follón en casa de ella, y también en la mía, de acuerdo, pero también porque, según mi manera de pensar, aquello sí que nos uniría indisolublemente. Sería un poco como si, de pronto, se nos privase de la posibilidad de elegir libre­mente, como si el hecho de estar unido a Carlota se con­virtiera en una imposición.
Por la tarde, estuve repasando libros y enciclopedias, alimentando la neura, en la biblioteca del barrio, tratando de determinar las posibilidades de que se hubiera produ­cido el embarazo. Consultas inútiles, puesto que no tenía ni idea de cuándo había tenido Carlota su última regla, ni de cuántos días era su ciclo. No me atreví a llamar para preguntárselo. Me pareció que eso le podía parecer mez­quino. Y que, en el mejor de los casos, sólo serviría para contagiarle mi paranoia, en el caso hipotético de que ella no la compartiera ya.
Cuando volví a casa, por la noche, Carlota no había lla­mado. Quise hacerlo yo, pero Pili estaba conectada a In­ternet, chateando como una loca con su novio, y bloquea­ba la línea telefónica.
Salí a tomar el fresco para resistir la tentación de es­trangularla y vi al Mirage pasando por delante de casa, bien vestido y repeinado. Con renovado interés, a causa de la conversación con Jenny, lo seguí hasta la estación de metro y, una vez allí, argumentándome que me quedaban dos viajes de la tarjeta T2 y que si no los utilizaba caduca­rían, entré en el último vagón.
Se apeó en la misma estación del otro día. Recorrió la misma calle, fue hasta la misma casa, pulsó el mismo tim­bre y subió al mismo piso. Eran las nueve y media de la noche. Me lo apunté todo en una libreta sin estar seguro de que aquellos datos pudieran llegar a tener alguna apli­cación práctica.
Al día siguiente, descubrí que Carlota sí me había lla­mado y había dejado un mensaje en el contestador. Se me aceleró el corazón y en seguida marqué su número.
—¡Hola, Flanagan! ¿Cómo estás?
—Mal —le dije. E hice una pausa.
—¿Mal? —dijo ella, tan mona, muy preocupada.
—Mal —insistí—. Que no puedo esperar hasta el sába­do, que si no nos vemos antes... soy capaz de tomarme un yogur caducado para poner fin a mi ansiedad.
-—¡Serás borrico! —Su manera de reír me emborracha­ba—. Oye, ¿te va bien mañana por la tarde?
Palabras mágicas. No me odiaba, no me guardaba ren­cor, no me consideraba un chapucero, ¡quería repetir! ¡Me quería! ¡Estaba perdidamente enamorada de mí! Empecé a levitar, cualquiera que me hubiera estado observando se habría preguntado cómo podía ser que mis pies no tocaran el suelo.
—¿En casa de tu madre?
—No. —¿Qué? ¡Oh, no, no me hagas esto!—. En la de mi padre. A las ocho. Mi padre y Marcos van a ver el par­tido de Copa de Europa.
¡Sí! ¡Bien! ¡Alabí, alabá, alabim-bam-ba!
Pero yo, muy comedido, como haciéndole un favor:
—A las ocho, de acuerdo.
Esta vez no quería meter la pata. Lo primero que hice al salir hacia el instituto fue buscar una farmacia. Una que no fuera la de siempre, donde me conocían. Llegado allí, mientras me preguntaba cómo me las apañaría para com­prar los preservativos (una actitud desenvuelta, de hombre duro y experimentado que ya ha comprado toneladas de condones a lo largo de su vida, «Una caja de cien pre­servativos, por favor, ¿tienen de quinientos?»), descubrí que tenían una máquina expendedora colgada en la facha­da. Tan sencillo como eso: bastaba con meter unas mone­das para conseguirlos sin tener que dar explicaciones a na­die. De manera que metí una moneda. Y me la devolvió. Volví a meterla. Y me la volvió a devolver. Insistí, y la má­quina tozuda.
De reojo, percibí que la farmacéutica me estaba miran­do y se reía. Era una chica joven. La clase de farmacéutica a quien jamás me atrevería a pedirle una caja de quinien­tos condones. No sé por qué. Me hizo una seña para que entrara en la tienda.
Entré, consciente de que mis orejas eran como dos an­torchas.
—Hola —dije. Carraspeé—. Quería comprar aspirinas.
Sonrió.
—No. —Rectifiqué—: ¿He dicho aspirinas? Condones. Eh, quería condones.
No se puso a gritar ni agarró el teléfono para llamar a la Brigada Anti Vicio de la policía. Sólo preguntó:
—¿De cuántos?
—¿Cómo?
—Que de cuántas unidades.
—Ah, bueno, pues.... ¿Tenéis de quinientos? —Nos reí­mos los dos. Va muy bien el humor para acomodarte en una situación incómoda—. ¿Ah, no? Vaya. Pues... la más gorda.
Me arrepentí de haber dicho «la más gorda». Me sonó fatal. Obsceno. «La más gorda.» A quién se le ocurre. «La más gorda que tenga. La tengo muy gorda.» Jopé. ¿En qué estaba pensando? Fatal. Tendría que haber salido a la calle y vuelto a entrar. Todos deberíamos tener una segunda oportunidad.
—¿Alguna marca en especial?
—¿Qué?
—¿Alguna marca en especial?
Le dije que, ah, que me daba igual y sacó una de deba­jo del mostrador, supongo que la que le daba más margen de beneficio.
Así de fácil. Como si me vendiera pastillas para la tos. Yo ya me había relajado tanto que empezaba a sentirme capaz de entrar en un sex-shop para comprar lo que sea que vendan allí. Pero, de pronto, mientras envolvía la caja la farmacéutica me preguntó:
—¿Cuántos años tienes?
—Ah... Die... —dije, sobresaltado. ¿Había que tener una edad? Dios mío. La policía—. Diecisiete.
—Pues haces muy bien comprando los preservativos. Muchos chicos de tu edad no hacen caso de todas las ad­vertencias sobre los peligros de las enfermedades de trans­misión sexual...
—Bueno... es que... quiero decir que los uso con mi no­via. O sea, más que nada por la cosa del embarazo.
—Pensar que una persona, porque es tu amiga, o tu novia, o porque la conoces desde hace tiempo, no pue­de sufrir ninguna enfermedad de transmisión sexual es un error. Todo el mundo puede sufrirla. Nunca lo ol­vides.
Pagué los preservativos (carísimos: si tenemos en cuen­ta para qué sirven, no sé cómo es posible que no los subvencione el gobierno) y salí a la calle pensando en las últi­mas palabras de la farmacéutica, un poco más angustiado que momentos antes.
El resto del martes se hizo largo, y la mañana y las pri­meras horas de la tarde del miércoles, eternas. Pero cada rato que pasaba me acercaba un poco más a Carlota. Y, al mismo tiempo, pensaba de vez en cuando, me alejaba de Nines. Su ultimátum para que la llamara debía de tener fecha de caducidad. Cuanto más tardara en hacerlo, peor, menos posibilidades (si es que a aquellas alturas todavía me quedaba alguna) de rehacer nuestra relación. No po­día llamarla pasados uno o dos meses, como si no hubie­ra pasado nada. Pero todo esto eran elucubraciones que se desarrollaban en un segundo término de mis pensa­mientos. El primer plano lo acaparaba Carlota. Carlota y yo en el cine, viendo X-Men 2. Carlota y yo huyendo de Vanesa y Charche y sofocando nuestras risas en el proba­dor. Carlota ofreciéndome su cuerpo, haciéndome el amor.
A las ocho y un minuto (decidí llegar un poco tarde, para no parecer demasiado ansioso) llegué al piso donde vivía con su padre. La encontré haciendo creps en la co­cina.
—Eh, qué bien huele.
—¿Te gustan los creps?
En lugar de correr enloquecidos hacia el dormitorio, fuimos a la cocina. Ella hacía los creps y les daba la vuelta con habilidad de experta y todo eso, y las rellenaba, y yo cogí una cerveza de la nevera. «¡Cuidado con el alcohol, que luego pasa lo que pasa!» Llevaba pantaloncitos cortos, y un mandil a cuadros, y parecía un ama de casa prematu­ra. Y atractiva, muy atractiva. Me venían ganas de abra­zarla por la espalda y decirle que se olvidara de la cena, que teníamos cosas más urgentes que hacer. La neura del embarazo parecía haberse disuelto.
—¿Seguro que tu padre y tu hermano no volverán an­tes de tiempo?
—Hombre —dijo ella, mientras me ofrecía un crep de queso «con cuidado, que quema»—. Para que mi padre se fuera enfurecido del estadio tendrían que estarle metiendo un montón de goles a su equipo.
No me parecía tan imposible, teniendo en cuenta la temporada que llevaba el equipo.
En el comedor, la tele estaba encendida y sintonizada en la retransmisión del partido. Acababan de empezar. Calculé que, entre el partido y el trayecto de regreso, dis­poníamos de un margen seguro de dos horas.
Así que estuvimos comiendo creps y charlando un poco de todo, excepto de lo que realmente me preocupaba. No me atreví a mencionar lo del embarazo, ni de la ame­naza de una enfermedad de transmisión sexual, ni le pre­gunté cuándo había tenido su última regla, ni le dije que, si no volvíamos a hacer el amor en seguida, los creps me iban a sentar mal. Ella me contaba cuatro cotilleos de su insti y yo le hice un resumen del caso de Jenny y Jorge Cas­tells. La actitud de Salvador Bruguerolas le pareció asque­rosa, pero cuando le hablé del misterio que podríamos de­nominar «El Mirage y la casa del Cuento de Hadas», parecía poco interesada y distraída.
Un gemido aterrorizado del locutor de la tele nos in­terrumpió. A pocos minutos del comienzo, en frío, al equipo local le habían metido un gol. Uf. Como le metieran más y el padre de Carlota se enfadara...
—¿Quieres repetir? —me preguntó Carlota, refriéndose a los creps.
Me lo puso en bandeja. Ahora sí que la abracé. Hacía rato que me reprimía las ganas.
—Quiero repetir lo del otro día. No he dejado de pensar en eso ni un momento.
Me alarmé al ver que no respondía en seguida.
—Bueno... —dijo, después de una eternidad (un segun­do o dos) de silencio.
—¿No quieres? —Aterrorizado.
—No te enfades, pero... Mira, para mi gusto fue dema­siado rápido.
¿Demasiado rápido? Tenía la sensación de que me esta­ban atacando a traición y sin darme tiempo de preparar la estrategia defensiva. ¡Le había dedicado horas de caricias antes de entrar en ella! ¿No se lo había pasado bien?
—¿No te lo pasaste bien?
—Me lo pasé bien sobre todo por la emoción de estar contigo, pero, en cambio, no llegué a.... Mira, no sé cómo de­círtelo. —No había llegado al orgasmo, y no sabía cómo decírmelo. La tomé de la mano no sé si para animarla a que continuase o para encontrar un poco de consuelo—. No lle­gué a sentir lo mismo que el primer día. Me lo pasé mejor cuando sólo me acariciaste.
¿Cómo podía decir aquello? ¿Cómo podía ser me­jor una masturbación que... que... que aquello? Confir­maba lo que ya había consignado en el diario, en teoría: que la habilidad sexual no era una cosa instintiva, una in­formación que todos llevamos en los genes. Quizá sí en lo referente a la reproducción, pero no en lo que atañe al placer.
—Me parece... que habría necesitado más tiempo —es­taba diciendo ella.
—¿Más tiempo?
—Más caricias y más besos y... no tener tanta prisa por... Ya me entiendes, ¿no? —Y, ya que estaba poniendo todas las cartas sobre la mesa, no se dejó ninguna—: Además, creo que habría continuado necesitando que me acaricia­ras mientras estabas... Ya me entiendes, ¿verdad?
Hablar, hablar, hablar. Claro, porque si no me lo dice, no lo sé. Pero, jo, qué fracaso. Protesté débilmente:
—Si no recuerdo mal, yo te iba acariciando mientras...
—Yo... —Los dos lo estábamos pasando fatal. Era evi­dente que se le hacía muy violento decirme aquello. Pero tenía que decírmelo, claro—. Me refería a caricias en un punto muy concreto.
—¿En el...? ¿En el clítoris? —¿Quién no ha oído hablar de la dificultad de encontrar ese punto de existencia qui­mérica? A lo mejor tendría que haberle preguntado «¿Me puedes indicar dónde está, exactamente?», pero siempre me ha dado vergüenza preguntar direcciones cuando es­toy perdido. Ella asintió. Y yo, destrozado: «Jopé, no se lo supe encontrar». Jopé, qué fracaso—. Jopé.
—No te enfadas porque te lo diga, ¿no?
—Al contrario. —«No tengas miedo, que aún no me sui­cidaré»—. Siento mucho que no me lo dijeras el otro día.
—¿Por qué no me lo preguntaste tú?
No se lo pregunté porque yo me lo estaba pasando es­tupendamente. Cuando estás convencido de que las cosas van bien, no se te ocurre hacer esa clase de preguntas.
—No se me ocurrió —dije—. Creía... que teniéndome dentro ya te lo pasabas tan bien como yo.
Carlota sonrió:
—No. Ya ves que no es así.
Podría haber dicho: «No, si disfruté un poco, sólo me faltó un detallito insignificante». Para quedar bien. Pero no. Dijo, con aquella sonrisita, «Ya ves que no es así». Me la imaginé sobre la cama, con los ojos en blanco «¡Dame plasseeer! ¡Dame plasseeer! ¡Dame plasseeer!». Y me enfadé. Y reaccioné. ¿Desde cuándo un Flanagan, de la saga de los Flanagan de toda la vida, se arrugaba por una adversidad? Había luchado contra traficantes de drogas, gamberros ar­mados con cadenas, vampiros, violadores y asesinos, y ahora abandonaría el combate a la primera dificultad? Nunca me había salido nada bien a la primera. Siempre he necesitado una segunda ocasión, o una tercera, para apren­der. Pero, eso sí, una vez he aprendido, una vez que he per­mitido que me enseñaran... ¡Uy, entonces! ¡Dejadme solo! ¡Apartaos que voy! ¿Y quién podría instruirme mejor que Carlota? Porque Carlota hablaba, tenía espíritu pedagógico en aquel terreno, con su diario y su aspecto de sabelotodo, y yo quería ser el mejor de sus alumnos. De manera que volví a enlazarla por la cintura, clavé mis labios en los su­yos y envié mi lengua al encuentro de la suya.
—¿Vamos? —dijimos los dos a la vez.
Y después, los dos a la vez dijimos «Espera, he compra­do...», y los dos a la vez mostramos sendas cajas de pre­servativos. A eso lo llamo yo ser dos almas gemelas.
Un vez desnudos, cuando la simple proximidad ya era una caricia, y las pieles tan suaves, envié manos y labios a una prospección minuciosa, paciente, insistente y cuidado­sa, y me forcé a reprimir mis impulsos con la intuición de que, cuanto mejor se lo pasara Carlota, más disfrutaría yo. Había oído que hay hombres que efectúan operaciones ma­temáticas de memoria para hacer durar más los instantes de placer y viajar a la misma velocidad de crucero que su pareja. Yo no sé exactamente qué hice, pero decidí que no llamaría a la puerta hasta que ella me lo pidiera. Me dedi­qué a comprobar que, efectivamente, todo el cuerpo es una gran zona erógena. Finalmente, cuando ella ya estaba a punto y me dijo «¡Adelante!»; me indicó explícitamente que quería que yo continuara acariciándola allí, en el pun­to quimérico, y condujo hasta él mi mano, «no hay pérdida, todo recto, arriba», y yo obediente y buen alumno, quería decirle «Ve, ve, que yo te sigo», pero me salió «Muy accesi­ble no es, ¿verdad?», porque en estas situaciones parece que se te atasca el cerebro, pero al final, me sentí exultante cuando la vi extasiada y se le escapó una sonrisita tibia que parecía decir: «Ostras, esto sí que es bueno, ahora sí». Y pegó un grito que hizo que el perro de los vecinos se pusie­ra a ladrar, y me parece que subimos nota, estoy casi segu­ro de que pasamos del suspenso al notable, como mínimo.
Con un fondo de retransmisión del partido, descubri­mos que no se necesitaba ningún poder especial ni un máster en Harvard; sólo con algo tan sencillo como es hablar, superando vergüenzas y tabúes, y estar atento cada uno a lo que quería el otro, la experiencia fue fantástica para los dos.
Después de un estallido de sensaciones y el vértigo fi­nal y demás, ella se retorció perezosa sobre el colchón y concluyó:
—Uf, esta vez ha sido genial.
—Tú eres genial —le dije.
Parecía que todo el mundo se alegraba de nuestro éxito. Transportado al televisor del comedor desde el campo de fútbol, el público entero del estadio se levantó en un cla­mor de júbilo. El locutor también gritaba maravillado. Bueno, no era por nosotros, claro; era que en la tele, los equipos acababan de empatar.
—Espero que el equipo de tu padre pase la eliminatoria —dije—. Así cada dos o tres semanas habrá partido en el estadio y tendremos este piso para nosotros solos.
Todo iba bien. Parecía que las cosas no podían ir mejor. Y entonces, Carlota dijo:
—Bueno...
«Bueno», así, en tono de duda y en lugar de «¡Ojalá!» o «Alabí, alabá, alabim-bam-ba». «Bueno», como esas pri­meras gotas, solitarias y gruesas, que anuncian la tempes­tad previa a una declaración de zona catastrófica.
¿Qué pasaba ahora?
—¿Pasa algo?
—Es que no sé si...
—¿Qué quieres decir? —Yo me iba alarmando por mo­mentos.
—Dijimos que no había compromiso, ¿verdad? Que no éramos novios ni nada de eso...
¿Lo habíamos dicho? Sí lo habíamos dicho, era verdad. Pero por mi parte lo había dicho un Flanagan que aún no sabía lo fantástica que podía ser Carlota. Un Flanagan ig­norante de aquella sensación de placer y de proximidad que ella me había hecho sentir.
—... Pero eso era antes... —protesté, incómodo—. O sea, quiero decir, antes de...
—Porque tú sales con Nines, ¿verdad?
¿Adónde quería ir a parar?
—Bueno... —sintiéndome un poco, sólo un poco, trai­dor a Nines—, desde que nos conocimos no pienso mucho en Nines... ¿Por qué lo dices?
—¿Te acuerdas que te dije que este verano había cono­cido a un chico holandés? Koert Vroom, un nadador.
Sí, me había dicho algo. Koert Vroom. ¿Cómo podía ir por el mundo con un nombre así?
—Me quedé colgadísima de él...
—Ah...
—...pero nos peleamos y creí que no lo volvería a ver más y lo tenía medio olvidado... y ahora... El otro día me envió un mensaje.
—Te envió un mensaje —repetí, como si no me lo pudie­ra creer, como si fuera un acto contra la ley, como si sólo la NASA estuviera moralmente autorizada a enviar mensajes.
—Sí. Y me di cuenta de que no me había olvidado de él. Ni él de mí. Viene a Barcelona este fin de semana y quiere que nos veamos. Le he dicho que sí.
No supe qué decir. Me vinieron ganas de levantarme y salir corriendo, e interrumpir así aquella conversación que cuanto más se alargaba más disgustos me proporcionaba. Koert. Koert Vroom. ¿Era mi imaginación o la voz de Car­lota adquiría un tono especial, un poco soñador, cuando hablaba de aquel sujeto?
—O sea, que aún estás colgada de él —resumí, con ga­nas de equivocarme.
—No —dijo ella—. O sea, no lo sé. Me lo paso muy bien contigo. A lo mejor tendría que llamarle y decirle que no nos viéramos.
Habíamos empezado a vestirnos. Yo estaba nervioso y tenía que prestar mucha atención porque si no habría aca­bado poniéndome los calzoncillos encima de los pantalo­nes, o algo parecido. Me estaba abrumando una mezcla de emociones; rabia, desencanto, inquietud... En una palabra: celos. Reprimí recomendaciones del tipo «Envíalo a tomar por saco, a ese imbécil», que venían a mi boca con facili­dad asombrosa.
¿Qué pasa? Los celos son un sentimiento como cual­quier otro. Como el amor, o el odio, o el miedo, o la alegría. No puedes elegir si los quieres sentir o no.
—¿Por qué no pasas de él?
—No lo sé... Quiero decir que no sé si me veo capaz. Ahora mismo pienso que sí, pero no sé qué pensaré dentro de dos horas.
Tragué saliva. Abrí la boca y sin la menor premedita­ción, como si las palabras se formaran una a una en mis la­bios a medida que las pronunciaba, me oí decir:
—Pues yo sí sé lo que pensaré dentro de dos horas. Pensaré lo mismo que ahora: me parece que estoy enamo­rado de ti.
—¡¡Qué dices!! —Su grito me provocó un escalofrío muy frío muy frío.
Me senté en el colchón para anudarme las zapatillas. Yo también me preguntaba: «¿Qué dices, Flanagan?», pero si lo había dicho debía de ser por algo.
—Me lo parece, porque estoy celoso. Me pongo negro sólo de pensar que tú y ese holandés...
—Pero tú tienes a Nines, ¿no?
¿Con aquello quería decir «Vete con Nines y olvídame»?
—Nines. Sí que quiero a Nines, pero... Me parece que te quiero más a ti.
Carlota permitió que la abrazara y me rodeó la cintura con los brazos. Ella inclinaba la cabeza sobre mi hombro, me pareció que conteniendo las ganas de llorar, y yo ya no sabía qué decir ni qué hacer; me resistía a creer que aque­llo fuera verdad, que pudiera pasarme a mí.
—¿Le llamarás para decirle que no quieres verle? —Era una súplica.
Carlota me miró fijamente, firme y resuelta. La mirada significaba «No tienes derecho», mientras ella decía, dolida:
—Tengo que ir a buscarlo. No puedo dejarlo colgado en el aeropuerto. Me comprometí.
«Me comprometí», dijo. Entre ella y yo no había ningún compromiso. Con el holandés, se había comprometido.
—Y ahora, es mejor que te vayas, Flanagan —añadió, despiadada—. Puede volver mi padre. Te puedes quedar sin metros.
En aquel momento, el equipo local marcó otro gol. El lo­cutor, excitado, anunciaba que aquello resolvía la elimina­toria, que el equipo pasaría a la siguiente, donde tendría que vérselas con el poderoso PSV Eindhoven, de Holanda.
Camino de mi casa, yo también tenía la sensación de que tenía que enfrentarme a un holandés poderoso y terrible.





INFORME SOBRE MÉTODOS ANTICONCEPTIVOS

Por Anna Moncho, Pepe Brotons, Joan Anguera
Necesidad de este trabajo
Según información sacada de la prensa diaria, el 25% de los jóvenes españoles entre los 15 y los 17 años mantienen relaciones sexuales y cada año 19 000 menores quedan embarazadas (un 3,3%). Con 19 000 personas llenaríamos el Palau Sant Jordi. Si contamos a sus parejas (que algo tie­nen que ver) ¡son casi 40 000 personas las im­plicadas !
De estos embarazos, 10 000 acabaron en nacimiento. 9 000 acabaron en un aborto. Encuestas recientes demuestran que . el 30% de las primeras relaciones sexuales se llevan a cabo sin recurrir a ningún método an­ticonceptivo .
el 12% de los jóvenes no toman precauciones
y el 0,3% recurre a métodos anticonceptivos de los considerados no fiables.
No hace mucho, la ministra de Sanidad, Ana Pas­tor, dijo que «la falta de información, insufi­ciente o inadecuada, es el factor más importan­te para precipitar un embarazo no deseado». De manera que creemos que los jóvenes tenemos que estar informados y bien informados sobre to­dos los métodos anticonceptivos que impidan que lleguemos a estos extremos.
Punto previo
Hay que puntualizar, aunque parezca una perogru­llada, que un embarazo sólo puede producirse cuando el esperma del chico llega al óvulo de la chica. Aparte de casos excepcionales y fáciles de entender (por ejemplo introducir dedos mojados de esperma en la vagina de la chica) para que haya embarazo es necesario que haya habido coito.
Mitos y tópicos falsos (de risa)
Hay muchas creencias grotescas que hay que des­mentir antes de empezar a hablar en serio. Aunque parezca mentira, hay gente que cree que: «Una chica no puede quedar embarazada la prime­ra vez que hace el amor.»
«Si la pareja hace el amor de pie, la chica no puede quedar embarazada, porque los espermato­zoides no pueden "subir" hasta el óvulo.» «La chica sólo puede quedarse en estado si tie­ne un orgasmo.»
«Si la chica se lava bien después de hacer el amor, no puede quedar embarazada.» (Eso es fal­so aunque recurra a una ducha vaginal. Tiene que lavarse, sí, pero sólo por una cuestión de hi­giene . )
«Durante la menstruación, una chica no puede quedar embarazada.» (Es poco probable, pero no imposible.)
«Si la chica contiene la respiración durante el orgasmo, no puede quedar embarazada.» (¿Qué se supone? ¿Que la falta de oxígeno mata a los es­permatozoides?)
«Si la chica se pone a pegar saltos después de la relación, no puede quedar embarazada.» (¿Sa­cudidos de esta manera los espermatozoides se quedan sin sentido?)
«Una chica puede quedarse embarazada por utilizar un váter donde hay restos de espermatozoides.» (Hay tantas posibilidades como de tener un accidente
de avión yendo en coche por carretera. Siempre puede ser que te caiga un avión encima...) ¡Falso, falso, falso, todo esto es más falso que un euro de cartón!
Métodos populares pero totalmente desaconsejados
(Estos no dan risa porque, por su culpa, hay mu­chos pero que muchos embarazos no deseados.)
  • «Coitus interruptus» (o «marcha atrás»)
Qué es: Consiste en la interrupción del coito antes de que el chico eyacule. El chico se re­tira y eyacula fuera de la vagina. Seguridad: Muy baja.
Protección contra enfermedades de transmisión sexual: Nula.
Inconvenientes: Con frecuencia, el chico se deja llevar por la, digamos, euforia del acto sexual y, a la hora de la verdad, no se retira. Y aunque lo haga, antes de la eyaculación el pene expulsa una secreción que puede contener espermatozoides. Además, este método hace que la pareja no pueda centrarse en las sensaciones propias del coito, porque los dos están pen­dientes de otra cosa.
  • Método del ciclo menstrual o método Ogino.
Qué es: Consiste en calcular los días de la ovu­lación a partir de la fecha de la última regla y evitar tener relaciones sexuales en los días en que se produce la ovulación (cosa que también se puede calcular con otros métodos igualmente dudosos, como el de «la temperatura basal»).
Incluso bien calculado, se considera que puede fallar en 3 de cada 10 mujeres en un año.
Protección contra enfermedades de transmisión sexual: Nula.
Inconvenientes: La chica puede ovular de forma irregular, se pueden producir errores de cálcu­lo, los espermatozoides pueden sobrevivir den­tro de la vagina unos días hasta que la chica ovula y, entonces, puede resultar fecundada.
Métodos con un alto grado de eficacia pero desaconsejados para jóvenes
(Aunque algunos de estos métodos son desaconse­jables también por otras razones, la principal y común a todos ellos es que ninguno protege contra las enfermedades de transmisión sexual. Sólo son adecuados para parejas estables.)
  • La píldora
Qué es: Hormonas sintéticas que se administran en forma de pastillas. Hay que tomarlas diaria­mente, una cada día, durante 21 días, y dejarla después unos días para tener la regla. Se considera el método anticonceptivo más efi­caz. Correctamente utilizado, ofrece una pro­tección prácticamente absoluta.
Protección contra las enfermedades de transmi­sión sexual: Nula.
Qué hace: Impide la maduración de los óvulos, lo que imposibilita la ovulación y, por tanto, tam­bién el embarazo.
Quién puede tomarla: Mujeres entre 16 y 45 años. Hay que consultar con el ginecólogo, que eva­luará la conveniencia de que una chica utilice este método según su estado general de salud, y le recetará exactamente el tipo de pastilla que se adapta a sus características. Después de un período de tiempo utilizando la píldora, hay que volver al ginecólogo para hacerse un control. Cómo se obtiene: Normalmente, con receta del gi­necólogo .
Tiene efectos secundarios? Como todos los me­dicamentos, en algunos casos pueden presentar efectos secundarios (por ejemplo, dolor de ca­beza, náuseas, tensión en los pechos), aunque puede no provocar ninguno. Está contraindicada en algunos casos (por ejemplo, en mujeres mayo­res o muy fumadoras), dado que presenta el ries­go de provocar problemas de salud. Tiene también efectos positivos (reduce la posibilidad de aparición de quistes) y también terapéuticos en patologías determinadas (por ejemplo, puede usarse para regular el ciclo menstrual). Inconvenientes: Se debe tomar diariamente, sin olvidar ninguna ingestión. En determinadas cir­cunstancias (si tienes descomposición, o si vo­mitas un poco después de tomarla) el cuerpo pue­de no asimilarla, y en ese caso, sería como si no te la hubieras tomado.
Ventajas: Permite que la mujer decida por sí misma si quiere o no quiere tener hijos.
  • El DIU, o «espiral» o «dispositivo intrauterino»
Es un aparato de plástico con una espiral de co­bre que se introduce en el útero. Tiene que colocarlo un ginecólogo y una vez puesto su du­ración es de unos cuantos años. Está contrain­dicado para chicas jóvenes y mujeres que aún no han tenido hijos porque existe el riesgo de que provoque inflamaciones y esterilidad.
  • Las cremas espermicidas
Son anticonceptivos de tipo químico que atacan a los espermatozoides. Su eficacia por sí sola es limitada, pero usadas como complemento de otro método (por ejemplo el preservativo) au­mentan la seguridad. Las venden en las farma­cias .
  • Las inyecciones de hormonas sintéticas
Ofrecen unos tres meses de protección contra el embarazo, y tienen que ser administradas bajo control médico.
  • El diafragma
Es una especie de capucha redondeada que se co­loca dentro de la vagina y que tapa el cuello del útero, de manera que impide el paso de los espermatozoides. La chica tiene que quitárselo pasadas ocho horas de la relación sexual. Ventajas: Se puede poner antes de la relación sexual. Se lava y se puede usar de nuevo. Inconvenientes: Se debe aprender a ponerlo bien encajado y añadir espermicida para aumentar la eficacia. El ginecólogo debe indicar la medida adecuada a cada cuello de útero.
  • El implante subdérmico
Es una varilla de 4 cm que el médico, en una breve intervención quirúrgica de uno o dos mi­nutos, coloca bajo la piel en la parte superior interna del brazo. Libera lentamente gestágenos, que impiden que los folículos dejen salir un óvulo. Es efectivo durante tres años y desde el momento en que se implanta, pero no al cien­to por ciento. Puede provocar sangrados irregulares o puede hacer desaparecer la regla (ame­norrea) .
  • La anilla vaginal
Es una anilla de plástico blando con un diámetro exterior de 5,4 cm, que se coloca en la va­gina (como un tampón) entre el tercero y el quinto día del ciclo. Durante tres semanas, li­bera las hormonas que impiden la ovulación. Fun­ciona a lo largo de todo el mes. Puede presen­tar algunos efectos secundarios.
  • El parche
Material impregnado de hormonas que se adhiere directamente sobre la piel de la cintura, del vientre, de las nalgas, de los muslos, de los brazos o de los hombros (nunca en los pechos porque podría estimular el crecimiento de tumo­res) . El primero se coloca el primer día de la regla y cada semana debe cambiarse el parche. Después de tres semanas, hay que dejar una de descanso. Las hormonas que se liberan van a través de la epidermis directamente a la san­gre a lo largo de siete días e impiden la ovu­lación. Puede ocasionar algunos efectos se­cundarios .
  • El método más aconsejado. (¡El rey!) (The King)
El preservativo (o condón, goma, chubasquero do pito, impermeable, paraguas, funda, globo, cal­cetín. . .)
Qué es: Una funda de látex que se adapta al pene. Algunas marcas llevan también lubrificantes (para facilitar la penetración) y/o produc­tos espermicidas que aumentan su eficacia. En la punta tiene una especie de protuberancia, que es el depósito donde se acumulará el semen cuando salga.
Seguridad: Si se usa bien, muy elevada, cerca del 100%. Cuando falla, normalmente es debido a un accidente (que se rompa) , o a que se haya puesto mal, o que esté en malas condiciones, o que no se sigan correctamente las normas de uso. Protección contra las enfermedades de trasmi­sión sexual: Total. Recomendado por la Organi­zación Mundial de la Salud.
Dónde se puede conseguir: En cualquier farma­cia, y en centros comerciales. El farmacéutico te lo venderá tanto si tienes 14 como 40 como 90 años, no hay límite de edad para comprarlos. También se pueden conseguir en máquinas expen­dedoras automáticas. Es mejor confiar en las marcas más conocidas y homologadas y siempre, siempre, siempre, antes de usarlo, hay que com­probar la fecha de caducidad, porque, como es de látex, si está caducado se puede agrietar o romper.
Cómo se usa: Al sacarlo de su envoltorio, cui­dado con no estropearlo ni pincharlo. Una vez hecho esto, se sitúa el condón en la punta del pene (que debe estar en erección, nunca se debe poner un condón en un pene fláccido) agarrándo­lo por el depósito superior y desenroscarlo des­lizando la mano pene abajo, hasta el final. Des­pués hay que quitar el aire del depósito presionándolo con el pulgar.
Inmediatamente después de eyacular, hay que co­gerlo por la base y, así sujeto, retirar el pene
y después quitárselo. Esto es muy importante, porque después de la eyaculación el pene se arruga y retrae, lo que puede provocar fá­cilmente que el semen desborde por la parte in­ferior .
Cada condón sólo se puede utilizar una vez. Ni se os ocurra lavarlo para volvéroslo a poner. Hay ahorros que pueden salir carísimos. ¿Hay peligro de que se rompa? Siguiendo correc­tamente las normas de uso, el peligro es míni­mo. En el caso de un chico que tenga el pene muy grande, hay que pedir al farmacéutico que te venda unos preservativos de talla mayor, que tam­bién están disponibles.
¿Se puede utilizar combinado con otros métodos? Sí, y eso aumenta más aún su eficacia. Se puede utilizar, por ejemplo, conjuntamente con el diafragma, o con cremas espermicidas.
Sólo hay que usarlo para la penetración vagi­nal? No: también hay que utilizarlo cuando se practica el sexo oral y la penetración anal, como protección contra las enfermedades de transmisión sexual.
¿Hay quien se resiste a utilizarlo? Es verdad que el preservativo disminuye un poco la sensi­bilidad del pene y de la vagina, pero la dife­rencia es muy pequeña. En cambio, la diferencia entre el «sexo seguro» y dejar a una chica em­barazada o adquirir o contagiar una enfermedad de trasmisión sexual es enorme.
Al mismo tiempo, el uso del preservativo puede ser útil para reducir el problema de la eyacu­lación precoz.
Por otro lado, el látex, o las cremas lubrifi­cantes o espermicidas asociadas, pueden provocar alergias en algunos casos. Es muy poco fre­cuente, y hay alternativas, como los condones fabricados a base de plástico.
El preservativo femenino
Es una funda de poliuretano (un material más re­sistente y, por tanto, más difícil de romper que el látex) con dos anillas; una interna y cerra­da que sirve para fijarlo al interior de la va­gina, y una externa que cubre los labios vagi­nales. Igual que el condón masculino, sólo se puede utilizar una vez.
Uno de sus inconvenientes es que resulta cuatro o cinco veces más caro que el preservativo masculino.
Qué hay que hacer si se rompe un preservativo
Hay que ir a un centro de atención a la mujer o al ginecólogo antes de que pasen 24 horas, por­que allí pueden proporcionar a la chica la «pas­tilla del día después». (Ved más adelante.)
Qué se puede hacer cuando todo falla
Si no se han tomado precauciones o se han toma­do mal, el coito puede dar lugar a un embarazo. En primer lugar, lo que nunca debe hacer el chi­co que participa de esta situación es desenten­derse y considerar que es un problema de la chi­ca. Los dos han llegado ahí, y los dos tienen que apoyarse mutuamente a la hora de buscar sa­lidas y tomar decisiones.
Ante esta eventualidad, y si se tiene claro que no se quiere o no se puede tener ninguna criatura, aún queda el recurso de ir al ginecólogo, o a un centro de atención a la mujer para que le proporcionen
La pastilla del día después
Se trata de un anticonceptivo oral de emergen­cia que sólo hay que utilizar en esta clase de situaciones excepcionales, y nunca como método anticonceptivo regular. Se administra en dos dosis, con un intervalo de 12 horas entre la primera y la segunda. La primera hay que tomar­la cuanto antes mejor; con cada hora de retraso se disminuye su eficacia, y pasadas 72 horas desde el momento del coito, ya no tiene ninguna eficacia. Puede provocar efectos secundarios: náuseas, fatiga y dolor de vientre.
La RU486 o píldora abortiva
Como su nombre indica, provoca un aborto. Lo hace en embriones de pocos días de vida. Se pue­de tomar hasta 49 días después de la última fal­ta y está contraindicada para chicas fumadoras. Este sistema funciona aproximadamente en el 95% de los casos, en el resto falla y hay que pasar por el quirófano para completar el aborto. En España se administra en algunos hospitales (hay una ley que limita el número de centros que pueden dispensarla, según sus equipamientos) y en clínicas privadas, aunque en éstas el trata­miento acostumbra a ser caro, similar o incluso superior al de un aborto convencional.
El aborto
Por último, si todo ha fallado, sólo queda el recurso del aborto. Es un método extremo y trau­mático que nadie desea, y por eso creemos que hay que conocer a fondo todos los métodos anti­conceptivos que hemos descrito y hay que apli­carlos rigurosamente.
Después de muchos años de estar castigado por la ley, el Congreso español lo legalizó el 6 de octu­bre de 1983 añadiendo el artículo 417 bis al Códi­go Penal, y está vigente desde el verano de 1985. Este artículo especifica que sólo se podrá prac­ticar el aborto (denominado I.V.E., o sea, In­terrupción Voluntaria del Embarazo) en casos de mujeres embarazadas a consecuencia de una vio­lación, cuando corra peligro la vida de la ma­dre o en casos en que se haya comprobado la mal­formación del feto.
Con 7,66 interrupciones del embarazo por cada 1000 mujeres de entre 15 a 44 años, España está entre los países en los que se practican menos abortos.



DEBATE

Hicimos un debate en clase, lo grabamos en casete y seleccionamos algunos de los fragmentos que nos han parecido más interesantes.
Fragmento 1
Magdalena Giménez: Pero la Iglesia condena el uso del preservativo, aunque sea como protección contra el sida.
Anna Moncho: ¡Incluso en el caso de que uno de los miembros de la pareja sepa que tiene el sida, por ejemplo!
Jonathan Carretero: Anda ya. No me lo creo, tía. No cuela.
Gloria: Es verdad. Pero es que la Iglesia católi­ca sólo aprueba las relaciones sexuales dentro del marco del matrimonio, y con la reproducción como único objetivo. En todos los otros casos predica la abstinencia.
Charcheneguer: O sea, que ya sabes lo que toca, Magda. ¡Abstinencia!
Pepe Brotons: Sí, porque yo conozco chicas que son muy de misa que, luego... Bueno... (Aquí hay un tumulto. Todo el mundo conoce a al­guien que dice que hay que hacer esto y aquello y él, en cambio, no cumple con lo que predica.)
Jorge Castells: Mis padres, por ejemplo.
Guillermo Mira: Un vecino mío obligaba a su mujer y a sus hijas a que fueran muy tapadas, sin es­cotes, con la falda por debajo de las rodillas, y siempre estaba con la castidad por aquí y la castidad por allí, hasta que un día se descubrió que cada sábado se iba de putas...
Gloria: Y eso no sólo se da en ámbitos religio­sos, de cualquier religión. La vida cotidiana está llena de ejemplos de lo que se llama «la doble moral». Cuando una moral se aplica a to­dos los demás y en cambio la moral contraria a uno mismo.
Pepe Brotons: Pues como esas chicas que critican a las que van con chicos y, en cuanto pueden, se acuestan con el primero que pasa...
Gloria: Pues esas chicas, y chicos también, que también hay chicos que se saltan su obligación de castidad, espero que se salten también las normas de la Iglesia acerca del condón y prac­tiquen el sexo pecador pero seguro.
Anna Moncho: Pero ¿y qué pasa con África? (Todos: ¿?) Quiero decir que puede ser que nosotros lo veamos claro, quiero decir, eso de que si te abstienes te abstienes y si follas tienes que usar preservativo, pero pensad que la Iglesia tiene mucha influencia en países como África, donde religión y superstición se mezclan y donde este mensaje, en determinados casos, puede crear rechazo hacia el preservativo sin provo­car, en cambio, resistencia a la abstinencia. No sé si me explico. . . Yo creo que se trata de un mensaje confuso que posiblemente ha hecho y está haciendo mucho daño. (...)

















Fragmento 2

Pepo Martínez: Yo, cuando empiezo a salir con una chica, no me atrevo a llevar condones.
Juan Angüera: ¿Por qué no?
Pepo Martínez: Hombre, imagínate que la cosa se calienta y que llega el momento de follar, ¿no? ¿Qué pensará ella de mí si ve que ya lo había previsto y que llevaba condones en el bolsillo? Dirá: «¡Ostras, éste venía con una idea fija!».
María Gual: Pues peor aún si quien los lleva es una chica. Te arriesgas a que piensen lo que quieran.
Joan Anguera: Pues yo pensaría que es una chica lista y que tiene consideración hacia sí misma y hacia mí mismo. A la corta o a la larga, es lo que pensará todo el mundo. Si es que estáis dis­puestos a tener relaciones sexuales, es impres­cindible que ante todo consigáis condones, tan­to los chicos como las chicas.
No sé por qué coño continúo alimentando este diario, aho­ra que Carlota pasa de mí.

Capítulo 7

UN ITALIANO EN ITALIA
De hombre feliz, pasé a ser un alma en pena. Alma tor­turada y corazón roto, ejemplo práctico de los lastimosos protagonistas de las letras de tantas y tantas canciones ro­mánticas. De golpe y porrazo, sin previo aviso ni proceso de adaptación de ningún tipo, había caído desde el Sépti­mo Cielo hasta el más profundo de los infiernos imagina­dos por Dante. Hiciera lo que hiciera, fuera donde fuese, pensaba en Carlota. «...La necesidad física de sexo puede desvelar sentimientos y fantasías de amores eternos...», había dicho el doctor Bardet. Y «... también el afecto, la so­ledad, la compasión o el amor pueden generar deseo se­xual...». Yo era un ejemplo vivo de esas afirmaciones. Cuando miraba el plato y no comía, cuando me metía en la cama y no dormía, cuando miraba el teléfono y no sonaba, cuando me preguntaba por qué no me llamaba si ya habían pasado uno, dos, tres días. En el instituto, en clase de len­gua, la profesora nos leyó unos versos de un poeta francés que se llamaba Paul Éluard: Sur mes cahiers d'écolier/ Sur mon pupitre el les mines/ Sur la sable et la neige/ J'écris ton nom.3 Aunque el poeta se refería a un concepto, la libertad, lo encontré muy adecuado para mi caso. Yo también escri­bía su nombre: Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlota, Carlo­ta, Carlota, Carlota. De pronto, todo empezaba y acababa en Carlota.
Y como todavía conservaba una pizca de lucidez, me daba cuenta de que la obsesión me había llegado precisa­mente cuando había empezado a tener miedo de perderla. ¿Era eso, el hecho de comprender que se me podía escapar, lo que me ponía en aquella situación? ¿Perder la suavidad de su piel, sus caricias, sus sonrisas, esos orgasmos com­partidos que tanto me había costado conseguir?
La misma noche del miércoles, en cuanto llegué a casa, me informé sobre el tal Koert de apellido salido directa­mente del tubo de escape de una moto. «Koert Vroom», entre comillas, y Google me proporcionó un montón de in­formación sobre él y de otros que se llamaban como él.
De esta manera, gracias a Internet, supe con quién me enfrentaba. Koert Vroom, de diecinueve años, nacido en Amsterdam, nadador con títulos en los campeonatos de su país y miembro de la selección holandesa de natación. La selección B, de acuerdo, pero estaba en la selección. Terce­ra mejor marca de todos los tiempos en su país en la espe­cialidad de cien metros mariposa. Cuarta en doscientos. Si conseguía mejorar un poco sus registros, tendría la opor­tunidad de ir a las próximas Olimpiadas. Encontré una página en inglés donde le hacían una entrevista: «La nata­ción no me ha hecho olvidar mis estudios de Humanida­des, ni mi determinación de dedicarme al estudio de la literatura». Qué serio, qué responsable. Lo imaginaba le­yendo mamotretos muy sesudos, de novecientas páginas, y despreciando las lecturas (novelas policíacas, libros de humor) que a mí me gustaban. Lo imaginaba rival y en­frentado porque era rival y estábamos enfrentados.
la fotografía. Lo que me dejó con los ánimos arrinco­nados en el fondo de la tubería más profunda de la última alcantarilla fue la fotografía. ¿Aquel tío tenía diecinueve años? ¡Si parecía que tuviera veintidós! Sonriente, atracti­vo, hombros cuadrados de nadador (claro), los ojos azules, ricitos rubios. Si Koert Vroom se presentaba en mi barrio, eclipsaría incluso al Mirage.
A veces más vale no saber nada, no informarse. En aque­lla fotografía, Koert Vroom era un hombre hecho y derecho, atractivo y seguro de sí mismo que se reía del niño que lo es­taba mirando, atónito, por la ventana del ordenador.
una información de propina, sacada de la página web de un diario deportivo. En los próximos días se celebraba una competición internacional de natación en Barcelona. El equipo de la selección holandesa llegaría el sábado.
El jueves y el viernes pasaron sin que Carlota me lla­mara.
—Jodo, Flanagan —se alarmó Charche al verme emboba­do ante una pared, rascando laboriosamente la superficie del revoque con la uña—. No te lo tomes así. Supongo que os aburristeis mucho, sin Vanesa y sin mí, pero, de verdad, no sé cómo nos perdimos, estuvimos mucho rato buscándoos.
—Si no es eso —se me escapó, en un acto de temeridad que da una idea exacta de mi estado mental—. Y que me parece que a Carlota le gusta otro...
—¿Cómo? ¿Quién es? ¿Dónde puedo encontrar a ese media mierda? —Ya cerraba los puños como disponiéndo­se a aplastarle la cara a mi rival.
—Déjalo, Charche.
—¡Pues si ella te pone los cuernos —gritó, proclaman­do mi desgracia a los cuatro vientos—, pónselos tú con Ni­nes!, ¿vale?
No tenía ganas de hacer pedagogía, así que lo planté con una excusa cualquiera.
No me parecía que tuviera que llamar a Nines. Menos que nunca. Llamar a Nines (pensaba) sería como propor­cionar una excusa a Carlota para que me dejara definitiva­mente. Llamar a Nines, en caso que ella quisiera verme, supondría inevitablemente acabar habiéndole de Carlota, porque no podría evitarlo, y confesarle que la había susti­tuido por otra, que ya no la quería. Nines no tenía sitio en mis pensamientos, quería infiltrarse, sí, pero estaba exclui­da de ellos por imperativo legal.
Este proceso de exclusión me condujo hasta Jenny Gó­mez. Acabé contándoselo todo a ella. Y descubrí que Jenny podía parecer un poco superficial, incluso tontaina, pero sabía escuchar, y hacía lo que podía para ayudar.
Intercambiamos experiencias traumáticas en un bar cer­cano al instituto después de las clases.
—Pero ella sólo te dijo que iría a buscar al holandés al aeropuerto, ¿no? —trataba de animarme—. Eso no quiere decir nada...
—Era una manera de hablar. Lo dijo así para no hun­dirme. Ese tío juega con ventaja.
—¡Tienes que luchar, corcho! Te aseguro que hay pocos como tú en el instituto y en el barrio. —Y, en flagrante con­tradicción, porque ella estaba colgada del Mirage, el guaperas de la clase—: ¿Qué importa si él es más alto y más guapo? ¡Esas cosas no tienen tanta importancia! ¡No pue­des tirar la toalla sin hacer nada!
Otra contradicción, porque, por lo que respectaba al Mirage, ella sí que había tirado la toalla.
—Pero yo lo intenté —dijo cuando le hice notar esa cir­cunstancia—. Le dije que lo quería antes de empezar a sa­lir con Jorge.
Se lo había dicho y él le había contestado aquello tan clásico de que la apreciaba mucho como amiga, pero que no estaba enamorado de ella. Que lo sentía mucho, que se quedaba destrozado y que tratara de superarlo, que po­dían continuar siendo amigos, ningún problema en salir con ella para ir a un concierto, o al cine, o a patinar, mien­tras no se hiciera ilusiones.
—¿Te dijo que salía con otra?
—No, no. Él... ya sabes, con el éxito que tiene... Va va­riando.
No le dije nada de las visitas del Mirage a la Casa del Cuento de Hadas.
El último consejo que me dio Jenny fue muy sensato:
—... Hagas lo que hagas, habla con Nines.
Y yo, claro, no le hice caso. En lugar de eso, el sábado, día D, llamé a Carlota.
Me costó, pero le hice la pregunta:
—Quería preguntarte si ya has pensado bien eso de ir a buscar a Koert al aeropuerto.
Hubo un silencio. Silencio denso de cuenta atrás, tres, dos, uno, cero y la llama de la mecha que llega al deto­nador.
—Sí, Flanagan. Lo he pensado y sí que iré, de hecho, es­toy a punto de salir hacia allá. —Así, sin excusas ni expli­caciones suplementarias. Sólo añadió una consideración—. No quiero hablar de eso, ahora. Sólo serviría para hacerte daño.
—Pues aunque no quieras, me lo estás haciendo —dije sin pensar, convertido en aprendiz de chantajista emocio­nal—. Lo siento. No te quería gastar una mala pasada, sólo quería intentarlo por última vez. Que... que te lo pases bien.
Mentiría si dijera que ir a investigar quién vivía en la Casa del Cuento de Hadas fue un impulso. Que pasaba por allí y me vino la idea de repente. Si hubiera sido así, no me habría fijado en aquella publicidad autoadhesiva de una de las revistas que compra habitualmente Pili, ni me­nos aún me la habría apropiado junto con seis o siete ejem­plares atrasados de la misma revista. En el adhesivo ponía el nombre de la revista Desirée, Moda e Ideas para chicas como tú, y también se veía el logo, un dibujo de la cara de una chica de unos diecisiete o veinte años terriblemente moderna y sofisticada.
Papel de regalo, nada llamativo, a rayas verdes y grises para envolver las revistas, la pegatina de la revista encima, bien visible, y sobre otra etiqueta en blanco los datos del envío. Me inventé una destinataria cualquiera «Estefanía Arroyo», procurando escribir el nombre con una letra tan difícil de descifrar como la de un médico veterano, y de­bajo añadí la dirección de la Casa del Cuento de Hadas, sin mencionar el piso concreto. En el almacén, encontré un casco de cuando mi padre era joven y tenía una Derbi, y también me lo llevé, argumentándome que las cosas o se hacen bien hechas o no se hacen.
En el metro, camino hacia el Ensanche, me preguntaba por qué estaba haciendo aquello. Según el momento con­creto en que me repetía la pregunta, se me ocurrían diver­sas respuestas. Por ejemplo, para tratar de ayudar a Jenny. Otro ejemplo: para satisfacer mi curiosidad enfermiza. Y otro más, posiblemente el más cercano a la realidad: para estar ocupado en algo, para distraerme durante aquel sá­bado maldito, el día del reencuentro de Carlota Infiel y Koert Tubo-de-Escape. Caer en la tentación de imagi­narme qué estarían haciendo en aquellos momentos ellos dos era como caer en el vacío en el Gran Cañón del Colo­rado.
No necesité poner en práctica mi plan de llamar direc­tamente al primer piso y decir aquello de «Mensajero, un paquete». En el momento en que llegaba, salía un viejecito con blazer azul marino y corbata con el escudo del Espa­ñol que, muy amable, me sujetó la puerta para que pudie­ra entrar con toda comodidad. Me entretuve un momento examinando, desde dentro, el forjado de la puerta, y des­pués admiré el embaldosado y las plantas de interior, tan cuidadas. En aquel edificio vivía gente de pasta. Posible­mente, no tan ricos como la familia de Nines, pero no creo que se pudieran quejar. Si el Mirage se había buscado una novia rica, yo era el menos indicado para recriminárselo. (En algún momento de mi vida, ay, yo también tuve una novia rica.)
En el buzón del primero primera constaba un nombre: «Cabanach». Sólo eso, como para hacerlo todo más mis­terioso.
Subí en el ascensor de madera antigua y reluciente y metido en una jaula de hierro.
La presión de mi dedo sobre el timbre del primer piso desencadenó un sonido melodioso de campanillas en el interior de la casa. Ahora, el corazón se me había acelera­do un poco. De pronto, se me ocurrió una idea inquietan­te: ¿y si el Mirage estaba en la casa y me abría él? En ese caso, ¿cómo reaccionaría al verme allí, con un paquete en una mano y el casco de motorista en la otra? ¿Sería difícil de digerir aquel paquete de revistas si se ofuscaba y me obligaba a tragármelo?
Me abrió una mujer de unos cuarenta años, con un ves­tido negro bastante ajustado que no le llegaba a las rodillas y melena corta, justo hasta debajo de las orejas. Iba descal­za. No sé qué me esperaba, pero por alguna razón me que­dé inmóvil, mirándola.
La mujer sonrió, como si interpretara mi confusión como un halago.
—¿Es para mí? —dijo mirando el paquete.
—No lo sé —reaccioné. Y, volviendo al guión que tenía previsto—: La dirección corresponde a este edificio, pero ahora me doy cuenta de que no consta el piso. Y no en­tiendo el nombre porque está escrito con muy mala letra.
Inoportuno, como siempre, sonó un teléfono en algún lugar del piso.
—Espera un momento.
Se fue hacia el interior de la casa, dejándome solo y con la puerta abierta. Atravesó el recibidor decorado con un cuadro que, iluminado por un aplique dorado, reproducía una calle de París, Torre Eiffel al fondo, y se perdió por un pasillo muy ancho con puertas a ambos lados, los pies des­nudos sobre el parqué de primera calidad.
El piso debía de ser grande, porque tuve que poner mu­cha atención para oír lo que decía. «Ah, hola, guapo —en un tono de voz transfigurado, risas de felicidad—. No ten­drías que llamar, que me despiertas a ese monstruo que tú sabes.» ¿Estaba hablando con el Mirage, su amante secre­to? «Sí, sí, ya he recibido tus mensajes, se me calienta el móvil con tantos mensajes y luego el móvil me lo contagia a mí», y muchos jajás y un «¡tonto!» Y, al final, «De acuer­do, a la hora de siempre y no sabes lo larga que se me hará la espera».
Regresó feliz y soñadora, como si la llamada le hubiera supuesto una inyección de vitaminas euforizantes.
—Perdona, chico. A ver, el paquete.
Y yo: ¿El paquete? ¿Qué paquete? Ah, el paquete.
Mientras ella examinaba la etiqueta, yo la observaba a ella. De joven debió de ser atractiva, y ahora se esforzaba por mantener su encanto. Los ojos marrones tenían una mirada intensa, un poco misteriosa, y estaban rodeados por una telaraña de pequeñas arrugas. Le sobraban algu­nos kilos que tenía depositados en las caderas y el trasero, tenía las rodillas nudosas y su cuello también delataba su edad. Pasaba de los cuarenta, y eso abría la posibilidad de que la chica del Mirage fuera alguna hija suya. Claro que, a pesar de que lucía joyas, una cadena de oro al cuello y un brazalete de plata en la muñeca, no se le veía ningún ani­llo de matrimonio. Podía ser divorciada. Una divorciada con un novio que sería el que acababa de llamarla.
No es para mí -concluyó su examen—. Yo me llamo
Yolanda, y aquí dice «Esther, o Estefanía Redondo», o algo parecido...
Le señalé la pegatina de la revista: Desirée: moda e ideas para chicas como tú.
—¿No podría ser para su hija?
—No tengo ninguna hija.
—Para alguien más que viva con usted.... —insistí, ani­mado por su actitud amistosa.
—Aquí no vive nadie más que yo. Y no me suena el nombre, no es de nadie de la escalera. —Ah...
Al salir a la calle, aún estaba un poco aturdido. «Aquí no vive nadie más que yo.» Jolín.
Eso significaba que la novia secreta del Mirage, la rival de Jenny Gómez, era aquella mujer, aquella Yolanda Cabanach que le doblaba la edad de sobra. Que probablemente el interlocutor de la conversación que acababa de mante­ner por teléfono y que ahora rebobinaba mentalmente en flash-back, no era otro que el Mirage en persona. ¡Guiller­mo Mira! ¡Mira, el Mira!
No lo podía creer.
Me encontré en el centro de la ciudad sin saber qué ha­cer. Reflexionar tratando de averiguar qué demonios le veía el Mirage, el hombre que tenía a todas las chicas del mundo a su disposición, a la señora Yolanda Cabanach, era una po­sible actividad, pero tampoco era cuestión de sentarme en un banco a meditarlo con la cabeza apoyada en las manos. Además, pensar demasiado suponía abrir las puertas del mecanismo que me conduciría a obsesionarme con Carlota.
Ojalá Yolanda Cabanach me hubiera secuestrado y me hubiera atado a una silla y yo hubiera tenido que escapar mordiendo las cuerdas con los dientes y descolgándome por el patio interior del edificio. Eso me habría mantenido ocupado un buen rato.
Tiré el paquete de las revistas a una papelera. Miré el reloj: eran sólo las once y media de aquel día con tenden­cia a hacerse eterno. Tenía que hacer algo, tenía que ir a al­guna parte, que no podía ser de ninguna manera ni el ae­ropuerto del Prat ni el hotel donde, según el periódico, se alojarían los miembros de la selección holandesa de nata­ción. Ésa era una tentación contra la que se me hacía difí­cil luchar.
Cuando volví al metro, me dije que ya que el hotel en cuestión estaba en la zona de la Villa Olímpica, si iba en di­rección contraria, hacia Pedralbes, no correría ningún peli­gro. Y, al apearme del metro cerca de la avenida Pearson y dirigirme hacia una casa en la que ya había estado con an­terioridad, me argumentaba que no era ninguna impru­dencia ir a llamar al timbre de Nines si, total, seguro que siendo sábado estaría de fin de semana en Sant Pau del Port, su segunda residencia.
—¡Hola, Juan! ¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Dónde vas con ese casco? ¿Te has comprado una moto?
—Pues...
Si me hubiera abierto la criada, aún habría podido huir. Pero me abrió la madre de Nines en persona y, antes de que pudiera darme cuenta, ya me estaba empujando hacia el interior de la casa.
—Pasa, pasa, Nines está arriba.
—¿Cómo? ¿Arriba? Pero ¿no va a la playa?
—¿Con este frío?
—Ah... Debe de estar estudiando... No quisiera...
—No le hará ningún daño distraerse un poco...
Me metió en el ascensor interior sin darme tiempo de alegar que tenía claustrofobia o cualquier otra cosa y, a la vez que pulsaba el botón que cerraba las puertas y que te­nía que enviarme hacia los dominios privados de Nines, cogía el interfono y le anunciaba a su hija que le enviaba «una sorpresa».
Las puertas del ascensor se abrieron de nuevo en la buhardilla, aquella habitación enorme donde, tiempo atrás, Nines y yo nos habíamos visto por primera vez. Cuando nos conocimos, yo iba acompañado de un bebé y quería espiar la casa de sus vecinos. Pero ésa es otra historia, como decía Kipling.4
Nines seguía siendo la misma. Los mismos ojos de co­lor tabaco rubio, la melena castaña, la ropa, de calidad pero sin que se note. La chica que me había gustado du­rante tanto tiempo, la pija con toda clase de defectos con quien había compartido tantas risas y aventuras. Vestía vaqueros y una camiseta con una reproducción de una Gioconda que se tronchaba de risa. Debía de habérsela comprado en Italia. Acababa de levantarse de la mesa donde tenía un ordenador superhiperturboextradiesel y me miraba con sorpresa.
—Ah, hola, Flanagan. Te llamé...
—Sí, ya lo sé. Y te enfadaste.
—Bueno, no mucho. ¿Te has comprado una moto?
—Eeeh, no...
Yo estaba un poco desconcertado. Se supone que cuan­do alguien ignora las llamadas de su pareja se hace mere­cedor de reproches. Y ella no me hacía ninguno. ¿Pasaba de mí? ¿Le daba igual? En realidad, a pesar de que se es­forzaba en ser una buena anfitriona, parecía un poco incó­moda. No hizo el gesto de darme un beso, ni siquiera en las mejillas. En lugar de eso, me señaló un sillón que pare­cía parte del mobiliario de una nave espacial. No le solici­té el manual de instrucciones para sentarme en él porque no estaba de humor.
—Iba a pedirle a la chica que me subiera una Pepsi. ¿Quieres una? —dijo. Y sin solución de continuidad, refriéndose de nuevo al casco—. ¿Entonces...?
—Es que estaba haciendo una investigación...
Fue así como me encontré contándole el Desconcertan­te Caso del Mirage y de la Señora Yolanda Cabanach. Y allí estábamos, hablando de temas que no tenían nada que ver con nuestra relación, como si nos hubiéramos visto el día anterior, como si no tuviéramos nada más personal que decirnos. Bastante irreal, en conjunto.
—... Allí sólo vive aquella señora, y eso significa que es a ella a quien visita el Mirage por las noches —terminé la exposición del caso.
—¿Y te extraña?
—Hombre...
—Dinero —dijo—. Seguramente ella está sola, necesita a alguien y, puestos a pagar, lo elige bien guapo. Y él no está solo, pero necesita dinero: a cada uno le falta lo que al otro le sobra. —Soltó una risita breve y sin alegría, destinada a subrayar que no se consideraba mejor que nadie y que, por tanto, no quería que aquello se interpretara como una crítica—. Y ya que me dices que él es mayor de edad y ella también, tampoco hacen daño a nadie, ¿no? —Y aña­dió—: Podría contarte cien casos como éste.
—Pero.... —Yo ya había considerado la posibilidad de que el Mirage fuera un gigoló, pero me resistía a creerlo—. Yo no creo que Guillermo...
—No sabemos nada de la gente —sentenció. Se la veía sombría y un poco amargada, y yo me preguntaba por qué—. Vistos a distancia y de cara a los otros, somos de una manera, pero mirados con lupa, todos escondemos algo. Cada cual tiene sus secretos. —Y después de una lar­ga pausa añadió—: Como yo, por ejemplo.
Sacudió la cabeza, encendió un cigarrillo sin ofrecerme, porque sabe perfectamente que no fumo, y no volvió a ha­blar hasta que hubo aspirado una buena ración de nico­tina.
—No sabía si decírtelo, no sé si hacerlo es mejor o es peor, no lo tengo claro, pero de todas formas... —Se calló. Buscaba las palabras exactas. Yo me alarmé. «Ahora te dice que sale con otro» y en seguida me pregunté por qué me alarmaba, si se suponía que yo iba de culo por Carlota. Nines dijo—: Me acosté con un italiano, en Italia.
La miré, dije «Oh», o algo equivalente y conseguí amor­dazar las palabras que me venían a la boca, la pregunta que se me ocurría por reflejo, inesperada e incongruente: «¿Y fue bien? ¿Y tus miedos? ¿Y sus gatillazos?».
—No es que me enrollara con él. Nos conocimos una noche, nos acostamos y no nos volveremos a ver jamás. Una aventura. No sé, supongo que fue el ambiente. Ya sabes cómo son los italianos. —Hizo una pausa. «No, no sé cómo son». Y ella añadió—: Ahora ya lo sabes. O sea, que si me quieres enviar a la mierda...
—No, no —me salió sin pensar.
—¿Te da igual? —Me miró como diciendo: «¡No se te ocurra decirme que te da igual!».
—No, no.
Todo se me estaba complicando demasiado. ¿Cómo po­día tener celos de dos chicas al mismo tiempo? Porque imaginar a Nines con aquel espagueti me daba rabia, y me hundía un poco más en el pozo de la depre. Una sensación casi equivalente a la de plantearme qué estarían haciendo, en aquellos precisos momentos, Carlota y Koert. Pero lo de Carlota me parecía más importante. ¿Porque a ella la quería? ¿Porque nuestra relación sexual, la segunda al me­nos, había sido magnífica y satisfactoria para los dos? ¿O porque a ella corría peligro de perderla definitivamen­te, porque aquello de ella y el holandés no era un polvito aislado, sino una relación seria, que me dejaba a mí defini­tivamente excluido y al margen? Podría enfocarlo de otra manera. Me preocupaba más lo que hiciera Carlota por­que sabía que de Nines me podía fiar...
—Di algo, por favor —me pidió Nines.
«Hablad, hablad, hablad», decía el doctor Bardet.
Sacudí la cabeza, alejando fantasmas.
entonces, sin saber todavía si era una confesión o una venganza, dije:
—Yo también me he acostado con una chica, estos días.
Le conté toda la historia, desde el principio hasta al final.
mientras se la contaba comprendía que precisamente para eso había ¡do a casa de Nines.

























19 de marzo

ENFERMEDADES DE TRANSMISIÓN SEXUAL
Vuelvo al diario con una pregunta muy apropiada para un diario íntimo. ¿Qué es el amor? Ufff. Qué vergüenza.
En estas páginas, he hablado mucho de amor y enamora­miento. Dicen mis compañeros: «Yo no haría el amor si no estuviera enamorado, o enamorada...». «Yo sí, yo haría el amor sin estar enamorado o enamorada...» Pero ¿qué de­monios significa estar enamorado? ¿Yo ahora estoy enamorado de Carlota? Quiero decir que no hago más que pensar en ella, y la echo en falta, me duele su ausencia, añoro su piel suave y me angustia pensar que nunca más, nunca más, volveré a besarla ni a hacer el amor con ella, y las palabras nunca más, nunca más, se me hacen enormes y transcendentales y terribles. Vale. ¿Esto es estar enamorado? ¿Eso significa que estaría dispuesto a vivir el resto de mi vida con esa chica?
Hasta ahora, diría que me he enamorado muchas veces, de unas cuantas chicas: Clara Longo, Carmen, Blanca, Nines, incluso de María Gual... Pero siempre había dado por su­puesto que ninguna de ellas sería la mujer de mi vida, aqué­lla con la que me casaría y tendría hijos y envejeceríamos juntos. A mis catorce, quince, dieciséis años, me veía dema­siado joven, con muchos estudios, muchas peripecias, mu­cha maduración por delante. Pensaba que hay que besar a muchos sapos antes de encontrar a la princesa rosa. 0 sea, que no era el enamoramiento de verdad, el enamoramiento de reglamento, el enamoramiento definitivo, para siempre jamás. ¿O sí lo era?
Y el de Carlota, que ahora me hace sufrir tanto... ¿Es el ena­moramiento de mi vida? El día de mañana, cuando esté ca­sado con otra mujer, rodeado de hijos, envejeciendo plácidamente o no, ¿pensaré en Carlota y me morderé los puños por haberla dejado escapar?
Bueno, no es que la haya dejado escapar. Es que se ha lar­gado sin pedirme permiso.
Pero ¿quizá debería haber luchado más por ella...? ¿«Debería haber...»? ¿Qué quiero decir con eso? ¿Que ya es demasiado tarde?
Pero ¿quién coño es Carlota? ¿De qué la conozco? Unas pocas salidas y dos polvetes a salto de mata. Un par de polvetes...
Como si eso no fuera nada. Son los primeros polvos de mi vida. Diecisiete años esperándolos y aquí los tengo. Eh, siempre recordaré estos revolconcitos. Han sido el aprendi­zaje. La primera vez que he compartido mi intimidad más ín­tima...
Pero el caso es que se ha terminado. Que no volveré a acostarme con Carlota. Eso es lo que duele. (Espero que nunca nadie lea estas líneas. Dios mío, todo mi prestigio de duro detective por los suelos.) Bueno, pero ¿todo eso es amor? ¿Y lo que siento por Nines?
Ahora me planteo, por ejemplo: no vas a volver a ver nunca más a Carlota ni a Nines. ¿Y qué? ¿Qué me dice el corazón? ¿Y el cerebro?
¿El cerebro y el corazón siempre tienen que ir cada uno por su lado?
No: vamos a ver. Tengo que despedirme para siempre ja­más de una o de la otra. Ir a verla y decirle: «Adiós». Qué.
¿Cuál me duele más? ¡ ¡ ¡Aaaaaaaaaaaaaaahü!
Por fin, he conocido personalmente al doctor Bardet. He acompañado a mi padre al CAP, porque se había puesto
aprensivo y decía que se le estaba abriendo la herida de la operación.
Una vez allí, mientras mi padre esperaba que le tocara el turno junto a veinte millones de pacientes más que habían llegado antes que él, he buscado la consulta del doctor Bar­det. No sé si he dicho que es ginecólogo. Me estaba acercando a la puerta donde estaba la placa que ponía su nombre, dispuesto a esperar que saliera una pa­ciente para colarme y saludarlo, cuando se ha abierto la puerta y ha salido él.
No lo recordaba tan mayor ni tan barrigudo. A través de sus escritos, tan joviales, se había ido deformando la imagen que tenía de él: se había rejuvenecido y estilizado. De pron­to, lo reencontré, grandote, cincuenta años, cara lunar de amante de la buena cocina. Lo que no se me había borrado era su mirada afectuosa. —¿Rosendo Bardet...?
Y él ha sonreído, encantado de la vida, y ha dicho:
—¿Flanagan?
Sorpresa. Se explica:
—Gloria, tu profesora, te describió muy bien. —Nos estre­chamos la mano — . ¿Así que tú eres Flanagan, el detective famoso en el barrio? — Famoso, famoso...
—Ayudaste mucho a una chica que yo traté. Se llamaba Nie­ves Mercadal. Una chica que se había escapado de su casa porque la habían violado, ¿verdad?5 —Asiento. El doctor ha abierto la puerta, me ha invitado a entrar y yo lo he hecho. Quiero hablar con él, quiero hablar con alguien, y se me nota. Mientras se sienta detrás de la mesa, dice frun­ciendo el ceño:
—Tienes mala cara.
Y yo tardo un poco en decirle, rojo como un pimiento:
Mal de amores. —Si no puedo decírselo a él, ¿a quién se lo diré?—.Tiene que ver con el diario sobre el sexo... No fue cosa mía. Había una chica que escribía uno... Sobre el sexo femenino, claro... Y...
Jopé, ¿qué coño estaba haciendo yo en un consultorio sen­timental? Quería levantarme y salir corriendo. El doctor me ayuda:
—Y habéis hecho el amor, y tú te has colgado perdidamen­te de ella y ella te ha dicho que no te hagas ilusiones, que no tienes nada que hacer, que tiene novio.
Eh —protesto complacido—. Que el detective soy yo. Pero él me cuenta sus deducciones:
Escribíais sobre sexo. Eso quiere decir que hablabais de sexo. Eso excita. Sois jóvenes y desinhibidos. No es difícil suponer que acabasteis en la cama, aunque sólo fuera como lección práctica. Y ya hablamos de que, en la cama, juegan muchos factores psicológicos, además de los físicos. Sentimientos, afectos, vínculos nuevos e inesperados... Ahora has dicho que «había» una chica. Y como supongo que no se ha muerto, interpreto que quieres decir que ya no está, que ya no está contigo. Y me permito aventurar que es­tará con otro. ¿Su novio?
Brillante, doctor Watson.
—Si es brillante, no soy el doctor Watson, el doctor Watson siempre se equivocaba. —Sonreímos. —¿Quieres hablar?
Yo no sabía qué preguntarle. Estaba... Me llama mi madre. Me necesitan en el bar. Tengo que inte­rrumpir.
El discurso del doctor ha sido muy interesante. He tomado notas después, camino de casa. Tengo que trasladarlas aquí. También me ha dicho: «Me ha parecido que esto podría in­teresarte».
Jopé, mi madre no para. Ya va, coño.
Digo «Me ha interesado un montón». Pero no se refería a su
discurso. Se refería a unos documentos que había sacado
del cajón y que me estaba dando. «Para tu diario.»
Enfermedades de transmisión sexual.
Los añadiré a continuación, cuando me lo permitan mis
obligaciones familiares.
Ahora, tengo que cortar.
ENFERMEDADES DE TRANSMISIÓN SEXUAL (ETS)
No se trata de crear alarma. Pero sí de estar prevenido, de no per­der de vista que el sexo también entraña riesgos. Se trata de tener el peligro lo bastante presente como para que si te encuentras ante una situación en la que te sientas tentado a practicar el sexo sin protección, lo recuerdes y estés a tiempo de pensarlo dos veces.
Ten en cuenta que el impulso sexual y la excitación son emociones tan fuertes que, cuando una persona las experimenta, corre el pe­ligro de olvidar cualquier otra cosa y, en ese proceso, la prudencia es la primera víctima.
En este sentido, hay que recordar que tanto el alcohol como las drogas pueden tener efectos des inhibidores o aturdidores que con frecuencia hacen que te olvides de las precauciones... justo en el momento en que es realmente imprescindible recordarlas. Igual que se dice «Si bebes, no conduzcas», yo diría «Si quieres fo­llar, no pierdas la cabeza».
Como su nombre indica, las enfermedades de transmisión sexual (también conocidas como «ETS» o enfermedades venéreas) son aquellas que se pueden contagiar a través de una relación sexual entre una persona que la tiene (tanto si se le ha manifestado ya como si no) y otra que no la tiene.
Algunas de ellas, a pesar de su nombre, también se transmiten por otras vías, aunque la sexual es la más común e importante. Muchas, en ausencia de tratamiento, pueden pasar también de una embarazada a su feto.
Hay muchas clases de enfermedades y la mayor parte, cogida a tiempo, se cura sin más problemas. Es muy importante que la per­sona a quien se le diagnostica una avise a su pareja (o parejas) se­xuales, porque también podrían sufrirla, y de forma inadvertida. Puede resultar violento, e incómodo, pero al hacerlo estás ayu­dando a esa persona y contribuyes a evitar que si tiene la enfer­medad, la contagie a otras parejas. Si no lo haces, perjudicas gra­vemente a aquella persona y a todas sus futuras parejas sexuales. Piensa siempre que el verdadero enemigo a batir es la enfermedad en sí misma, no la persona que quizá te la ha contagiado. En lo referente a los síntomas, que describo someramente a conti­nuación, a veces pueden pasar desapercibidos y, a veces, confun­dirse con otras patologías. Cualquier duda se soluciona con una vi­sita al médico.
No hay que tener vergüenza. Los médicos no juzgan a los pacientes, sólo se ocupan de diagnosticar y curar enfermedades, y lo digo yo, que soy médico. Dejar que la vergüenza te mate sería muy patético.
  • ETS causadas por bacterias y fácilmente curables con antibióticos
  • Gonorrea (o «blenorragia» o «purgaciones»)
  • Se considera que se contagian de ella 1 de cada 600 personas al año. La incidencia es más alta en zonas urbanas. En el hombre, produce una secreción purulenta (blanco-amarillenta) que sale por la uretra, y dolor o escozor al orinar. En la mujer, una descarga de flujo, y también puede producir es­cozor. Estos síntomas, normalmente, aparecen unos días después de la relación sexual en que se ha producido la infección. Hay que señalar que aproximadamente un 70% de las mujeres y un 15% de los hombres que la sufren no muestran síntomas. Tratada a tiempo, se cura fácilmente con antibióticos. Sin trata­miento, a la larga, puede degenerar en enfermedades graves como la peritonitis, la artritis, esterilidad o la llamada enfermedad pelviana inflamatoria.
  • Sífilis
  • Es producida por la bacteria Treponema Pallidum. Se desarrolla en tres fases:
  • En la primera, que se produce entre una y seis semanas después de la relación sexual en la que se ha adquirido, aparece un chancro (o lesión ulcerosa) en los genitales. Este chancro puede curarse solo, pero eso no quiere decir que la enfermedad haya desapare­cido.
  • La segunda fase, que aparece entre una semana y seis meses después de la primera muestra, tiene como síntoma más visible una erupción en la piel.
  • Después, la sífilis entra en una fase de latencia (sin síntomas) que puede durar años hasta que, en muchos casos, llega a la tercera fase, en que se produce una infección generalizada de mucha gra­vedad y mal pronóstico.
  • En cualquiera de las fases (incluso en la asintomática) se puede de­tectar la enfermedad por medio de un análisis de sangre. Tratada a tiempo, se cura completamente con un tratamiento anti­biótico especifico.
  • Clamidia
  • Los síntomas, que aparecen una o dos semanas después de la re­lación sexual, incluyen secreciones de un líquido blanco o amari­llento que sale del pene y sensación de quemazón al orinar. Trata­da a tiempo, responde muy bien a los antibióticos.
  • ETS causada por hongos
  • Candidiasis
  • Es una patología muy común. Se considera que un 75% de las mu­jeres la sufren alguna vez en su vida.
  • En el hombre, produce balanitis (el glande se enrojece y se pueden advertir puntitos de color blanco) y escozor. Se trata con antimicóticos.
  • ETS causadas por virus Herpes genital
  • Se manifiesta con dolor o escozor en la zona afectada (pene, es­croto o ano) y con la aparición de unas ampollas. Las lesiones y los síntomas son recurrentes (o sea, que pueden desaparecer para volver a aparecer durante un período de tiempo de semanas, me­ses o años más tarde). Hay tratamientos paliativos, pero no cura­tivos.
  • No hay que confundirlo con otros tipos de herpes. Condilomas o papilomas
  • También conocidos como verrugas genitales. Son unas pequeñas verrugas de color blanquinoso que se pueden localizar en el glan­de, prepucio y ano.
  • Hay que tratarlas, ya que, por ejemplo en la mujer, determinados tipos de condilomas (no todos son iguales) podrían llegar a provo­car un cáncer de cuello uterino.
  • Hepatitis B
  • Algunos de los síntomas principales son cansancio extremo, orina de color más oscuro de lo normal, tono amarillento en los ojos y en la piel. Existe una vacuna eficaz contra esta enfermedad.
  • ETS causadas por parásitos
  • Piojos púbicos (o «ladillas»)
  • Son una especie de piojos (Pediculus pubis o Phthirius pubis) que producen escozor o inflamación. Puedes tenerlos en el área del pu­bis, en el escroto o en el pene.
  • Si te fijas bien, se pueden ver a simple vista. Se tratan con poma­das que los matan.
  • El sida
  • Qué es
  • Las siglas SIDA significan Síndrome de Inmunodeficiencia Adqui­rida y se refieren a una enfermedad de transmisión sexual causa­da por un virus, conocido como VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana).
    Se contagia por contacto sexual y sanguíneo. El virus, que puede estar latente durante muchos años, destroza las defensas del organismo, que se hace vulnerable a enfermedades que normalmente no nos afectarían. Sin las defensas, una enfermedad normalmente inocua puede acabar provocando la muerte. Un seropositivo es alguien que ha contraído el VIH pero que toda­vía no ha desarrollado la enfermedad. Entre el momento de la in­fección y el momento del desarrollo de la enfermedad pueden pa­sar muchos años.
  • Un enfermo de sida es una persona afectada por el VIH que ya ha desarrollado la enfermedad.
  • Una tercera parte de los enfermos no sabían que eran portadores del VIH hasta que se les desarrolló el sida.
  • Es imposible determinar por el aspecto físico si una persona está infectada o no por el VIH. Alguien con el virus del sida puede tener el aspecto más saludable del mundo hasta que, años después, desarrollé la enfermedad.
  • Cómo se transmite
  • Por contacto sexual: coito vaginal o coito anal con una persona infectada. También por sexo oral, cuando la boca entra en contacto con los órganos sexuales.
  • Por contacto sanguíneo: compartir jeringuillas utilizadas por al­gún portador del virus (no es la droga, sino el hecho de compartir la aguja lo que causa la infección), transfusiones, etc...
  • La madre embarazada puede transmitirlo al feto. (Esto actual­mente se puede prevenir tomando determinadas medidas y admi­nistrando determinados medicamentos.)
  • Situación actual
  • Se calcula que cada día se producen 8 000 muertes en todo el mun­do y 14000 nuevas infecciones por causa del sida. Ningún país ni zona geográfica está exento, pero la incidencia es mayor en determinados países subdesarrollados, especialmente el África Subsahariana, donde en el año 2003 unos 26,6 millones de personas eran portadoras del VIH y 2,3 millones de personas murieron por causa de la enfermedad.
  • En el conjunto de esta zona africana, la tasa de infección supera el 20 % entre los adultos: una de cada cinco personas es portadora de la enfermedad.
  • En determinados países concretos la situación es aún más dramá­tica, y la tasa de infección supera el 30 % de la población.
    El sida ha producido y continúa produciendo millones de huérfa­nos, con frecuencia de padre y madre.
  • Situación en España
  • En el año 2002 se notificaron 2 239 nuevos casos de sida.
  • Se calcula que el número de personas infectadas que todavía no han desarrollado la enfermedad está alrededor de las 140 000.
  • Los jóvenes heterosexuales de entre 15 y 24 años constituyen uno de los grupos de riesgo definidos.
  • En el momento de saber que tenían el sida, un 38% de los afec­tados ignoraba que había sido portador durante años del VIH. Durante todo ese tiempo, pues, habían podido contagiarlo a sus parejas sexuales. Ese porcentaje aumenta hasta superar el 60% cuando se trata de personas homosexuales.
  • ¿Se puede curar el sida?
  • Aunque es un tema sobre el que se está investigando desde hace años, no existe aún ninguna vacuna que inmunice contra el sida. Hay tratamientos para los afectados (los llamados «cócteles de medicamentos») que retardan y detienen la aparición de los sínto­mas y rebajan la carga viral, pero ni constituyen una curación com­pleta ni eliminan la posibilidad de un desenlace fatal. Estos tratamientos constituyen un enorme progreso respecto a la situación de la década de 1980 y principios de la de 1990, pero tie­nen efectos secundarios importantes.
  • Posiblemente, las investigaciones en marcha conseguirán nuevas mejoras en el futuro.
  • Entretanto, la única manera de derrotar al sida es no contagiándose. La información es, de momento, el remedio más eficaz de que dis­ponemos.
  • Cómo se puede prevenir el sida
  • Utilizando el condón en las relaciones sexuales. Tanto para reali­zar penetración vaginal, como anal, como sexo oral.
  • Limitando los contactos sexuales a una pareja no infectada, siem­pre que esta pareja se limite también a los contactos en exclusiva.
  • Absteniéndose de todo contacto sexual: Para la mayoría de las personas, ésta os una opción poco realista, dado que la relación
  • sexual forma parte de la vida y la abstinencia provoca otro tipo de problemas.
  • Prácticas que aumentan la probabilidad del contagio
  • En principio, todas aquéllas en que se pueda producir el contacto sangre-sangre o sangre-semen.
  • Posiblemente haya algunas más arriesgadas que otras (como la penetración anal, en que la falta de lubrificación puede producir más fácilmente pequeñas heridas que supongan un incremento del riesgo), pero eso no quiere decir que las otras que se han men­cionado sean seguras.
  • ¿Es verdad que el virus del sida puede pasar a través del látex del condón?
  • Es falso. El preservativo, bien utilizado, protege contra el sida, tal como avala la ciencia médica y la Organización Mundial de la Salud. Además de falsa, esta idea es peligrosa, porque puede llevar a pensar que si hacerlo con preservativo también es arriesgado, me­jor hacerlo sin él.
  • Si me lavo con agua caliente y jabón después de una rela­ción sexual, ¿elimino la posibilidad de contagiarme de sida?
  • No. La higiene siempre es recomendable, y esta medida puede ayudar a prevenir otras enfermedades de transmisión sexual, pero no elimina la posibilidad de contraer el VIH.
  • ¿Puedo contraer el sida si me hacen una transfusión de sangre?
  • Se dieron casos al principio, cuando casi se desconocía le existen­cia de la enfermedad, pero ahora la probabilidad es mínima, toda vez que, aunque ésta es una de las vías de contagio, la sangre que se recoge para transfusiones se analiza antes de ser utilizada.
  • ¿Puedo contagiarme de sida si dono sangre?
  • No.
  • ¿Puedo contagiarme de sida si comparto jeringuillas?
  • Sí.
    ¿Puedo contagiarme de sida por dar un beso, comer en la misma mesa o beber del mismo vaso de una persona seropositiva?
  • No, de ninguna manera. A veces, el miedo pone a la gente histéri­ca y le hace ser irracional.
  • Se han dado casos de padres que se negaban a admitir que un niño seropositivo fuese al colegio con sus hijos sanos. Actitudes así sólo se pueden entender recurriendo a palabras como «supers­tición» e «ignorancia». Sería como si un padre se negara a que su hijo fuera al colegio con un niño que se hubiera roto una pierna ju­gando al fútbol por miedo a que le contagiara la fractura.
  • ¿Qué pasa si me entero de que una persona con quien he tenido relaciones es seropositiva?
  • El hecho de que hayas tenido relaciones sin protección con una persona infectada no quiere decir necesariamente que te hayas contagiado. Sin embargo, la posibilidad existe y aumenta con el número de veces que hayáis tenido relaciones sin condón.
  • Conviene que vayas a un centro de salud y pidas que te hagan la prueba del sida. Se trata de un análisis de sangre que detecta la presencia de anticuerpos contra el VIH. Si hace más de 6 meses que tuviste esas relaciones, con un resultado negativo bastaría para descartar que seas portador. Si no, más adelante deberás ha­certe una segunda prueba, ya que los anticuerpos pueden tardar unos meses en aparecer.
  • El tratamiento de las ETS
  • Nunca, nunca, debemos confiar el diagnóstico y la curación de las enfermedades de transmisión sexual (ni de ninguna otra enferme­dad) a «un amigo» o «conocido».
  • En primer lugar, el diagnóstico puede ser equivocado. Sólo el mé­dico posee los conocimientos necesarios para establecer exacta­mente cuál es la enfermedad y en qué fase está. En segundo lugar, el tratamiento (incluso en caso de que se admi­nistrase el producto indicado) debe seguir unas pautas decididas por un profesional, que es el único que puede dar el alta.



































21 de marzo

Oigo la radio, leo los periódicos. Me indigno.
En África, donde el sida está haciendo más daño que en nin­guna otra parte del mundo, los gobiernos no tienen recur­sos para iniciar programas de información y prevención, y los enfermos no pueden acceder a los tratamientos (que les alargarían y les mejorarían sustancialmente la vida) porque resultan demasiado caros para las economías subdesarrolladas.
Mientras muchas compañías farmacéuticas se resisten a abaratar los costes de esos tratamientos, o a permitir que se fabriquen sin pagar la patente, destinándolos precisamente a quienes no pueden pagarlos, la epidemia progresa y los enfermos mueren a millares.
Me da rabia, me deprime y pienso en qué podemos hacer para impedirlo.
¿Nada?
Dice María Gual que es cuestión de localizar alguna ONG que se ocupe de estos problemas y colaborar con ella en la medida de nuestras posibilidades.


Capítulo 8

CARLOTA NO SE SABE EL PAPEL
Pasé la tarde encerrado en mi habitación, como empe­ñado en aislarme de ese mundo exterior que sólo me daba disgustos, tratando de concentrarme en la conversación que había tenido con el doctor Bardet. Pero no podía qui­tarme de la cabeza la reacción de Nines cuando le conté mi lío con Carlota. Ni un reproche, porque supongo que pensaba que no tenía derecho a hacérmelo, pero sí un aire de desencanto, el esfuerzo visible para luchar contra el llanto, que había conseguido tragarse, y el comentario fi­nal, con el desaliento de quien expone una certeza catas­trófica:
—Pero tú estás colgado de esa chica.
Eso, según se mirase, me hacía más culpable a mí que a ella. Digamos que mi infidelidad no era sólo de cuerpo, sino también de alma.
—No... Bueno, no sé —contesté.
—Lo estás.
—Mira, Nines...
En realidad, no sabía qué decirle, había empezado la
frase sin tener ni idea de cómo acabarla, y agradecí que ella me interrumpiera:
—Ahora prefiero quedarme sola. Ya nos veremos otro día, si quieres.
Así nos separamos. Y luego, solo en mi habitación, me la imaginaba echándose sobre la cama para liberar el llan­to en cuanto las puertas del ascensor se hubieran cerrado, y mí moral se hacía añicos. Y además temía que, a pesar de aquel «ya nos veremos otro día», en realidad, hubié­ramos roto definitivamente. Me daba cuenta de que la quería, de que la echaría en falta. Pero no era como en el caso de Carlota. Quizá alguna vez, al principio, sí lo fue, pero ahora no. Ahora, todos los caminos llevaban a Car­lota.
Poco a poco, Carlota fue recuperando terreno hasta borrar la imagen de Nines de mis ensueños. Obviamente, aquello no mejoró mi humor, puesto que aquella imagen iba asociada a la del nadador holandés. En aquel mismo instante, debían de estar juntos. Y yo no podía impedirlo. Me sentía como Superman, encerrado en una jaula de kryptonita pura, mientras los malos iban destruyendo el mundo.
Fue uno de los peores fines de semana de mi vida (has­ta el momento). La tentación de marcar el número de Car­lota en el teléfono era constante. El ignominioso deseo (que en aquel momento no me parecía tan ignominioso) de hacerle saber que estaba hecho polvo, de hacerme la víctima, de abrumarla con la responsabilidad de mi derro­ta, como si ya me conformara con que no me abandonara, aunque sólo fuera por lástima.
El lunes le arrebaté de las manos a un cliente el diario deportivo al que estamos suscritos en el bar. Dedicaba una página entera a informar sobre los resultados de los cam­peonatos de natación del fin de semana. Había una foto­grafía que representaba un aspecto parcial de las gradas y busqué a Carlota entre el público, como uno de aquellos majaras que buscaban oro cribando la arena de los ríos. No salía. Lo que sí encontré fueron los resultados de las prue­bas de natación. Koert Vroom había quedado segundo en los cien metros mariposa, con una marca discreta, y des­pués había ganado la prueba de relevos 4 x 100 estilo con sus compañeros de equipo. Eso me hundió aún más. Si debo ser sincero, habría preferido que hubiera quedado el último y el público lo hubiera ridiculizado entre silbidos y cortes de manga, lanzándole sillas y escupitajos. O algo peor: «Un impostor holandés se finge nadador y se ahoga al tirarse a la piscina», ja, ja. Como se puede comprobar, no estaba en mis cabales.
En el instituto, no entendía nada de lo que decían los profes, por aquí me entraba y por allí me salía sin que ni una sola sílaba quedara registrada en mi cerebro. En el pa­tio, observé con melancolía una discusión a gritos entre Vanesa y Charche. ¡Se los veía tan enamorados! También vi al Mirage muy ocupado componiendo mensajes en su móvil, seguramente destinados a poner a la señora Yolan­da Cabanach en estado de incandescencia, y lo envidié: gigoló o no, al menos él sabía lo que quería y lo tenía. Debo decir que empecé a mirar de otra manera a mi compañero. Con mucha curiosidad. Pero no hay curiosidad humana que pueda imponerse a la marejada de fondo que con­mueve a un alma abandonada y enamorada. Cuando se me acercó Jenny muy preocupada por mí, le pedí que me dejara solo, le dije que tenía muchas cosas en que pensar y necesitaba silencio y recogimiento.
El lunes, Carlota no llamó. Ni tampoco el martes.
El miércoles por la tarde, empeñado en hacer algo que no fuera darle vueltas y vueltas a mis neuras, introduje el nombre y apellido de Yolanda Cabanach en el buscador de Internet con la esperanza de adivinar algo acerca de la amante del Mirage.
Salieron dieciocho páginas.
La primera correspondía al suplemento gastronómico de un periódico. Allí encontré casi toda la información que necesitaba. El articulista hacía la crítica de un restaurante de Barcelona llamado La Bonne Franquette, especializado en cocina francesa y mediterránea. «Bajo la atinada direc­ción de la propietaria, la omnipresente Yolanda Cabanach, el restaurante se ha convertido en un punto de referencia para...» «Yolanda Cabanach recibe personalmente a los clientes y...» O sea, que tenía un restaurante. Y el restau­rante tenía página web.
En la página web de La Bonne Franquette pude encon­trar la dirección, el teléfono y fotografías del local. En al­gunas de ellas, aparecía la mujer de la Casa del Cuento de Hadas recibiendo a clientes o atendiendo mesas. No había confusión posible. El restaurante, a juzgar por la decora­ción y por el aspecto de los clientes, era de los caros. En el apartado «informaciones prácticas» figuraba el horario de cocina. Mediodías, de una a tres, y noches, de nueve a una. Los domingos cerraban.
¿Noches de nueve a una?
Aquello llamó mi atención y me rescató un poco del letargo provocado por mis empanadas íntimas e irrenunciables. ¿A qué hora iba a visitarla a su casa el Mirage?
La primera vez, a las nueve y media. La segunda, a las diez.
Cuando se suponía que la mujer estaba recibiendo per­sonalmente a sus clientes.
Consulté el reloj: eran las cinco de la tarde. Después de una duda momentánea, marqué el número del restauran­te en el teléfono.
—¿La señora Cabanach? —le dije a la chica que respon­dió.
—¿De parte de quién, por favor?
Yo ya me había preparado un argumento:
—Soy agente de seguros. Quedamos en que pasaría por el restaurante para que me firmara una póliza, y quería confirmar a qué hora podré encontrarla.
—Pues tendrá que esperar a mañana porque ya hace rato que ha salido —dijo la chica.
—A mediodía estoy en la oficina y me va mal despla­zarme. ¿No podría pasar un día de éstos, por la noche?
—Ah, sí, también. Ella está aquí cada noche, a partir de las nueve.
Le di las gracias a la chica y colgué. Me quedé mirando la fotografía de aquella mujer, en la pantalla del ordena­dor, mucho más intrigado que un rato antes. Ahora sí que no lo entendía.
Fue en esos días cuando conocí al doctor Bardet y tu­vimos aquella charla trascendental en su despacho. Lo que yo llamo «su discurso». No me aclaró las cosas, no me dio un diagnóstico exacto de mi situación, porque entendí que los problemas anímicos de cada cual sólo pue­de solucionarlos cada cual con sus propios argumentos, pero volvió a recordarme que las cosas hay que aclarar­las, que tenemos que aprender a mirarnos a los ojos y ha­blar de sexo sin rubores, aprender a decir «te quiero», o «quiero acostarme contigo», o «me atraes». Porque sólo cuando aprendamos a tratar de esos temas como si estu­viéramos hablando de un aspecto más de la vida, el sexo se convertirá en lo que es, en un aspecto más de la vida, en uno de los más importantes y más serios.
Y como un personaje de película de ciencia-ficción, con­cretamente uno de esos sobre los cuales cae un rayo de luz que lo arrastra desde su casa hasta algún lugar inhóspito donde le espera el ovni que lo abducirá, salí de casa, me desplacé hasta el centro y me planté delante de casa de la madre de Carlota.
Pero ¿qué le dirás? ¿Qué le dirás? «Carlota, tenemos que hablar...» ¿Y después?
Por el camino, me iba convenciendo con argumentos confeccionados a medida para justificarme. Al menos, Carlota habría tenido que llamarme para decirme si había tenido la regla o no. Me merecía una explicación.
No sé de dónde saqué las fuerzas para llamar al timbre.
Abrió ella misma.
Carlota. Tan bonita, tan sincera, tan limpia, tan espon­tánea, tan mía cuando fue mía.
Verla allí, delante de mí, me provocó un vacío en el es­tómago, y fijarme en su expresión, que además de sorpre­sa delataba una cierta alarma, llenó ese vacío de sustancias tóxicas y altamente corrosivas.
—¡Flanagan! —Se le borró la sonrisa—. ¿Qué...?
¿Y ahora qué le decía? «Hay que hablar las cosas.» «Esto no puede quedar así.» «Pido una oportunidad.» Era muy fácil para el doctor Bardet decir que hay que hablar las cosas, hay que hablar, hay que hablar. Podría propor­cionarnos una lista de posibles temas de conversación. O primeras frases para romper el hielo. Lo que yo tenía que hacer era desaparecer como un prestidigitador de los bue­nos. ¡Hop!
—¿Has oído alguna vez aquella canción de Aute? —im­provisé.
—¿Cuál? —Bajaba la voz, como si no quisiera que se la oyera desde el interior de la casa. ¿Había alguien con ella? ¿Su madre? ¿Koert después de haber desertado de la se­lección holandesa y haber pedido asilo político «porque estoy enamorado de una nativa»?
—Aquella que dice «pasaba por aquí».
—¿Y adonde ibas, que has tenido que pasar por aquí?
No era eso lo que ella tenía que decir. No se había estu­diado el papel. Sería mejor que volviera otro día.
—Iba aquí. Por eso he tenido que pasar por aquí.
Ella continuaba utilizando el cuerpo para cerrarme el paso al interior de la casa. No es que se afianzara con ma­nos y pies en el marco de la puerta, claro, pero se movía como un defensa en un momento de peligro para su equi­po. Y aquello confirmaba mis peores sospechas. Koert.
—Te habría llamado mañana —dijo.
En el interior de la casa sonó un estruendo, como si algo se hubiera caído al suelo, como si Koert Vroom, enfurecido al ver que Carlota se alargaba conmigo, hubiera empeza­do a destruir muebles a puntapiés.
—¿Está tu madre?.
—No, hoy tiene que quedarse a trabajar hasta tarde en la biblioteca.
Más claro, agua. No valía la pena quedarse. «Bueno, qué, te vino la regla, ¿no? Sólo era para saberlo.» No tenía ninguna necesidad de hacer el ridículo.
—Bueno, pues me voy. No quiero molestar.
Y ella, toda espíritu de contradicción:
—No, hombre, entra, ya que has venido.
—Que no, que tengo prisa.
—Flanagan, por favor, que entres —me ordenó, un poco como si llamara al perro.
—Que me voy.
Di media vuelta, dispuesto a alejarme, y entonces ella me retuvo agarrándome del brazo. El contacto imprevisto con ella me sobresaltó.
—¡No me toques! —Me salió un chillido. Me soltó, asustada, como si esperase una agresión física. Ya se sabe cómo somos los detectives—. Perdona... quería decir...
—¿Entras o no? —Un ultimátum.
Obedecí, avergonzado y confundido por mi arrebato intemperante. Y también horrorizado. Por la posibilidad de encontrarme a Koert Vroom allí dentro, y que insistie­ran en que los tres debatiéramos nuestro problema, como personas civilizadas. No me sentía persona civilizada en aquel momento.
Pero resultó que Koert no estaba allí, y sí en cambio una chica de la edad de Carlota, seguramente una compañera de clase, que me miraba descaradamente, como si se me quisiera aprender de memoria.
—Te presento a Mireya —dijo Carlota, un poco violen­ta—. Mireya, éste es Flanagan.
—Ah, hola —dijo Mireya—. Es como si ya te conociera, Carlota me ha hablado mucho de ti.
Mientras decía esto, recogía libros a zarpazos y se los metía de cualquier manera en la mochila. Si le hubieran anunciado que dentro de dos minutos caería una bomba sobre la casa no se habría dado más prisa.
—Bueno, precisamente hace unos minutos que hemos asumido el dominio de las funciones polinómicas, o sea que ya me puedo ir —dijo.
Y se fue intercambiando miradas furtivas con Carlota.
Por fin nos quedamos solos. Carlota fue recogiendo li­bros y libretas de la mesa y después puso un jarrón; luego se aseguró, distanciándose un poco, de que estuviera bien centrado, como si ésas fueran actividades muy importan­tes e inaplazables. Yo me senté en el sofá, sin quitarme el anorak, y ella, cuando hubo terminado de ordenar la mesa, vino a mi lado.
—¡Jo! Creí que estabas con tu amigo... —dije, como ex­plicación a mi berrido.
—¿Koert?
—Sí, ese holandés.
—Pues ya ves que te equivocabas.
—Me alegro de haberme equivocado.
—Estuve con él una buena parte del fin de semana.
¡Patapam! Eso era lo que no me gustaba de Carlota. Nunca daba la respuesta que esperabas. Mi estado de áni­mo viajaba por una montaña rusa controlada por un loco. Me vi frenando con la punta de la lengua preguntas que se me ocurrían. Por ejemplo: «¿Y qué hicisteis en esa buena parte del fin de semana?». «¿Os lo pasasteis bien?», y «¿Cómo lo hace Koert? ¿También tienes que guiarle la mano o ya es un expedicionario experto?». Tardé en en­contrar una pregunta aceptable:
—¿Y cuándo se fue?
—El domingo por la noche, después de los campeona­tos. —Y sin darme tiempo a celebrarlo, añadió la de are­na—: Volverá pronto, supongo. Y creo que pronto podré ir yo a Holanda.
Más claro, agua destilada. No tenía que hacerme un croquis de la situación. Yo miraba al suelo, con la cabeza gacha, buscando el alma que se me había caído estrepito­samente a los pies. No sabía qué decir.
—¿Qué te pasa, Flanagan?
¿Qué me pasaba? ¿Tenía que decirle lo que me pasaba? ¿Te pega la patada, te caes por la escalera, te partes la cris­ma, te levantas sangrando y te pregunta «¿Qué te pasa?»? Decidí que no permitiría que hubiera más diferencias en­tre lo que pensaba y lo que decía. Y dije:
—Tengo miedo de que me dejes.
—Flanagan, quedamos en que no había compromiso... —me recordó.
—Y por mi parte era verdad cuando lo dijimos. Pero ahora he descubierto que hay temas en los que es mejor no hacer promesas.
Bueno, ya lo había hecho. Flanagan haciéndose la vícti­ma, Flanagan chantajista moral, pero por otro lado Flana­gan expresando lo que sentía, que a lo mejor también tenía derecho a hacerlo, ¿no? Hay que hablar de los sentimien­tos. Los sentimientos son lo único que diferencia a los hu­manos de los electrodomésticos.
Noté que Carlota se lo tomaba a mal, que hacía esfuer­zos por contener el llanto.
—No me hagas eso, Flanagan.
—Yo no hago nada. Supongo... supongo que hay mu­chas chicas con las que podría hacer el amor sin ningún compromiso, y pasármelo bien y que ellas se lo pasaran bien, como quien hace gimnasia... —Nines haciendo gim­nasia con el italiano-—. Pero no es el caso. Puedes hacer lo que quieras, quédate con Koert, y me conformaré, porque no me queda más remedio.
—Flanagan, yo no he dicho que me quiera quedar con Koert...
—¿Entonces? —¿A qué coño estaba jugando?
—No lo sé. Es que estoy hecha un lío. Tú me gustas mu­cho... Pero él también... Y además no sé si... —Estuvo un rato en silencio, atormentada por sus dudas. A continua­ción—: Además... Compromiso quiere decir exclusivi­dad... ¿Qué vas a hacer con Nines?
Era una buena pregunta, pero yo no estaba dispuesto a permitir que utilizase a Nines como coartada, de manera que contesté sin considerarla en serio.
—Supongo que hay que elegir.
—Además, ahora se me hace difícil, hablar y decidir... —dijo Carlota.
¿Eran imaginaciones mías o se me había acercado, con un movimiento de caderas?
—¿Por qué?
—Porque estás aquí y tengo ganas de acercarme más a ti...
«No», pensé. No podía ser, porque aquello significaría más disgustos en el futuro. Si quería que volviéramos a la carga, antes tendría que ofrecerme la seguridad de que no volvería a ver a Koert.
—¡Qué calor hace aquí! Carlota, será mejor que me vaya... —Mientras lo decía, empezaba a bajarme la crema­llera del anorak.
—Quédate—susurró ella, mujer fatal.
—No. No quiero interferir en tu vida. —Al mismo tiempo que me levantaba y le daba la espalda, digiriéndome a la puerta de salida, acabé de bajar la cremallera del anorak, tan contradictorio en mis actos como en mis pen­samientos.
La oí levantarse detrás de mí:
—¡Flanagan!
Me volví hacia ella y estaba tan cerca, y estaba tan her­mosa, que inevitablemente la abracé y pensé «Lo hace por compasión, antes de pegarme el puntapié de despedida, el premio de consolación», pero no pude evitar el beso. Apreté su cuerpo contra el mío como si persiguiera la fu­sión de nuestras respectivas materias a fin de que no se me pudiera escapar otra vez. A partir de aquel momento, ya no hubo retroceso posible, ni por su parte ni por la mía.
Y pusimos en práctica lo que habíamos aprendido días atrás, nuestros cuerpos y nuestras manos adaptándose mutuamente, familiarizados con el tacto y con los movi­mientos, y aquella borrachera compartida que hace que pierdas el mundo de vista y pone en tu boca lo que no quieres decir.
Cuando ella estaba disfrutando más, en un viaje astral de los que no se olvidan, fue cuando se me escapó, ino­portuno:
—Te quiero. —Tan sincero, que era como si, con aque­llas palabras, le estuviera regalando toda mi vida pasada y futura.
Me arrepentí de inmediato. Aquello no tocaba.
Después, el tiempo pasó vertiginosa y penosamente. Yo quería irme de su casa y de su vida cuanto antes, y ella quería que yo me fuera, «tendremos que vestirnos, mi ma­dre puede volver» y nos vestimos como si nos avergonzá­semos de nuestros cuerpos.
Y sonó el teléfono y ella respondió. Apenas oí qué decía:
—Not now, later.
Se me hacía muy difícil mirarla a los ojos desde que yo le había dicho «te quiero» y ella se había echado a llorar.

































24 de marzo

Aquellos apuntes que tomé después de mi conversación con el doctor Bardet, lo que yo llamo el «discurso» de Bar­det, habrían quedado olvidados en mi cuaderno si esta ma­ñana no hubiéramos vivido en el instituto un incidente im­pactante.
María Gual ha venido a decírmelo en cuanto me ha visto lle­gar:
—Eh, Flanagan, ¿has leído esto? —Me ofrecía el periódico abierto por una página concreta. Me indicaba una noticia pequeña, en el último rincón de las cosas de la vida. En mi barrio, habían detenido a un hombre como presunto violador de su hija. La chica tenía dieciséis años y, según la denuncia de la madre, el hombre había empezado a abusar sexualmente de la niña desde que ésta tenía siete años. Me ha parecido horroroso, y me he preguntado en qué había es­tado pensando la madre durante esos nueve años de silen­cio, pero no entendía por qué María me enseñaba aquello. — Como estás investigando sobre sexo, he supuesto que te interesaría —ha dicho ella, evasiva.
Después lo he comprendido. Alguien vivía cerca de la casa del violador y había asistido a la detención, la tarde anterior, y así se había enterado de que la víctima de aquel hombre era nuestra compañera. Coral Comellar. Me he quedado congelado. Inmediatamente la he recorda­do, tan apocada, inhibida, con vocecita de pájaro. Y aquella especie de resentimiento cuando decía «Los chicos sólo queréis lo que queréis» y «Los chicos no sufrís». Y, después, cuando le pregunté por su primera experiencia sexual, se echó a llorar y huyó a toda prisa.

















LA VIOLENCIA DOMÉSTICA

Cuando hemos entrado en clase, todos compartíamos el mismo escalofrío clavado en la nuca.
No lo hemos podido evitar, claro. Se ha convertido en el tema del día.
Muy afectada, Gloria ha abierto el periódico sobre su mesa y, sin disimular la indignación, ha comentado: — Pero no es la única noticia del día referente al tema. Mirad ésta, más destacada. Un hombre tira por la ventana a su es­posa, embarazada. Y esta otra: una mujer se presenta en co­misaría gravemente herida de un navajazo. Está en la Uni­dad de Cuidados Intensivos. Se había separado de su marido que la maltrataba, y lo había denunciado no sé cuántas veces, y el juez había ordenado al tipo que no se acercara a ella. Pero ¿quién vigilaba que no lo hiciera? ¿Quién protegía a esa mujer?
He recordado entonces el discurso del doctor Bardet. «Los hombres llevamos muy mal eso del sexo.» En clase, se ha originado un debate, claro. Se sucedían las preguntas y se improvisaban respuestas. Cuando Gloria ha­blaba, todos la escuchábamos en un silencio sobrecogido. Salieron datos que Gloria tenía en su cajón:
En el año 2003, 7 869 mujeres pidieron protección judicial al sentirse amenazadas por sus parejas o ex parejas.
El mismo año murieron 70 mujeres a manos de sus pare­jas o ex parejas.
En el año 1997 se calculó que, mientras que el número de mujeres maltratadas en España se cifraba en unas 160.000, sólo 18.535 pusieron denuncias (Comisión de Justicia e Inte­rior, Congreso de los Diputados, año 2002).
—Y la situación se perpetúa —añadió Gloria—, porque se calcula que la mitad de los hijos de padre maltratador, serán maltratadores cuando sean mayores. Me parecen unos datos apabullantes. Me sorprenden por su volumen, pero no me extrañan. Desgraciadamente, ya nos hemos ido acostumbrando a esta clase de noticias. Como si fueran una calamidad inevitable, como un terremoto o una inundación. ¿Cuántas veces he visto a mujeres con ojos tumefactos o labios rotos, en el bar de mi padre? ¿Cuántas ve­ces les he oído decir que sólo ha sido un «mal momento» de la pareja, pero que todo se arreglará. Dios mediante, porque se quieren?
Porque se quieren. Esto sí que es grande. Que el maltratador diga que maltrata a su mujer porque la quiere, que aquella burrada es un acto de amor. ¡Y que se lo crea! Magda Giménez, retratándose como siempre y escudándo­se tras el «¡yo digo lo que dice mi padre!», sale con que la culpa de todo la tiene la libertad sexual, y la emancipación de la mujer, y el divorcio. Que esto antes no pasaba. Sus declaraciones, como suele suceder, han provocado una sublevación. Me parece que Pepe Brotons está muy acerta­do cuando hace este resumen:
Es que, antes, la mujer vivía muerta de miedo, acoquina­da, sabía que se jugaba el físico y se sometía. El hombre la amenazaba pero, como ella callaba y obedecía, no necesita­ba consumar la amenaza. Pero ahora, cuando la mujer em­pieza a espabilar, y a trabajar fuera de casa, y a independi­zarse económicamente, y a separarse del gamberro que tiene en casa, pues ese gamberro, ¿qué hace? Cumple la amenaza, la castiga, pasa a la acción.
No está mal —le ha dicho Gloria — , Pero no es verdad que esto, antes, no pasara. La amenaza que dices no era una simple amenaza. No hace mucho, leí un libro de George Orwell, el de 1984, ¿os acordáis?, que se titula Down and Out ¡n Paris and London, donde este autor explica que, en París, a principios del siglo xx, la mujer que tenía un marido que no le pegaba se consideraba afortunada, como si le hubiera tocado la lotería. Y las otras aceptaban las palizas domésti­cas como algo inevitable.
—¿Y no lo denunciaban a la policía?
Los policías eran hombres que veían aquello perfecta­mente normal. Pero, en casos extremos, cuando la cosa lle­gaba a los tribunales, las autoridades se unían para convencer a la mujer de que «perdonase al marido». Pero no creáis que de eso hace tanto tiempo. Aún hoy en día oiréis a al­guien que dice eso de «Cuando llegues a casa, pega a tu mujer. Si tú no sabes por qué, ella sí lo sabrá». Se dice en broma, claro. Pero se dice. Y hace poco, un alto dignatario religioso musulmán difundía un panfleto en el que se decía que hay que maltratar a la mujer, ¡y cómo hay que hacerlo sin dejar marcas!
Pero ¿por qué lo hacen? —nos preguntábamos—. ¿Qué necesidad tienen de eso?
Yo habría podido exponer lo que me dijo el doctor Bardet, pero he preferido escuchar a Gloria.
Porque estos hombres no saben convivir si no es en un régimen de dominación. Ellos mandan y hay que obedecer­les. Ellos administran y nadie puede rechistar. Es la autori­dad patriarcal, la minidictadura familiar, el caciquismo a pe­queña escala. Quien gobierna sin dar razones tiene que gritar mucho y amenazar mucho para impedir que ninguno de sus subordinados le replique, porque piensa que si el do­minado tiene razones más sólidas que él, podría arrebatarle el mando y dominarlo a él. Y no puede soportar que la mu­jer lleve mucho dinero a casa porque eso a ella le daría de­rechos e independencia, y no puede soportar que gane más dinero que él, ni puede soportar que tome iniciativas por­que, ¿y si un día la mujer se va y lo deja plantado? Fijaos en que todo se basa en una gran inseguridad de ese hom­bre, que siente amenazada su virilidad.
Yo he dicho:
—Qué frágil, la virilidad de esos hombres, ¿no? Tan podero­sos como quieren ser y tan dominadores, y tan atacados y disminuidos y amenazados como se sienten por todas partes.
Bueno, ¿y qué puede hacer una mujer cuando se da cuen­ta de que su marido, o su pareja, es un bestia maltratador? Gloria no ha dudado ni un segundo:
—A la primera bofetada, pararle los pies de inmediato. No transigir, hacerse respetar. Pero, en realidad, ya antes, la mujer no debería tolerar el maltrato psíquico, que es por donde empiezan estas cosas. Los comentarios despectivos del tipo «ésta no sirve para nada», «serás tonta», «déjame a mí, que tú no sabes», «eres una inútil»... Así se empieza y ya es entonces cuando la mujer debe frenarlo. Y, naturalmente, a la primera bofetada, decirle «Basta, nunca más».
¿Y si él no hace caso?
Romper la relación inmediatamente y buscar la ayuda de familiares y amigos. Si su pareja la persigue, ponerlo en co­nocimiento de las autoridades o de las asociaciones de ayu­da a las víctimas de esta clase de agresiones. En ningún caso hay que confiar en las promesas de «no lo haré nunca más» ni en las declaraciones de amor del maltratador. No hay que tropezar dos veces con la misma piedra. Ni con la misma mano.
¿Es verdad —ha preguntado una chica— que también hay maridos que violan a sus mujeres?
Pues claro. La violación también puede darse dentro del matrimonio. Si la mujer no quiere y el marido la fuerza.
¡O al revés! —ha saltado Charche.
Todos nos hemos echado a reír. Nadie puede imaginarse a una mujer capaz de violar a un bruto como él. Tendría que ser a mano armada.
No sería la primera vez, aunque no se da con tanta fre­cuencia — ha dicho Gloria. Y ha sacado de entre sus papeles la información de que, en 1992, según un informe llamado Russell, una de cada ocho mujeres casadas declaró haber sido violada por su marido, con uso de la fuerza o intimidación. Entonces, hemos pasado a hablar de la violación.




















LA VIOLACIÓN

Hemos estado de acuerdo en definirla como un acto de vio­lencia para forzar una actividad sexual con alguien que no quiere realizarla.
—¿Y por qué es tan terrible la violación? —ha preguntado Arnau Velarde, que se ha quedado muy afectado por lo que le ha pasado a Coral Comellar, porque me parece que le gustaba — . Al fin y al cabo, es un acto sexual... La pregunta ha crispado a Gloria visiblemente. — La violencia que emplean los violadores crea una atmós­fera terrible, nada que ver con una relación de pareja con­sentida...
Yo he intervenido, apelando a cosas que he ido aprendien­do mientras escribía este diario:
—A mí me parece que el trauma terrible que provoca una violación demuestra que el acto sexual es muy trascenden­te, es la situación más íntima en que se pueden encontrar dos personas. Por eso duele tanto.
Gloria nos ha advertido del peligro de eso que en Estados Unidos ya se conoce como date rape. Se trata de una situa­ción en que el agresor anula la voluntad de la víctima (con frecuencia una amiga o conocida), suministrándole alguna clase de droga mezclada con la bebida: por ejemplo, Rohipnol o Special K. Los efectos de la droga son tan contunden­tes que en algunas ocasiones la víctima ni siquiera llega a enterarse de que ha sido violada.
Yo voy reflexionando sobre el poder del sexo: la cosa más fantástica y, al mismo tiempo, más destructiva del mundo.
Después, hemos hablado de que, como en el caso de la vio­lencia doméstica, hay muchas violaciones que no se denun­cian. Recordamos, por ejemplo, el caso de aquella compa­ñera nuestra, Nieves Mercadal, que fue violada, con quince años, por el dueño de la empresa donde trabajaba su padre. Y su padre se resistía a presentar denuncia por vergüenza y para conservar el puesto de trabajo. Después de que se des­cubriera todo y de que el culpable no saliera muy malpara­do, como quien dice, con una regañina del juez, «no lo vuel­vas a hacer, ¿vale?», Nieves y su familia tuvieron que irse del barrio, porque había gente que la señalaba con el dedo, como si en lugar de la víctima fuera la culpable.
¿Y qué hay que hacer, si te violan?
Gloria ha marcado una pausa antes de responder a esta pre­gunta.
—Conservad todas las pruebas, no os cambiéis de ropa ni os lavéis, someteos a un reconocimiento médico y poned la denuncia en la policía o guardia civil o en el juzgado de guardia.





















LA PEDOFILIAY LA PEDERASTIA

—Y también hay hombres que practican el sexo con niños, ¿verdad? —ha sido la siguiente pregunta. —Se llama pedofilia.
No, se llama pederastia.
¡No, se llama pedofilia!
¡No, pederastia!
Hemos tenido que recurrir a un diccionario para ver en qué se diferenciaban las dos palabras o si eran sinónimas. Así, nos hemos enterado de que
pedofilia es el amor sensual y atracción enfermiza hacia los niños
y la pederastia es la relación sexual de un adulto con un niño.
De manera que podríamos decir que la primera define un problema psicológico y la segunda un delito tipificado en el Código Penal.
Huelga decir que una experiencia sexual de este tipo, para un niño, tiene consecuencias que arrastrará toda la vida, tanto si, en su inocencia e ignorancia, consintió como si no. Gran parte de los delitos de pederastia se perpetran en el seno de la familia, y por tanto también constituyen un in­cesto (que quiere decir mantener relaciones sexuales con un pariente de primer grado: padres con hijos, hermanos...). También se considera delito hacer fotos pornográficas de menores y exhibirlas por cualquier medio, incluido Internet. Nos cuenta Gloria que cada vez que se lleva a cabo una re­dada y atrapan a gente de la que intercambia material de esta clase, los detenidos suelen ser personas «fuera de toda sospecha», de aspecto «perfectamente honorable», de esas bellísimas personas de las que «no me lo habría figurado jamás».
—¿A alguien se le ocurre alguna otra clase de agresión?
ha preguntado Gloria, decidida a ir al fondo del tema.
El acoso sexual —ha dicho un chico de la primera fila.














EL ACOSO SEXUAL

Efectivamente. Se da acoso sexual cuando una persona, con algún tipo de poder sobre otra, la presiona psicológica­mente, con amenazas de perjudicarla, exigiéndole que ceda a sus pretensiones sexuales. Un caso típico es el del directi­vo de una empresa que, por una parte le promete a su se­cretaria ascensos y beneficios a cambio de sexo y, por otro lado, la amenaza con represalias laborales si no accede a sus pretensiones. —Y ha terminado resumiendo—: Es una manifestación más del afán de dominio del hombre sobre la mujer. Y cualquier otra forma que os podáis imaginar, desde la esclavitud hasta el Concurso de Miss Universo, pasando por la ablación del clítoris o la lapidación de adúlteras, todas las posibilidades seguro que han sido realidad en un mo­mento u otro de la historia.
Un chico ha levantado la mano:
¿Y los malos siempre son los hombres? —ha protesta­do—. ¿Nunca la mujer? ¿Qué pasa con la famosa mujer fa­tal?
¿Y con la suegra? —ha preguntado Charche.
—Claro que hay mujeres malas —ha concedido Gloria — . In­cluso muy malas y, por si fuera poco, alimentadas por el rencor de años y años de ser las perdedoras y de tener mu­chas cuentas pendientes con el género masculino. Pero no se oye hablar tanto de ellas, de manera que supongo que serán menos.
Mi padre dice que donde mandan las mujeres es en casa —ha intervenido Magda Giménez—, Que mandan demasia­do. Que son unas tiranas.
Es posible —continuaba contemporizando Gloria — . En el caso de las que aún quieren permanecer encerradas en su casa. Después de tantos años de estar relegadas al interior del hogar, es lógico que se hayan apropiado de ese ámbito e incluso que echen de allí al hombre. Pero eso es una tram­pa. Es como el prisionero al que le dicen que, dentro de su celda, podrá hacer lo que quiera. La mujer ya se ha percata­do de que el hogar es una celda y ha aprendido a huir de él... Nos ha interrumpido el timbre y en eso ha consistido la cla­se de Ciencias de hoy. No constaba en el temario y no sé si contará para el examen final, pero sí que puedo decir que ha sido una de las más interesantes que hemos tenido.
Y, cuando he vuelto a casa, estimulado por el tema, he bus­cado mí cuaderno de apuntes y he rememorado la conver­sación que tuve con el doctor Bardet el día que nos conoci­mos. Y ahora la transcribo aquí, para que no se me pierda.
EL DISCURSO DEL DOCTOR BARDET
Mira... —dijo — . Los hombres llevamos muy mal esto del sexo. Las mujeres, no lo sé. Ellas hablan más de sentimien­tos, de sensaciones, van al ginecólogo, tienen la regla que cada mes les recuerda a qué sexo pertenecen, tienen una re­lación más íntima con sus genitales. Nosotros, en cambio, los ocultamos, nos los escondemos dentro de los pantalo­nes, no hablamos de ello, decimos que es feo hablar de sexo y, por eso, cuando hablamos, lo hacemos trasgredien­do, como si pensáramos que es algo malo, lo utilizamos para escandalizar, para sentirnos muy valientes haciendo aquello que los papás dicen que no hay que hacer.
»Pero, si lo escondemos, si lo ignoramos, si no lo estudiamos, entonces no lo controlamos. Y el sexo se convierte en una fuerza descontrolada. Ya lo sabes tú: no sé cómo te fue con Carlota pero supongo que el deseo de los cuerpos fue más poderoso que la razón y la voluntad, ¿no? Arqueé las cejas. «Ni te lo imaginas.» —Sin condón —dije simplemente.
¡Coño! —tuvo un sobresalto—. ¿Y...?
—Y... No me ha vuelto a decir nada, y ya han pasado más de diez días. Supongo que debe de haberle venido la regla o, si no, me lo habría dicho.
¿Ya no os habláis? Negué con la cabeza, abatido.
Pero... —hizo una pausa para recuperar su discurso, si yo no tenía nada que añadir—. Pero si los impulsos y las nece­sidades del cuerpo son tan poderosos, los sentimientos y los pensamientos también lo son. Y eso los hombres tam­bién lo ignoramos, no hablamos de ello, aún nos da más vergüenza, y también lo escondemos dentro de los pantalo­nes. Hay tanta necesidad de querer y de que nos quieran y acepten como de contacto físico. Por eso es fácil que identi­fiquemos una cosa con otra. Si me siento atraído físicamen­te, es porque estoy enamorado. Quizá sea así, quizá al final el amor sea una coincidencia perfecta entre una atracción fí­sica y un entendimiento psíquico tanto a nivel sentimental como intelectual. Pero, si no tenemos en cuenta los senti­mientos, eso siempre será muy difícil de averiguar. —Pau­sa—. Y los hombres, Flanagan, muy pocas veces tenemos en cuenta nuestros propios sentimientos.
«Quizá porque nos parece que estar atados, dependientes, comprometidos, pone en peligro nuestra individualidad, nuestra personalidad, nuestra virilidad, quién sabe. Quizá porque sabemos que, si estamos muy colgados de una mu­jer y debemos renunciar a lo que queremos, sufriremos. Quizá lo que nos guía es el miedo al fracaso y al dolor, pero el caso es que hay hombres que no quieren saber nada de sentimientos, hablo de sentimientos profundos. «Son cosas de mujeres», dicen. Entonces, esta clase de hombres identi­fica el mundo de los sentimientos con el mundo de las mu­jeres, y para huir de él pasa a despreciar a las mujeres. Y, aún peor, del desprecio pasa a la agresión. Y así es como pa­labras que, en principio, significan hacer el amor, como joder, acaban adquiriendo el significado de perjudicar, humi­llar, destruir. Porque, huyendo de los sentimientos que el sexo les desvela, se van al otro extremo y convierten el sexo en una fuerza destructiva. Y, para ellos, al final, no hay de­masiada diferencia entre joder a alguien (hacerle daño, pu­tearlo — ¡atentos a la etimología! — ) o joder con su mujer (que sería hacer el amor por amor). ¡Qué empanada! «Para huir de ellos, se blindan y se burlan de los sentimien­tos. Descubren que si ven a las mujeres como cosas, como objetos, como seres inferiores y estúpidos, ya no hay peli­gro de quedar atrapados y dominados por ellas, ¿verdad? Al contrario, son ellas las dominadas.










LA PROSTITUCIÓN
—Como las prostitutas, ¿no? —dije.
—Exactamente. Al hombre que va con prostitutas, le da igual de dónde venga aquella mujer, adonde vaya después del coito, qué piense, por qué se dedica a lo que se dedica ni qué siente mientras lo hace. Da igual. El dinero que se inter­pone entre ellos la convierte en una cosa, sin alma, un animalito que él usa ocasionalmente.
—Entonces, ¿estás en contra de la prostitución...? —le dije, porque yo no estoy muy seguro de si estoy a favor o en contra.
—Estoy en contra de la trata de blancas y de la explotación de las mujeres como esclavas, claro que sí. Estoy en con­tra de que haya mujeres que la ejerzan obligadas, ya sea por sus chulos o por la necesidad. Pero la prostitución hace mu­chos y muchos siglos que existe, y si hay alguna mujer que, voluntariamente y sin presiones, quiere vender su cuerpo, no tengo nada que decir. Lo siento por ella, pero no tengo nada que decir. La sociedad sólo podría prescindir de la prostitución si el sexo no planteara ningún problema, si la relación entre hombres y mujeres no fuera tan conflictiva. Pero tal como están las cosas hoy y aquí, muchos hombres no podrían practicar el sexo si no hubiera prostitutas. Hay hombres así porque la sociedad genera hombres así y, por tanto, es absurdo que la misma sociedad que provoca el problema niegue después la solución. Las prostitutas son la única forma de afecto que muchos hombres conocen. Un afecto pagado, mira tú qué desgracia. —Y supongo que debe de ser el mismo caso para los gigolós (hombres que se prostituyen para mujeres) y los chaperos (hombres que se prostituyen para hombres)... —El mismo caso. El mismo conflicto. Sólo cambian los pa­peles de quién necesita compañía y quién cobra por ella.
¿Por qué has dicho que lo sientes por la puta que ejerce voluntariamente?
Porque prescinde por definición de todo el contenido afectivo que comporta el sexo. A fuerza de hacerlo con cual­quiera, con el primero que llegue y que pague, se irá cur­tiendo, endureciendo y volviéndose indiferente a la comuni­cación que propicia el sexo. Me imagino que, en su vida privada y sentimental, debe de tener serias dificultades. No lo sé. Pero no las envidio. ¿Tú te has fijado alguna vez en la cara que ponen los actores y las actrices de las películas porno...?
No. Francamente, en ese detalle no me he fijado.
Pues fíjate. Son caras tristes. En el mejor de los casos, in­diferentes. Casi nunca alegres. Son las caras inanimadas, desanimadas, no sé cómo decirlo, de los tipos duros. Los mismos tipos duros que se tiran a una tía y, cuando acaban, se van sin despedirse.










ELTIPO DURO

Recordé aquí (y recuerdo ahora) al Charche diciendo que el hombre es cazador y conquistador. Dos imágenes de vio­lencia, imágenes armadas y dispuestas para el combate. El hombre como guerrero que utilizará cualquier recurso, in­cluida la mentira, para liar a la mujer y llevarla al catre. —Se blindan para no sentir —dijo el doctor Bardet—, para que los sentimientos no les hagan daño, y eso los hace in­humanos y, por tanto, desgraciados.
Y me vino a la mente Coral Comellar asegurando, rencoro­sa, que «los chicos no sufren».













LOS CELOS

—Y aún más —continuó el médico—, lo mismo que decía­mos del sexo: si no los conoces y no hablas de ellos, tam­poco controlas los sentimientos. Y, si no controlas los senti­mientos, son ellos los que te controlan a ti. »Y entonces tienes esa otra clase de hombres que no quieren a la pareja con la que viven, porque la desprecian, pero se pe­gan a ella como lapas, y son dominados por los sentimientos de celos, de posesión y de dominio. Y los llaman amor.
Bueno... —intervine, poniéndome colorado—. Pero los ce­los... — Quería decir: «Son un sentimiento como otro cual­quiera, ¿no?» —.Yo mismo estoy celoso de Carlota, ahora... —Claro —me tranquilizó el doctor—.Y es normal. Pero son unos celos sanos y naturales que demuestran que la que­rías. No sé sí era el amor de tu vida, pero la querías, te gus­taba estar con ella, te gustó acostarte con ella y cuando se va te duele. Y es natural que te duela. Y sí ella se va con otro, pues aún peor. No te gusta que haga con otro lo que hacía contigo. Eso es humano. Pero tú puedes razonar que ella te­nía todo el derecho a irse, que ni ella ni tú habríais sido feli­ces sí la hubieras obligado a quedarse contigo...
No, claro —reconocí—. Si ella quiere estar con ese Koert, que se quede con Koert, qué le vamos a hacer...
—Si quieres a alguien, déjalo libre —dijo — : si vuelve a ti, es que te quiere. Si no vuelve, es que nunca te quiso —asentí, muy convencido. Y él añadió — : Si para ser libre, necesitas un esclavo, la libertad no tiene ningún sentido ni valor. Marqué una pausa, suspiré, dije:
Pero eso no excluye el sentimiento de frustración. —Claro que no abandoné el tema:
Entonces, lo que sienten esos hombres...
Esos hombres no saben lo que sienten, porque siempre han renunciado a entender sus sentimientos. Es más, han sido educados en la dureza, en el blindaje de que hablába­mos antes. Con esa insensibilidad que, unida a las necesi­dades que tienen y no quieren reconocerse, desemboca en la celotipia, que son los celos patológicos, los que se escon­den detrás de casi todos los casos de violencia doméstica que aparecen en los periódicos ...
Me pareció una descripción perfecta.
Acaba de sonar el teléfono. Era el doctor Bardet. Me invita a comer en un restaurante el miércoles siguiente. Me ha dicho que irá con su mujer, y que, si yo quiero ir acompañado, que lo haga también. ¿Acompañado de quién?
En estos momentos, me siento tan solo como un poeta en un aeropuerto, como diría Joaquín Sabina.
«más triste que un torero al otro lado del Telón de Acero».


Capítulo 9

EL CAFÉ DE LA LUNA
Ya no me cabía duda de que Koert había ganado, que recogía la medalla de oro en lo alto del podio mientras a mí un socorrista peludo tenía que sacarme del fondo de la piscina y hacerme el boca a boca para reanimarme un poco. Por si no estaba convencido de ello al cien por cien, dos días después Carlota me llamó con el objetivo de confirmármelo.
—Ah, Carlota... —exclamé, mostrando una ilusión que no sentía.
—Oye... —¿Sí?
Silencio. A lo mejor ella lo estaba pasando peor que yo, pues había llegado a ese estado beatífico de apatía absolu­ta que caracteriza a los santos.
—Mira, que no sé cómo... Que me parece que... —«Ven­ga, dilo de una vez, tía.»—. Que no me aclaro. Que es me­jor que lo dejemos, de momento.
Que no se aclaraba. Pero me lo decía a mí. No se lo de­cía a Vroom.
—Ah —dije.
—Podemos ser amigos, ¿no?
No estaba preparado para contestar a aquella pregunta. No me la había estudiado. Pero contesté, muy educado:
—Claro.
—Flanagan, por favor, di algo.
—Si estoy hablando.
—Ya me entiendes. Sólo dices monosílabos.
—Que de acuerdo, que no lo puedo evitar.
—Ni yo tampoco, de verdad. No puedo continuar con esto pensando que...
—Que ya lo entiendo —la corté.
—¿Qué entiendes?
—Que de momento lo dejamos. —Ése era mi resumen.
—Podemos seguir siendo amigos, Flanagan. No quiero perderte como amigo. ¿Podemos serlo?
—No lo sé —respondí con el corazón hecho un burujo en la mano—. No sé si me veo con ánimos, tal como me siento ahora. Déjame que lo piense. Ya te llamaré.
Era mentira: no tenía la menor intención de pensarlo, ni mucho menos de llamarla. Por rencor, quizá, sí, pero tam­bién por prudencia. No me haría ningún bien estar cerca de ella si no la podía tocar.
Y pasaron los días. Al principio, no conseguía liberarme del incordio de la angustia ni centrarme en otras cosas. Po­díais verme sombrío y solo, abatido, sin fuerzas ni sentido del humor, arrastrando los pies por los charcos. Pero nadie vio cómo me daba cabezazos contra la pared, porque no lo hice nunca, ni en público ni en privado, y os aconsejo que vosotros tampoco lo hagáis, porque me parece que duele.
Pensaba en lo exagerada que era aquella reacción senti­mental. Total, por tres polvos mal dados. Por una sonrisa encantadora como seguro que las hay a millones por todo el mundo. ¿Qué pasaba? ¿Era mi amor propio ofendi­do por haber sido rechazado? A lo mejor sí.
Y pensando en todo ello, poco a poco, me fui reconci­liando conmigo mismo y, con el tiempo, la sensación de derrota se fue amortiguando. Las calles se llenaron de chi­cas muy parecidas a Carlota que no me decían nada en ningún sentido y, un día, no pude recordar aquello tan de­licioso que dijo en alguna ocasión y que pensé que jamás podría olvidar. Tendría que haberlo sabido, claro, me ha­bía pasado lo mismo con Clara Longo, cuando tenía cator­ce años, y con Carmen Ruano, las primeras chicas de las que, de una forma u otra, me había enamorado. Pero hay aspectos de la vida en que las experiencias anteriores no ayudan nada. Los golpes en la espinilla son un buen ejem­plo. Y las rupturas sentimentales, otro.
Un día, me encontré solo en el vestuario del gimnasio del instituto. Me había pegado un golpe en el brazo al sal­tar el potro, y como estaba a punto de acabar la clase, el profesor me dio la llave y me dijo que empezara a cam­biarme. Mientras me vestía, me encontré mirando de reo­jo la chaqueta del Mirage. Concretamente, aquel bulto que tenía en el bolsillo y que correspondía a su teléfono móvil.
Creo que había llegado a un momento en que ya sólo funcionaba por obsesiones. La obsesión con Carlota, la obsesión con Nines y la obsesión con el Mirage y Yolan­da Cabanach. Por suerte, esta última era distinta a las otras. O quizá no. Quizá tenía la esperanza de que si con­seguía descifrar y entender el enigmático comportamiento del Mirage, también sería capaz de entenderme a mí mismo.
No sé si todo esto justifica que metiera la mano en el bolsillo de su chaqueta y me apoderase de su móvil: las al­mas atormentadas como era yo en aquella época tenemos tendencia a pensar que todo nos está permitido. Nos equi­vocamos, sin duda, pero el caso es que lo hice. Aquel mó­vil desde el cual, posiblemente (o posiblemente no) le en­viaba los mensajes a Yolanda Cabanach.
El móvil estaba conectado, de manera que no necesité el pin. Fui a «Archivos» y después a «SMS recibidos» y pulsé «Aceptar».
Había una buena cantidad de mensajes en la memoria. El último decía: «OK domingo 19 h. Café de la Luna». Una cita. En domingo, precisamente el día en que Yolanda Ca­banach no trabajaba.
Todavía retrocedí en el menú y leí dos mensajes más: un «Te quiero, bestia mía», y un «Me muero de ganas de que me hagas el amor», expresado de una manera un poco más cruda y directa. El pitido, en el patio, del profesor de gimnasia, que indicaba que se había terminado la clase, hizo que devolviera en seguida el móvil a su sitio. Recor­dad que tenía el alma destrozada; nada más me faltaría que el Mirage me arreglara también el cuerpo.
Aquella noche, estuve pensando en el misterio. ¿Aque­llos mensajes eran de la señora Cabanach? Si estaba todas las noches en el restaurante, como averigüé yo con aquella llamada, ¿qué demonios iba a hacer el Mirage a su casa? ¿Sería que algunos días Yolanda Cabanach se los tomaba libres, con intenciones bien concretas, a pesar de lo que me había dado a entender la empleada?
Por asociación de ideas, pensar en eso me llevó a pen­sar en Nines y su seguridad de que el Mirage se acostaba con aquella mujer por dinero, o a cambio de regalos.
Pensé en el concepto que tenía el doctor Bardet de las prostitutas, y traté de encajarla con la imagen de Guiller­mo Mira, y no lo conseguí.
En cuanto permití la entrada de Nines en mis pensa­mientos, se las apañó para monopolizar todo el espacio disponible y hacerse fuerte. Y entonces, empecé a lamen­tarlo, pensé que, aunque fue ella quien me dijo que me fuera, de alguna manera había sido yo quien la había deja­do con la palabra en la boca; que era a mí a quien corres­pondía llamarla y que, al menos, se merecía una explica­ción.
Pero se trataba de conceptos generales que se hacían di­fíciles de concretar en un discurso preciso.
—Hola, guapa —le dije por teléfono aquella noche. Y, sin un «cómo estás» que habría desencadenado una con­versación complicada—: ¿Te acuerdas de la investigación que te comenté..., aquella del chico de mi barrio que se veía con una señora mayor?
—Ah, sí.
—No estoy tan seguro de que sea así. Pero el domingo podré comprobarlo, yendo a un local que se llama El Café de la Luna. ¿Te gustaría venir?
—¿A investigar? —Sí.
—¿Como en los viejos tiempos?
—Ja, ja, sí, como en los viejos tiempos. —Ni que fuéra­mos abuelos, por Dios.
Hizo una pausa. Me pareció que ella también se alegraba de que hiciéramos elipsis de todos los temas relativos a nuestra relación. Y su voz sonó más grave cuando dijo:
—Así que quieres que te acompañe —como dándole una trascendencia especial a este hecho—. Muy bien, pues cuenta conmigo.
Me costó localizar aquel lugar llamado Café de la Luna. No era un local de moda, más bien todo lo contrario. La clase de lugar poco conocido y lejano en que el Mirage no corría peligro de encontrarse por casualidad a ningún co­nocido del barrio. Este detalle no se me escapó. Estaba en las cercanías de Barcelona, por el parque natural de Collserola, junto a Vallvidrera. Resultó que se trataba de un bar de copas y que los fines de semana había conciertos en directo. Aquel domingo actuaba un conjunto denominado Apocalipsys Uau. Tocaban jazz-rock, según el anuncio de la Guía del Ocio. Si hubieran tocado hip-hop, o punk, ha­bría eliminado definitivamente, por una cuestión de edad, a Yolanda Cabanach como posible pareja del Mirage. El jazz-rock, en cambio, no la excluía del todo.
A primera hora de la tarde del domingo me trasladé a casa de Nines. La había llamado otra vez por la mañana para quedar en la hora exacta y ella ya me esperaba en la puerta, con las llaves del coche en la mano.
Llevaba unas mallas marrones y un jersey amarillo ocre. Como abrigo, una parka también marrón, de conjunto. Me pareció que le sentaban muy bien aquellos colores, a juego con los ojos y los cabellos color miel. Me pareció más gua­pa que nunca, aun cuando siempre me pareció muy guapa.
—¿Lista?
—Vamos allá.
Le di un beso en cada mejilla, y ella no se resitió. Curio­samente, después de unos meses de frialdad y distancia, ahora, cuando se suponía que ella me había sido infiel y yo a ella más, volvíamos a sentirnos cómodos, tal vez porque el entendimiento tácito entre los dos era que no teníamos ninguna obligación el uno respecto del otro.
Montamos en aquel coche que sus padres le habían comprado a la espera de que cumpliera los dieciocho y pu­dieran comprarle uno de verdad. En realidad, era como una moto disfrazada de coche: dos plazas y motor eléctri­co. Pero el habitáculo era muy pequeño y favorecía la inti­midad.
—¿Será peligroso?
—No lo creo. Por si acaso —saqué del bolsillo una gorra de béisbol y unas gafas de montura metálica—, cuando estemos allí me pondré esto. A poco oscuro que esté el local, bastará para que no me reconozca.
—Estas gafas son graduadas. ¿De dónde las has sa­cado?
—Eran de mi abuelo.
—¿Y por qué no te las pones?
—Porque si me las pongo, veo menos de lo que veía mi abuelo sin, por eso.
Se rió. Me sentía a gusto con ella. A pesar de la diferen­cia abismal entre su barrio y el mío, teníamos algo (no me hagáis decir qué) en común. Hacía casi tres años que nos conocíamos, uno y medio que salíamos, y a veces no ne­cesitábamos decir nada para saber qué pensaba el otro. Comparada con Carlota, era más guapa, eso seguro, pero los otros «más» apuntaban a defectos y no a virtudes. Más voluble (aunque Carlota no se quedaba corta), de alguna manera más superficial, más políticamente incorrecta, más gamberra. Pero la lógica me decía que si todos tuvié­ramos que buscar a la mujer con menos defectos, quizá ha­bría que clonar a la Madre Teresa de Calcuta.
—Nines —dije después de pasar el peaje de los túneles de Vallvidrera.
-¿Qué?
—Si tu culo fuera un barco, me haría marinero.
—¿Qué dices? —Se echó a reír.
—Lo que oyes. No te asustes, sólo era un examen. ¿Qué te ha parecido?
—¡Ja, ja, no me hagas reír, que nos damos contra un ca­mión!
—¿No te enfadas? ¿No te parece ofensiva e inadmisi­ble, esta clase de piropo?
—¡Basta, que nos matamos!
Durante el resto del trayecto, la sorprendí poniéndose seria y mirándome de soslayo en un par de ocasiones. Pen­sé que me haría alguna pregunta referente a Carlota, in­cluso que detendría el coche para «hablar». Pero si lo pen­só, no se decidió.
Llegamos al Café de la Luna a las seis y media, media hora antes de la que figuraba como hora de la cita en el mensaje de texto del teléfono del Mirage.
El local estaba perdido en las montañas, y era una casa de veraneo de principios del siglo xx adaptada por sus nuevos propietarios como bar. Por fuera se veía un poco destartalado, a pesar de las capas de pintura y otros es­fuerzos para dignificar la fachada, pero dentro estaba arre­glado con gusto. Convertido en una especie de café centroeuropeo, con suelo de madera sin desbastar, mucho espacio, columnas que sustituían las paredes y los tabi­ques que habían sido derribados, y un escenario de medi­da respetable. Cuando entramos, todas las mesas de abajo estaban ocupadas. Después de recorrerlas con la vista y constatar que no había Mirages ni Yolandas Cabanach a la vista, optamos por subir al altillo, que era una especie de galería colgada sobre el bar y que ofrecía una atalaya ideal desde donde esperar la llegada de la gente que queríamos espiar.
Conseguimos la última mesa que quedaba libre ante la barandilla de la galería. Desde allí, dominaba tan bien la entrada del local como el escenario.
—Bajo a la barra a buscar bebidas —se ofreció Nines—. ¿Qué quieres?
—Pues.... cerveza.
—Muy bien.
—Eh —la detuve—. Que no sea de botella. Que sea de... presión. Irá mejor con mi estado de ánimo, ¿comprendes? ¿De-presión...?
—Tonto —se rió ella, que no podía concebir que yo es­tuviera deprimido.
Miré cómo se alejaba hacia la escalera y, después, abajo, cómo cruzaba el bar hacia el mostrador, y descubrí otros ojos de desconocidos que también seguían su recorrido con admiración. Por primera vez desde hacía tiempo, fui capaz de olvidarme de Koert y de Carlota y de lo que ha­bía pasado entre Carlota y yo, y me sentí herido de verdad por aquello que Nines me había contado «En Italia, me acosté con un italiano». Sentí rabia, no un arañazo superfi­cial, como cuando me lo dijo y yo estaba pendiente de otras cosas, sino un mordisco de caníbal hambriento. Pero en seguida recordé al imbécil de Salvador Bruguerolas proclamando a los cuatro vientos que Jenny era una golfa, de Jorge Castells afirmando «que no quería una tía de se­gunda mano» y decidí que yo no quería ser como ellos, que no me daba la gana permitir que una cuestión de de­talle, importante, sí, pero cuestión de detalle al cabo, me enturbiara la visión de conjunto.
Y hablando de conjuntos, cuando salió el conjunto al escenario, apagaron las luces de la sala y nos quedamos iluminados y aislados por la luz de la vela que había so­bre nuestra mesita. Como si tuviéramos un mundo pro­pio y aparte de los centenares de personas que nos rodea­ban. Cuando empezaron a tocar, primero una versión muy lenta de Summetime y después una de Love in Vain, cogí la mano de Nines. No protestó; al contrario, me la apretó con fuerza, y si la miraba me encontraba con que ella también me estaba mirando, seria, el reflejo de la lla­ma de la vela bailando en sus pupilas. Nos íbamos reen­contrando después de tanto tiempo y tantas vivencias. Deseaba que el concierto se prolongara durante horas y horas.
Del Mirage, casi no me acordaba. No había aparecido mientras aún estaban encendidas las luces y ahora, entre la oscuridad y el hecho de que el local se había llenado de gente hasta sobrepasar su capacidad, se hacía difícil dis­tinguir nada en el piso de abajo. Entre una cosa y otra yo prácticamente había desistido de la investigación. Y en­tonces, cuando ya no pensaba en ello, como suele suceder, lo vi sin buscarlo.
—Jo, ahí está.
—¿Dónde? —dijo Nines.
Lo había visto en el grupo de los que se habían queda­do de pie cerca de la puerta porque todas las mesas de abajo estaban ocupadas. Lo reconocí gracias a la luz de su propio encendedor, cuando prendía un cigarrillo. Pero cuando la llama se apagó, se hizo difícil saber quién era su acompañante; desde donde nos encontrábamos, sólo dis­tinguía sombras amontonadas.
—Está cerca de la entrada, es aquella sombra más alta, el que se apoya en la columna —le indiqué a Nines—. Bajo un momento para ver con quién va.
—Voy contigo.
—No... —quería decirle que nos iban a quitar la mesa. Me apetecía disfrutar de todo el concierto allí mismo, en su compañía.
Pero ella arqueó las cejas, interrogativa, como diciendo «¿A qué hemos venido? ¿A escuchar música o a vivir una trepidante aventura?».
Me convenció. La cogí de la mano y nos abrimos paso entre la muchedumbre comprimida. Descendimos por la escalera, que desembocaba en el vestíbulo de entrada, y nos aproximamos por la espalda al grupo donde había vis­to al Mirage. Sorpresa: ya no estaba. En su columna, aho­ra, estaban apoyadas dos chicas fumadoras. Fuimos hacia el exterior.
En la entrada y en el aparcamiento que había delante del local, no se veía a nadie. Tampoco ningún coche que arrancara o se alejara, y si el Mirage y su pareja se habían cansado de estar de pie y abrumados por la multitud ha­bían decidido irse, no habían tenido tiempo de maniobrar para salir del estacionamiento. Se me ocurrió que quizá habían dejado el coche en otro lugar.
Sin soltarnos la mano, nos acercamos a la esquina que estaba más cerca del bosque. Allí había un estrecho cami­no pedregoso que bordeaba la fachada del edificio y, plan­tado en medio, un Ford Fiesta blanco, con los faros apaga­dos.
No se me ocurrió que el Mirage pudiera estar en aquel coche. Llamó mi atención que la luz interior estuviera en­cendida, pero no observé ningún movimiento. Estaba con­vencido de que allí dentro no había nadie.
Si conduje a Nines en aquella dirección, fue porque pensé que el establecimiento tal vez tuviera una salida por el lado opuesto a la fachada. Debía tenerla, al menos una de emergencia, porque así lo ordena la ley. Y, como el Fies­ta estaba muy arrimado a la pared, tuvimos que elegir el borde del camino más próximo al bosque.
A nuestra izquierda, se abría un terreno en pendiente muy pronunciada, lleno de zarzales y matojos, que caía hacia la masa de árboles, unos veinte metros más abajo.
Pensé que teníamos que andar con cuidado de no caer. Estaba muy oscuro y un paso en falso podría precipitarnos al abismo.
No hablábamos. Avanzábamos con la cautela de los aventureros en terreno desconocido.
Y al llegar al coche y descubrir que sí había alguien en el interior, la emoción aceleró el ritmo de nuestros corazo­nes. Nos sudaban las manos, unidas, y yo le di un apretón a Nines para alentarla. Y, bajo la lucecita del Fiesta, obser­vé un movimiento. Allí había alguien. Pensé: «¡Una pareja follando! Y se mosquearán cuando pasemos por su lado. Como si hubiéramos venido a espiarles. Tenemos que pa­sar de prisa». También pensé: «¿Y si es el Mirage?». Deberíamos haber dado media vuelta, dejarlos en paz, pero una parte de mi cerebro, cotilla y morbosa, reivindicaba mi de­recho a pasar por allí, si quería. Incluso a echar una ojeada al interior del vehículo para ver qué pasaba, ¿por qué no? Los detectives somos curiosos.
Había una pareja, efectivamente, unas piernas, la mano del conductor manipulando el sexo del acompañante. Un sexo masculino. Un hombre besando a otro. Dos hombres. Y mi mirada tropezó con otra mirada que chispeaba de pronto, alarmada, indignada, y reconocí aquellos ojos teñidos de tristeza, de cejas un poco diabólicas, los ojos del Mirage, de Guillermo Mira, mi compañero de clase, «¡Mira, Mira, el Mira!», con la boca unida a la boca de otro hombre.
no sé qué pasó. Un sobresalto descomunal, una sacu­dida, un salto instintivo hacia atrás. Unos segundos du­rante los cuales lo entendí todo. El Mirage, el ídolo de to­das las chicas de mi instituto y la envidia de todos los chicos, el Mirage diciéndole a Jenny Gómez que no podía salir con ella, el Mirage regalándome las entradas del con­cierto, porque apreciaba a Jenny y quería lo mejor para ella y le había parecido que lo mejor para ella era yo; el Mirage diciéndome que fuera a consolar a Jenny porque él no po­día hacerlo, que sería peor... Todo ello al mismo tiempo que mis pies perdían contacto con el suelo, querían afir­marse sobre los zarzales inconsistentes e iniciaba la caída hacia la oscuridad, hacia la nada.
Nines gritó:
—¡Flanagan!
yo quise soltarme, pero ella no. Ella supuso que po­dría sujetarme y me agarró más fuerte aún, y noté cómo la arrastraba conmigo. Caímos los dos, con una insoportable sensación de ridículo, hacia las profundidades del bosque, atravesando zarzales que amortiguaron la caída pero nos rasgaron la ropa y la piel, hasta chocar con una superficie sólida, muy sólida, y rodar en confusión por el tobogán, aplastando matojos y evitando por milímetros milagrosa­mente pedruscos que podrían habernos abierto la cabeza. Nos detuvimos sobre un claro de hierba blanda, sin atre­vernos ni a respirar.
En lo alto del terraplén, la voz de Guillermo Mira, estu­pefacta, aguda:
—¿Flanagan? ¡Flanagan!
Yo no decía nada. No podía moverme. Muerto de ver­güenza. Me sentía imbécil, inoportuno, manipulador, chis­moso, traidor, por haberme metido de aquella manera en la vida de mi compañero, sin que nadie me lo hubiera pe­dido, sólo por curiosidad.
—¡Flanagan! ¡La madre que te parió! ¿Qué coño haces aquí? —El miedo le deformaba la voz—. ¡Hijo de puta chismoso! ¡Como se lo cuentes a alguien...!
Me pareció que la voz se le rompía en un sollozo. Esta­ba llorando. Cerré los ojos muy fuerte, diciéndome que no me lo perdonaría nunca. Y no me refería a él. Yo no me lo podría perdonar nunca. Imbécil, inoportuno, manipula­dor, traidor.
—Vámonos —dijo otra voz, alterada.
El motor del coche arrancó bruscamente, las ruedas crujieron sobre la grava, se alejaron.
En seguida, el silencio.
Nines me estaba mirando.
—Jo —dije—. Llevo una temporada fatal.
—Un compañero de tu clase.
—El que creía que salía con una mujer mayor.
—Y es gay.
—Sí.
—Y has descubierto su secreto.
—Jo. ¿Por qué tiene que ser un secreto? ¿Por qué tienen que esconderse?
Se oían los grillos y, muy lejos, la música que tocaban en el interior del Café de la Luna. Un blues, no sé cuál pero era un blues. Y yo tenía que llenar de alguna manera aquel silencio asfixiante.
—Supongo que estoy en crisis y todo se me pone en contra. Con Carlota lo hemos dejado, ¿sabes? Dicen que madurar consiste en aprender a despedirse. Pues te juro que yo estoy madurando a toda leche.
La luz de la discoteca llegaba hasta nosotros a través de un filtro de hojarasca y ramaje, y me permitía ver el res­plandor de los ojos más bonitos que me han mirado en toda mi vida. También permitía que ella me viera un ara­ñazo que me había hecho en la mejilla al caer.
Nines se me acercó y me lo acarició con la punta de los dedos.
—Te has hecho daño.
—No es nada.
Se acercó más aún, más aún, y me lamió la herida. Sí, sí, me la lamió con la lengua. Y a continuación, me buscó los labios. Yo abrí la boca y le di la bienvenida.
Pero no. Con Nines, no. Nines tenía miedo.
Me separé y procuré ser amable.
—Oye, siento mucho.... —dije—. Ya sabes lo que pasó, ya sabes...
—No volverá a pasar —susurró.
Suspiré.
—¿Tu amigo el italiano te quitó el miedo?
Sonrió, benevolente con mis neuras.
—Me enseñó que hay gente que se tira a la piscina de cabeza, y la hay que se mete bajando por la escalerilla, des­pacito, y hay quien se tira en bomba, o quien necesita ha­ber tomado mucho sol y ponerse muy caliente, muy ca­liente, antes de sumergirse. Hay personas a las que les cuesta mucho decidirse. Y hay quien prefiere que el agua esté fría y hay quien la prefiere caliente o tibia. Y hay quien, una vez dentro, se pone a cruzar piscinas, a crowl, como loco, de un lado a otro, a toda velocidad; y hay quien la atraviesa plácidamente a braza, y hay quien hace el muerto, y quien bucea.
—Entonces, nosotros dos...
—A lo mejor nos caímos a la piscina prematuramente, cuando aún no habíamos hecho la digestión. A lo mejor to­davía no nos habíamos preocupado de aprender a nadar.
—¿Y ahora...?
—¿Ahora? —Estaba muy cerca de mí, muy cerca, me acariciaba con su aliento—. Ahora, me parece que me ape­tece mucho darme un chapuzón.
—¿Aquí? —gimoteé.
Ella no respondió, pero entendí perfectamente lo que quería decir. «Sí, aquí.»
Me dio un beso y me dijo:
—No tengas miedo.
Puso su mano en mi nuca y me acarició el cabello con la punta de los dedos. Busqué su boca, y sus pechos, y su cuerpo. Hicimos el amor allí mismo, en medio del bosque, a cinco sobre cero y bajo la luna y, aquella vez, a pesar de los inconvenientes, nos entendimos muy bien. Hablamos, para expresar nuestra ternura pero también para pregun­tar, para informar, para advertir, para reclamar. Supimos pedir lo que queríamos y, por tanto, pudimos dar todo lo que teníamos.
Por ejemplo, los dos teníamos preservativo. Me puse el que ella me ofreció.










29 de marzo

El doctor Bardet nos invitó a un restaurante del puerto y consiguió una mesa delante de un ventanal que nos permi­tía contemplar los muelles abarrotados de veleros, con los mástiles cabeceando plácidamente al compás de las olas, y los esforzados aprendices de windsurf cayéndose y levan­tándose con una constancia admirable, y las lanchas moto­ras encabritándose camino del horizonte. Me quedé extasiado ante aquel paisaje como si fuera una confirmación de progreso, de que voy por buen camino, promesa de que el resto de mi vida aún será mejor. Y, además, acompañando a aquel señor tan distinguido, y a su esposa («Tenía reservada una mesa a nombre de Bar­det...», «Ah, sí, señor, pasen por aquí...»), Nines y yo detrás, que cualquiera pensaría que éramos una familia, los padres y el hijo y la novia, o la hija y el novio. Y la espléndida sen­sación de tener cosas de que hablar con aquellas personas, la intuición de que tenía muchas cosas que aprender si es­cuchaba, pero también muchas cosas por aprender si me permitían preguntar. Porque era consciente de haber apren­dido algo esencial durante la escritura de este diario rojo, y es la importancia de saber formular preguntas. Se aprende mucho si se saben hacer las preguntas oportunas y correc­tas.
La señora Bardet, que se llama Juana, es más joven de lo que yo había imaginado. Debe de tener unos treinta y cinco años y es pequeña, frágil y tímida, con una sonrisa enigmá­tica llena de picardía. Una pieza de artesanía que parece que ha de correr peligro entre las manazas del doctor. Él tan grande y ella tan menuda, son una demostración viviente de que el sexo y el amor pueden unir y hacer felices a las personas más dispares. Dice que es psiquiatra. No es como yo me imaginaba que debían de ser los psiquiatras. —Aquí hay que tomar arroz negro —sentenció el doctor
Bardet—. Con un vino blanco afrutado del Penedés. Y mien­tras esperamos el arroz, podríamos picar unos buñuelos de bacalao, unas croquetas de butifarra de perol, un poco de jamón y una ensalada, ¿qué os parece? Nines iba provista de ideas propias y pidió una ensalada de foie y lenguado a la plancha. Yo acepté el menú sugerido para no perder tiempo mirando la carta y poder iniciar la conversación cuanto antes.
No tienes que darme las gracias —dijo Rosendo («Rosen­do, sí, llámame Rosendo, por favor, nada de doctor Bardet») mientras esperábamos que nos trajeran el primer plato—. En realidad, tendría que dártelas yo a ti, a vosotros, por fa­cilitarme una parte de mi trabajo, que consiste en informar y asesorar sobre sexualidad a los jóvenes.
Pero eso ha sido a pequeña escala —dije, modesto—. Un diario que no leerá nunca nadie... Seguro que lleva a cabo una labor mucho más provechosa cuando da charlas sobre el tema...
No te creas. A partir de este diario, tú has organizado en­cuestas y debates en tu instituto, has hecho reflexionar a tus compañeros... Que te han hecho más caso del que me ha­rían a mí, porque eres de su edad, eres uno de los suyos... Nosotros, si quieres que te diga la verdad, ahora sólo va­mos a hablar a los institutos. En el CAP del barrio, ya hemos desistido de organizar conferencias o cursillos porque los jóvenes no vienen. Les parece un rollo, dicen que tienen otras cosas que hacer. ¿Sabes qué pasa? Que desconfían de los adultos. Para ellos, los adultos somos los represores, «nene: no hagas, nene: no toques, nene: no preguntes». Di­cen «éste ha venido a vendernos una moto», «éste dirá que no nos masturbemos...». Estáis precisamente en la fase en que ponéis en duda todo lo que os dicen los adultos... —Sí, pero la información que buscan y que aceptan encan­tados — protesta Juana—, también les llega de adultos. De los adultos que producen películas pornográficas, o pornografía sentimental, que es ésa de la prensa rosa, que ofrece unos modelos de relación irreales; o de los programas de televisión rellenos de sexo entendido sólo como espectácu­lo y con mucha frecuencia como espectáculo discutible... O, en el otro extremo, del discurso oficial lleno de ideas culpabilizadoras sobre el sexo... No es extraño que luego nos en­contremos con los casos que nos encontramos. —Cada vez que me encuentro con una niña embarazada, o una chica o un chico que se han contagiado de sida, me vie­nen ganas de ponerme a gritar...
En realidad, se pone a gritar —puntualiza su mujer, con admiración.
...Porque no han sido libres para elegir. Porque si les ha pasado lo que les ha pasado, ha sido simplemente por falta de información.
—¿La ensalada de foie? —nos interrumpe el camarero. ¿No os parece que los camareros siempre interrumpen en el momento más inoportuno?




PERVERSIONES

¿Y ya has terminado el diario? Por lo que me has dicho, ya has hablado de casi todos los aspectos del sexo.
—Aún faltan algunos temas... —Me interrogó con un gesto solícito. Dije, con cierto reparo—: Las... perversiones sexua­les.
¿Las perversiones sexuales? —Como si fuese la primera vez que oía hablar del asunto — . ¿Qué entiendes por perver­siones sexuales?
Pues... No sé... Esos que hacen cosas raras... que se dis­frazan para hacer el amor... Él de mayordomo y ella de mar­quesa.... —El matrimonio Bardet se echó a reír—, O los tríos... las camas redondas... —Se diluyó un poco la sonrisa — . O bien cadenas, látigos, cuero... Sadomasoquismo... —Aquí ya no se reían. Se habían puesto serios y movían la cabeza como diciendo «Eso sí que es un problema».
Mira, no hay reglas. Que cada cual practique el sexo como más le divierta, mientras los dos miembros de la pareja es­tén de acuerdo. Si se divierten disfrazándose, ¡magnífico! La imaginación hace maravillas en la práctica del sexo, y en­contrar cada vez un nuevo aliciente es lo mejor que le pue­de pasar a una pareja. —Para pasar a otro tema, cambió de expresión — , ¿Que se divierten haciéndolo en grupo...? Hombre, si son amigos y no les representa un problema... Adelante. Lo que pasa es que después suelen aparecer líos entre la mujer de éste y el marido de aquélla...Tú sabes por experiencia lo que son los sentimientos cuando se disparan, y de qué manera se disparan cuando hay sexo por medio. Si entre dos pueden nacer las pasiones que nacen, imagína­te entre tres, o entre cuatro... Ve multiplicando. Pero lo prin­cipal es que nunca se pierda el contenido de comunicación, de afecto, de creatividad que tiene el sexo. Bien practicado, el sexo siempre enriquecerá a los que lo practican. En cam­bio, si a los participantes en una cama redonda les da igual estar con unos que con otros, cosificarán su entorno y se cosificarán ellos.
Pero los que se dedican a estas prácticas —Juana metió baza—, creo que ya es porque les importa poco con quién lo hacen.
El matrimonio Bardet no censuraba, ni criticaba, ni conde­naba. Sólo lo lamentaba.
Personalmente —recuperó la palabra el doctor—, no me gusta que haya gente que encuentre placer en humillar, o en humillarse, lo siento por ellos, por la clase de personalidad lamentable que deben cargar consigo cada día. Tampoco me gusta que disfruten haciendo daño, o recibiendo daño... Eso, además, es peligroso porque, como se pasen de la raya, corre peligro su integridad física. Es como esos que se estrangulan para retardar el orgasmo, o hacerlo más poten­te, o no sé qué... Francamente, como médico, lo desaconse­jaría.
»...Pero no lo prohibiría nunca. Porque ya te dije que hay muchas clases de personas y muchas clases de problemas, y por tanto muchas soluciones. Yo les aconsejaría más una psicoterapia que una sesión de latigazos, pero, claro, cada cual es libre de elegir lo que quiera... Hay gente que sólo goza mirando, hay gente que sólo goza compartiendo la pareja...
El caso de las llamadas ninfómanas, por ejemplo intervino Juana—. Esas mujeres obsesionadas por el sexo, devoradoras, que nunca tienen bastante. Nunca tie­nen bastante, porque no obtienen nada del sexo. Les resul­ta muy difícil llegar al orgasmo. En realidad, buscan el sexo no por el sexo en sí sino huyendo de sus sentimientos. Igual como los hombres que van a tirarse a todas las mujeres que pueden. Huyen de sus sentimientos, no quieren sentir. Por­que tienen miedo de que si prestan atención a lo que sien­ten, la experiencia sea muy dolorosa. Saben que lo será. Porque saben que tienen un conflicto interno y lo rehuyen de una manera obsesiva.

LA CONVIVENCIA

Mientras nos servían el arroz negro, Juana preguntó: —¿Y el tema de la convivencia? ¿Lo has tocado, en el diario?
No... Pero bueno... ¿Qué te parece, Nines? ¿Nos vamos a vivir juntos, y así podré escribir de eso?
Nos reímos. Era una broma. ¡Eh, que era una broma, no una declaración! (Qué susto.)Y Nines no me miró como si se lo hubiera tomado en serio. Al contrario. Dijo: —Sí, pero tú te ocupas de la plancha, que quede claro. Ja, ja.
La convivencia es la prueba del nueve de todo lo que te haya parecido entender durante el noviazgo. Normalmente, esperas haber elegido bien a tu pareja y planeas un futuro interminable. Eso es lo más tranquilizador. Si tienes hijos, debes garantizarles una estabilidad familiar, tienes que hacerte responsable de ellos... Pero... Si te equivocas Ana dijo con énfasis—:Yo me equivoqué, por ejemplo. —¿Ah, sí? —dije, sorprendido.
Mi primer matrimonio. Nos casamos enamorados... Nosotros creíamos que estábamos muy enamorados, y a lo mejor lo estábamos... Pero con el tiempo y la conviven           las cosas cambiaron. Y claro, entonces se produce una si­tuación difícil. Porque el tiempo y la costumbre también unen mucho, y todo el sexo compartido, y tantas experiencias... Aunque estés completamente seguro de que no puedes continuar viviendo con una persona, cuesta mucho dos hacer los lazos. Bueno, como siempre: habrá aquel quo 110 ha establecido ningún vínculo sentimental y ése, si te he vis to no me acuerdo. Precisamente esta gente se blinda para no sufrir en situaciones como éstas.
Pero sí la cosa no funciona, es mejor romper. Separarse —dijo Nines, mirando el plato.
—Claro. Tenemos que aceptar que, igual como todo el mundo tiene derecho a equivocarse, porque somos humanos, todo el mundo debe tener derecho a rectificar. Sólo los autoritarios y dogmáticos niegan una segunda oportunidad «Lo prometiste para toda la vida: si ahora te arrepientes, tu jodes.»
Mientras hablan, yo pienso que, sin una segunda oportunidad, no habría aprendido aquello del clítoris de Carióla, por ejemplo.
Pero duele —concedió el doctor, como sí recordara dolores pretéritos—. Y siempre duele más a una parto quo .1 la otra, es muy difícil que dos personas lleguen en al mismo momento a la misma conclusión y estén de acuerdo 011 que han de separarse. Decía Jardiel Poncela que el amor os una goma elástica que aguantan dos personas, una desde cada extremo. Y van tirando de ella, van tirando, hasta quo uno de los dos se cansa y la suelta... y la goma le da al otro on los morros.
Dicen que madurar es aprender a despedirse. —Es mi cita preferida, últimamente.
Es verdad. —Por lo visto, el doctor Bardet no la conocía — . Empezamos despidiéndonos del claustro materno, y tene­mos que despedirnos de la infancia, y de las novias con las que rompemos, y de los parientes y amigos que se van mu­riendo, hasta que nos despedimos de todos los nuestros porque quien se muere somos nosotros.
Un momento de silencio para digerir estos pensamientos profundos y, a continuación, para romper el hielo:
El arroz estaba buenísimo. Y:
—¿Te falta algún otro tema para acabar el diario?
Hombre... —dije—. La homosexualidad.
¡Pues claro! ¿Todavía no habías hablado de la homose­xualidad?
Hombre... —Nines y yo nos miramos y nos reímos—. Últi­mamente, hemos hablado un poco, sí...
Les conté a Rosendo y a Juana que, cuando llegara a mi casa, tenía pensado sentarme ante el ordenador y escribir el último capítulo del diario. (Bueno, es lo que estoy haciendo en este momento.) ¿Cómo se titularía?

LA HOMOSEXUALIDAD

Pero me gustaría no tener que hacerlo. O, en todo caso, me gustaría escribir sólo que la homose­xualidad se puede definir como atracción sexual hacia indi­viduos del mismo sexo, que a los homosexuales masculi­nos se las llama gays y a las mujeres homosexuales se las llama lesbianas, y añadir algunas estadísticas al respecto encontradas en Internet y que dicen que aproximadamente del 15 al 20% de los hombres y un 6% de las mujeres son homosexuales. ¿A quién le importa?
¿A quién tendría que importarle? ¿Cuantos más sean, más los aceptaremos? ¿Es que están prohibidas las minorías? Y me gustaría añadir aquella pincelada de historia que en­contré en un libro:
Los indios de las Grandes Praderas Americanas (entre los cuales se contaban los sioux, aquellos del Caballo Loco y Toro Sentado que derrotaron al general Custer y a su Sépti­mo de Caballería en Little Big Horn) tenían cuatro sexos per­fectamente asumidos en su sociedad: los hombres que ha­cían de hombres (guerreros y cazadores), las mujeres que hacían de mujeres (cuidaban de los niños y del poblado), los hombres que hacían de mujeres (también cuidaban de los niños y del poblado) y las mujeres que hacían de hombres (también guerreras y cazadoras). Ésos sí que eran sabios. Eso es lo que me gustaría escribir, y no la historia calamito­sa de la homosexualidad siempre rechazada, prohibida, cas­tigada, objeto de escarnio o despreciada en nuestra socie­dad civilizada.
Los y las homosexuales han sido ejecutados, torturados, vi­lipendiados, encarcelados a lo largo de todos los tiempos. Y cuando se les ha aceptado oficialmente en sociedad, toda­vía tienen que soportar el cierto reparo de quien los tolera pero prefiere mantener una prudente distancia. Siempre víctimas de prejuicios, infundios, maledicencias e injusti­cias.
¿Sólo por qué? Porque son diferentes.
El doctor, en el postre, asentía y me daba la razón, escanda­lizado. Decía:
— Pero ¡es que todos somos diferentes! Eso es precisamen­te lo que hace tan rica la especie humana! ¡Que somos dife­rentes! ¡Los hombres somos diferentes de las mujeres, y los matemáticos son diferentes de los abogados, y los chinos son diferentes de los suecos! Y hasta que no lo aceptemos, no podremos arreglar el mundo.
Todos somos diferentes, pero eso no significa que unos sean mejores que otros, eso no. Ni que unos tengan más derechos que los otros. »Nos movemos aún con el papanatismo provinciano de los primeros blancos que vieron a un negro, un negro que an­daba desnudo y que hablaba de manera incomprensible, como si ahora nos encontráramos a un extraterrestre. Y se quedaron boquiabiertos, preguntándose: ¿es humano?, ¿puede entendernos?, ¿cómo debemos tratarlo? »En ese momento, aquellos imbéciles decidieron que un ne­gro no era humano y que podían tratarlo como a una bestia de carga y comprarlo y venderlo como esclavo. Sólo porque era diferente a ellos, que eran más poderosos. Ahora, pasa­dos los siglos, ya sabemos que el cociente intelectual y la honradez no tienen nada que ver con el color de la piel ni con el sexo, pero continuamos comportándonos como aquellos papanatas.
»Si es diferente, es peligroso. Diferente significa malo. »¿Sabéis por qué?
«Porque nuestra sociedad tiene una inclinación enfermiza hacia el dominio. Diferente se interpreta como mejor o peor, y el mejor tiene que dominar al peor... Por eso es muy im­portante pertenecer a la casta de los dominadores: hom­bres, blancos y heterosexuales, que subyugarán a las muje­res, los negros y los heterosexuales.
— Ése es el discurso que me da pereza —objeté—. Porque si hablamos así de los homosexuales, estamos reconociendo que aún no han conseguido su pleno derecho de ciudadano normal y corriente. ¿Entendéis? Ahora hay que decir: «Los homosexuales son buenos, ¿eh? ¡No son viciosos ni co­rruptos! ¡Y son inteligentes, y artistas! Y hubo muchos artis­tas que fueron homosexuales!». Hombre, si la situación es­tuviera normalizada de verdad, ¿a quién le interesaría saber que Oscar Wilde o Shakespeare fueron homosexuales? ¿Por qué tiene que interesarnos eso y no tiene que interesarnos si a Camilo José Cela le gustaba más ponerse encima de la pareja o debajo, o la felación o el
cunnilingus...? Bueno, también son costumbres sexuales.
Con mi discurso, notaba que tenía encantado al auditorio. De manera que insistía:
— Dicen: «Este chico escribe muy bien... es homosexual...». ¿Por qué no: «Este chico escribe muy bien... Hace una caca consistente, oscura, tiene un poco de tendencia al estreñi­miento?» —Se reían — . ¿A quién demonios tiene que impor­tarle cómo hace la caca un artista, o con quién folla, o cómo folla? En todo caso, sólo le interesa a quien quiera ligar con él, pero entonces tendríamos que instaurar ese principio para todo el mundo. Te presentarían a una chica y te dirían: «Es directora de cine, y le gustan los chicos altos, con ojos negros, barbita de mosquetero, un poco dominantes, que no la tengan muy larga y les guste... ¡no sé qué!». Los Bardet y Nines se reían y se reían. —Así que no puedo decir —recuperando la seriedad—, que la homosexualidad está normalizada en nuestra sociedad y que aquí no pasa nada. Tengo que hablar de miedo. El mie­do lógico del homosexual a salir del armario. ¿Os dais cuen­ta? ¡Miedo! ¡Otra vez, el miedo! ¿Es que no se puede hablar de sexo sin hablar de miedo?
Había miedo en los ojos de Guillermo Mira ayer, cuando fui a verle.












LLAMANDO A LAS PUERTAS DEL ARMARIO

El lunes, el Mirage no se presentó en el instituto. Al salir de clase, al mediodía, fui directamente al taller me­cánico de su padre, donde suponía que le encontraría. Cuando me planté ante el portón del garaje, él estaba al fon­do del local hablando con un cliente. El cliente señalaba un calendario de pared donde se veía a una chica de pechos descomunales y en tanga, hizo un chiste al respecto, y los dos soltaron una carcajada de esas que quedan tan bien entre hombres. La del cliente, franca y grosera a la vez, y la del Mirage más forzada, pero había que prestar mucha atención para notarlo.
Le vi fingiendo, escondido detrás de la máscara. Entonces se percató de mi presencia, y la carcajada se le transfiguró en una mueca que le deformaba el rostro. Hizo un gesto al cliente indicándole que esperase, llamó a su pa­dre para que lo atendiera y vino hacia mí muy decidido, la expresión oscurecida por una sombra tal vez de rabia, tal vez de vergüenza, mientras se limpiaba las manos con un paño. Por un momento, temí que estuviera preparando un puñetazo.
Se plantó ante mí en un estado de tensión que casi producía electricidad estática.
—Qué —dijo entre dientes—. ¿Ya lo sabe todo el instituto? Yo negaba con la cabeza.
— No, no le he dicho nada a nadie. Lo siento mucho, Guiller­mo. Venía a disculparme.
Se relajó un poco, pero el miedo y la rabia aún lo domina­ban.
Yo no sabía cómo decirle que entendía perfectamente lo que le pasaba. Era muy fácil aconsejar que saliera del arma­rio, que viviera su vida con valentía en medio de hombres que gastaban bromas groseras sobre mujeres tetudas. Pero no se me escapaba el jaleo que podría significar para una fa­milia media, normalmente tan sensible al qué dirán. No sabía cómo decirle, sin ofenderle, que entendía que na­die podía culparlo de nada porque no era culpable de nada; se había encontrado con que le gustaban los hombres igual que yo me había encontrado con que me gustaban las mu­jeres. No podía elegir. Habló él primero:
—¿Qué hacías allí? ¿Jugando a detectives? ¿Me habías se­guido?
Negué con la cabeza y, a continuación, estuve a punto de afimar. No podía mirarle a la cara. Suspiré y recurrí al pro texto más convincente:
Estaba con mi novia. —¿Esto es lo más convincente que se te ocurre, Flanagan? Bueno, daba igual. Lo miré a los ojos—: Y me pareció... Y me hizo gracia... Bueno... Fue una cagada. No pienso decir nada a nadie.
Pero me consideras un cobarde, ¿no? Crees que no tengo huevos para decir la verdad...
¡No, no...!
—Que no soy lo bastante hombre...
¡No me fastidies con eso de que no soy lo bastante hom­bre...! ¿Tú también? —estallé sin querer, irritado por aquella frase que parecía una cruz que teníamos que arrastrar todos los que meábamos de pie. Me moderé—. No, hombre, no. ¿Qué significa eso de ser más hombre...? Es evidente por qué no lo dices. Ya sé cómo reaccionaría Salva Bruguerolas, o Charche, si se enterasen... Ya me lo imagino...
Recordé (y quizá Mira también, simultáneamente) el día que en clase leíamos en el periódico la noticia de que un miem­bro de la Guardia Civil se había declarado públicamente ho­mosexual.
Salvador Bruguerolas diciendo: «¡Huala, un picoleto mari­cón! ¿Os imagináis? ¡En el cuartel, los otros deben dormir con un plato atado al culo!».
María Gual: «Qué pena... y mira que es guapo, el tío. ¿Por qué todos los gays son tan guapos?».
Charcheneguer: «Porque se cuidan para parecer mujercitas...».
el Mirage escuchándolo todo. A veces, incluso riéndose, para quedar bien.
O aún peor:
El que dice «A mí me da igual que seas gay. Yo no tengo pre­juicios», como quien dice «No soy racista». O el comprensi­vo: «Asumo que tienes un problema», que da por hecho que ser homosexual supone una carencia, haciéndolo sinónimo de minusválido o ciego. Estamos hablando de una conduc­ta sexual que condiciona nuestra orientación sexual. No hay o no se conoce ningún substrato biológico de la homose­xualidad.
Me moderé un poco más:
—Que no, Guillermo, que no... —Había que ir con mucho cuidado, medir cada palabra para no herir su susceptibili­dad—. Que... No sé cómo decirlo... Que cada cual es como es. Que cada cual va de culo por quien quiere... —Jopé, ya estaba dicho, «de culo», ahora sí que la has pifiado, Flana­gan—. Quiero decir, perdona, no quiero decir eso, no es ir de culo, quiero decir que cada uno tiene derecho a maripo­sear por donde... — ¡Jopé, no! ¡Mariposear! ¡Me matará! —. Quiero decir...
Lo miré. Él también me observaba, divertido al ver cómo me liaba yo solo en la trampa de la corrección política. Se le es­capó una sonrisa. Y a mí una risa histérica. Nos echamos a reír ruidosamente hasta que su padre vino a preguntarnos qué nos pasaba.
Pero ¿tú no estabas enfermo? —le dijo a su hijo—. ¿Por eso no has ido a clase...?
Yo dije:
No, no, señor, no es una enfermedad, es perfectamente natural...
vuelta a las risas.
Mira:
¡Ahora parecía que hablaras de la regla! Carcajadas.
Unos momentos después, estábamos sentados a la mesa de un bar, tomando unas cervezas con chips. Me contó que su novio era hijo de Yolanda Cabanach. Sus padres estaban divorciados, el chico vivía con su padre y ellos aprovecha­ban las horas en que Yolanda trabajaba para verse en su piso.
Como habíamos hecho Carlota y yo en casa de su madre aprovechando sus viajes, o en casa de su padre, gracias a su afición por el fútbol. Tan fácil como eso. —Algún día me largaré de esta mierda de barrio —aseguró Guillermo Mira —.Ya sé que ahora está de moda dar el paso, salir del armario, como dicen, dar la cara, ya sé que las co­sas no son como antes. Pero no aquí, no en el instituto.
Lo entiendo perfectamente.
Nos despedimos con un fuerte y viril apretón de manos.


















LA NORMALIZACIÓN SEXUAL

El doctor Bardet se acodó en la mesa y dijo:
Eso que decías hace que me plantee una pregunta. ¿Hay que normalizar el sexo? Quiero decir: ¿tenemos que luchar para que el sexo salga del armario? ¿O tiene que formar par­te de nuestra intimidad para siempre? ¿Intimidad significa secretos y vergüenzas? Todos los médicos insistimos en que es muy malo aguantarse los pedos pero todavía es de ma­la educación pederse en público. ¿Hay que hacer lo mis­mo con el sexo? ¿Debemos «practicarlo pero que nadie se entere»?
No, no: Nines y yo éramos partidarios de sacarlo a la luz. —Yo también creo que el problema del sexo es que lo tene­mos tan escondido, tan oculto, tan encerrado, que huele mal, que se pudre. Deberíamos sacarlo un poco al fresco, para que se airee. Hablar, hablar, hablar, ya sabes que ése es mi lema, hablar de ello abiertamente. Es un placer, y no lo compartimos. Hablamos con toda libertad de gastronomía: «Ayer me comí un estofado de liebre que estaba buenísimo. ¿Ah, sí? ¿Y cómo estaba preparado? Pues así y asá...». Ha­cemos un viaje de placer y lo compartimos: «Eh, venid, que os enseñaremos las fotos...». Nos ha gustado una película y la comentamos. Y a aquél a quien le gusta el fútbol, puede hablar de fútbol por todas partes, en el bar, con desconoci­dos... En cambio, el sexo, este sexo que tan buenos mo­mentos nos ha de dar, y nos ha dado, y nos dará a lo largo de nuestra vida, de eso no se habla, o se habla mal. Ver­güenzas, y secretos, y tabúes, y pecados, y prohibiciones. ¿No sería más normal que Juana y yo ahora os dijéramos: «Esta mañana, chicos, cuando me estaba duchando, se me ha levantado una erección de grado siete, y le he dicho a Juana...»?
¡Rosendo! —lo riñó Juana, colorada como si el doctor hu­biera estado a punto de contar un hecho real. —Supongo —dijo Nines cuando había terminado de reír— que los partidarios de la corrección política lo confundirían con acoso sexual. Más de una mujer os diría: «¿Qué preten­déis? Eso es una agresión a mi sensibilidad...».
Mira —dijo el doctor—; está muy bien eso de ser política­mente correctos. De esta manera, se preserva la dignidad de los negros, de las mujeres, de los homosexuales, de los viejos, de los minusválidos, de los no fumadores, etc. Pero se preserva de boca para fuera. Sólo se elimina el síntoma. En realidad, la filosofía políticamente correcta no se plantea si hay sexismo, racismo u homofobia. Sólo pide que se mantengan las formas: «Tú sé tan racista como quieras, pero para referirte a un negro di afroamericano». Es como una fórmula mágica para quedar bien y nada más. Es una cuestión de buena educación. Que no está mal, yo defiendo la buena educación incluso en la cama, pero tiene un peli­gro. Que al no ver síntomas, nos haga pensar que ya nos he­mos curado de esas lacras y éstas continúen desarrollándo­se. En mi opinión, lo que realmente importa es entender el problema. Y solucionarlo yendo a las raíces.
»Ayer, cuando el Mirage y tú os comunicasteis, cuando co­nectasteis, tú pudiste hablar de que él iba de culo o maripo­seaba, y no se ofendió. Porque os habíais entendido a otro nivel, muy superior y mucho más profundo, más sincero que las palabras.
¿Más sincero que las palabras? —me sorprendí—. ¿Y la teoría de que hay que hablar, hablar, hablar...?
— Hay que empezar hablando —dijo el doctor Bardet—, y razonando, y reflexionando, y riendo, y simpatizando... antes de pasar a la acción. Fue una comida muy agradable.
ADIÓS, DIARIO (RESUMEN)
Al día siguiente, hoy, me he puesto ante el ordenador, he puesto el título la homosexualidad y he escrito lo de antes. ¿Y qué sacamos de todo esto?
¿Qué provecho podría sacar un lector de todo este diario que estoy a punto de cerrar?
¿Mi experiencia con Carlota? ¿Como si fuera emblemática y representativa de una relación tipo? ¿Lo es? Yo ahora, cuando acabo de vivirla, la recuerdo un poco caó­tica. Aún estoy hecho un lío. ¿Qué he aprendido de ella?
Que esto del sexo no es tan fácil como parece, que hay que leerse previamente el manual de instrucciones, que hay que hablar abiertamente de las cosas en lugar de dejarse apabullar por la vergüenza, el miedo al ridículo y el «qué pensará de mí si le pido que me haga eso». Cosas tan senci­llas y a la vez tan difíciles como ésta.
He aprendido que es muy difícil acostarse con una chica y no implicarse sentimentalmente. Que hay quien lo hace, sí, de acuerdo, que hay gente que es capaz de practicar el sexo sólo por placer y que están en su derecho, pero que, en cual­quier caso, yo no pertenezco a su grupo. A mí, una cosa me había llevado a la otra, y de todo este torbellino salió, como un espejismo, mi enamoramiento de Carlota. Espejismo, sí.
El sexo puede provocarnos espejismos y quizá eso sea lo que me ha pasado con Carlota. Supongo que, cuanto más joven eres, más fácil es que te ocurra. Si se puede decir que me enamoré, fue una clase de amor que se consume en una llamarada intensa pero efímera porque no tiene una base sólida. Y a pesar de eso, valió la pena. Porque entre dos per­sonas enamoradas siempre habrá un vínculo de fondo, que no deberíamos buscar en factores externos sino internos, acaso invisibles, acaso indescriptibles. Si el amor fuera mú­sica, sería música de la que se toca de oído, sin pentagrama e improvisando. Música de jazz. O de blues. El caso es que me gusta la música que estoy escuchando ahora. Pero eso al lector que vive su propia vida, tan dife­rente, ¿de qué le sirve?
Sólo le puede servir de una manera. Si le ayuda a pensar so­bre sus problemas, sus dudas, sus ignorancias. Si se tira todo eso a la espalda, no extraerá ningún provecho. Si, en cambio, mira las cosas de cara, y las habla y piensa sobre ello, incluso del fracaso más estrepitoso extraerá un apren­dizaje.
¿Cómo dice el dicho?
Lo pruebas y no te sale, y lo pruebas y no te sale, y lo prue­bas y no te sale... Eso no es fracasar. Fracasas cuando ya no lo vuelves a probar.
¿Qué más sacamos de este diario? ¿Consejos?
¿De qué me han servido, a mí, los consejos? Mientras esta­ba fastidiado por el asunto de Carlota, el doctor Bardet me dio un montón de consejos, pero a mí me costaba mucho seguirlos. No quiero decir que no sirvan para nada, pero es muy difícil hacerles caso si no los has digerido. No sirve de nada que te digan «No te preocupes» cuando estás preocupado; ni que te digan «Eso no es problema» cuando tú te encuentras ante ese problema... Cada cual se las compone como puede.
Yo creo que no se trata de leer este libro para saber cómo hay que hacer las cosas. Se trata de que pensemos sobre el sexo. Pensemos y hablemos de él. Hablemos y pensemos sobre él.
Adopto este principio: Así como se dice:
No des pescado a un hambriento; enséñale a pescar, habría que decir:
No le digas lo que tiene que hacer a aquel que te lo pregun­te: enséñale a pensar.










Epílogo

Y así fue como regresé al bar de mi padre y allí me reci­bió Pili haciendo aspavientos y armando barullo, como si estuviera delante de una de las siete maravillas del mun­do, y anunció, gamberra como sólo puede serlo una her­mana con años de experiencia:
—Eh, mirad, Juanito sonríe, ¡los milagros existen!
Y, sin solución de continuidad, como para confirmar que las cosas iban y seguirían yendo bien, sonó el teléfono y era Carlota.
—¿Flanagan?
Un poco cortada, un poco SOS, un poco «si vas a enviar­me a la porra, conserva al menos las formas, por favor».
Dos semanas antes, me habría desmayado de la emo­ción al oír su voz. Una semana antes, habría soltado un taco y habría colgado el auricular con violencia. Ahora, después de la conversación con el doctor Bardet durante la comida, me habría gustado decirle «¿Carlota? ¿Qué Carlo­ta...? ¿La chica del clítoris?». Pero a lo mejor no lo habría entendido.
—No diga nada, ya sé de qué se trata —dije con mi voz de mafioso veterano. Hice una pausa un poco sádica, te­niendo en cuenta las circunstancias, y añadí—: Tiene un loro deslenguado y quiere que averigüe quién es el sinver­güenza que le ha enseñado a decir tacos.
En el otro extremo de la línea telefónica, Carlota soltó una carcajada.
—Flanagan, ¿amigos?
—Amigos, claro.
Me pidió que le pasara mi diario rojo para que se lo pu­diera leer el gremlin de su hermano.
Yo le pedí a cambio su diario rojo.
—¿Para qué lo quieres? ¿Para qué lo lea tu hermana?
—¿Mi hermana? ¡No! —exclamé—. Lo quiero leer yo. Yo. Que aún tengo mucho que aprender.